El 15 de mayo de 1891, el Papa León XIII publicó la encíclica Rerum novarum, que ponía la primera piedra de un nuevo discurso en la Iglesia católica: la doctrina social. Con ella intentaba dar respuesta a los problemas creados por la Revolución industrial, sobre todo la explotación de la clase trabajadora y las condiciones infrahumanas en las que vivían los sectores populares. Llegaba ciertamente con cuarenta y tres años de retraso, ya que en 1848 Marx y Engels publicaron el Manifiesto comunista, pero era la primera vez que el Vaticano abordaba la cuestión social monográficamente en una encíclica.
León XIV llama a evitar toda equiparación de la inteligencia humana con las inteligencias artificiales
El 15 de mayo de 1891, el Papa León XIII publicó la encíclica Rerum novarum, que ponía la primera piedra de un nuevo discurso en la Iglesia católica: la doctrina social. Con ella intentaba dar respuesta a los problemas creados por la Revolución industrial, sobre todo la explotación de la clase trabajadora y las condiciones infrahumanas en las que vivían los sectores populares. Llegaba ciertamente con cuarenta y tres años de retraso, ya que en 1848 Marx y Engels publicaron el Manifiesto comunista, pero era la primera vez que el Vaticano abordaba la cuestión social monográficamente en una encíclica.
El 15 de mayo de 2026, 135 años después, el Papa León XIV, que eligió ese nombre en un guiño a León XIII, ha publicado la encíclica Magnífica humanitas. Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial (IA). Es la primera vez que un Papa aborda con rigor científico el tema de la inteligencia artificial como uno de los desafíos más importantes de la nueva era que, junto con la digitalización y la robótica, está trasformando nuestro mundo y la vida de los seres humanos. Y lo hace con una de las más lúcidas reflexiones globales que conozco, caracterizada por una sólida fundamentación interdisciplinar en la que implica a la antropología, la filosofía, la ética, la teología y las ciencias sociales. Aquí me centraré en los aspectos antropológicos y éticos de la encíclica.
En su reflexión antropológica, llama a evitar toda equiparación de la inteligencia humana con las inteligencias artificiales. Estas no tienen un cuerpo, no maduran en las relaciones humanas, no conocen lo que significa el amor, la amistad, la responsabilidad, no tienen conciencia moral, simulan empatía y comprensión, pero carecen de horizonte afectivo, relacional y espiritual.
Los seres humanos no somos Prometeo, ni héroes, tampoco dioses, ni siquiera sapientes, desmintiendo así la teoría de la evolución. Somos seres limitados. Precisamente porque experimentamos el límite, la finitud, la vulnerabilidad, el dolor y el fracaso, podemos conocer la dignidad propia y la ajena como inviolables, afirma León XIV. La finitud no nos empobrece; todo lo contrario, nos abre al reconocimiento del rostro de Dios, de los otros y de las otras, nos lleva a construir una fraternidad más grande que nosotros mismos y a reconocer la injusticia como “escándalo”. De la fragilidad y la vulnerabilidad que nos define como seres humanos nace la compasión, la generosidad, la experiencia espiritual y la adoración a Dios.
Como respuesta al transhumanismo, que construye un tipo de ser humano artificial, individualista, desvinculado de la sociedad y de la naturaleza, la encíclica defiende un humanismo ecológico, relacional, descentrado, descolonizador y solidario con las víctimas del poder tecnocrático. Dicha solidaridad implica tocar la “carne” de quienes sufren, resistir sus miradas interpelantes, mirar sus rostros, escuchar sus historias, reconocer sus heridas y darles voz. Es, por tanto, un humanismo muy alejado del falso humanismo del capitalismo llamado “de rostro humano”.
En el terreno ético, León XIV se confronta directamente con los tecnócratas que gobiernan hoy el mundo y desenmascara su poder tecnocrático, que desemboca en tecnofascismo. Llama la atención sobre sus graves riesgos, entre los cuales cita los siguientes: beneficia solo a unos pocos, margina a las personas y a los colectivos más vulnerables y deshumaniza las relaciones sociales.
Tiene muy presente el actual clima bélico generado por los señores de la guerra y se enfrenta a ellos con firmeza y decisión. Hace una llamada a desarmar la IA, no a destruirla, a desarmar las palabras y contribuir así a desarmar la Tierra, a decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes, a rechazar el paradigma de la guerra, a construir la paz inseparable de la justicia, siguiendo la consigna del salmo 85 de la Biblia judía: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se besan” (85,11). Afirma con contundencia que ningún algoritmo puede hacer que la guerra sea moralmente aceptable. No existen, por tanto, guerras justas, sino una paz justa, “desarmada y desarmante”.
En su confrontación directa con Trump y Netanyahu y en su condena de la guerra, León XIV está demostrando ser una auctoritas moral mundial. Con esta encíclica se convierte en uno de los grandes defensores de la dignidad humana amenazada por los distintos sistemas de dominación. Estamos ante un documento que puede marcar el futuro de la humanidad en torno a la utilización de la IA.
Juan José Tamayo es teólogo de la liberación y profesor emérito honorífico de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es Política y religión (Tirant lo Blanch).
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