Alguien dice espionaje tecnológico y nuestra mente vuela a películas de James Bond, a villanos extremos que abusan de la ciencia para destruir el planeta. Historias que evocan la Guerra Fría, olvidando que es un fenómeno tan antiguo como la tecnología. Florencia, 1421: Al tiempo que registra la primera patente de la historia, Filippo Brunelleschi construye una cúpula que incorpora innovaciones arquitectónicas y grúas inéditas, pero también protocolos de seguridad. Celoso de sus invenciones, organiza la construcción como un proyecto Manhattan renacentista para que nadie, salvo él, tenga todos los diseños. Tampoco es nueva la dimensión geopolítica. Londres, 1584: El marino Pedro de Zubiaur, preso en la Tower of London, espía para Felipe II los sistemas de abastecimiento urbano de agua en la antesala de la Armada Invencible.
La geopolítica impone una nueva disciplina de seguridad a la investigación europea
Alguien dice espionaje tecnológico y nuestra mente vuela a películas de James Bond, a villanos extremos que abusan de la ciencia para destruir el planeta. Historias que evocan la Guerra Fría, olvidando que es un fenómeno tan antiguo como la tecnología. Florencia, 1421: Al tiempo que registra la primera patente de la historia, Filippo Brunelleschi construye una cúpula que incorpora innovaciones arquitectónicas y grúas inéditas, pero también protocolos de seguridad. Celoso de sus invenciones, organiza la construcción como un proyecto Manhattan renacentista para que nadie, salvo él, tenga todos los diseños. Tampoco es nueva la dimensión geopolítica. Londres, 1584: El marino Pedro de Zubiaur, preso en la Tower of London, espía para Felipe II los sistemas de abastecimiento urbano de agua en la antesala de la Armada Invencible.
Siglos más tarde, una geopolítica desatada lleva a la investigación europea a nuevas realidades. Primero fue la apuesta por la soberanía tecnológica, buscando reducir vulnerabilidades y dependencias en la era Trump. Después, la inversión en I+D de uso dual e innovación en Defensa, queriendo fortalecer una industria que depende en más de un 70% de suministros de Estados Unidos e Israel. Ahora llega la seguridad en la investigación, buscando protegerla de interferencias extranjeras.
Como dice la recomendación del Consejo Europeo de 2024, las amenazas híbridas pueden afectar a todos los sectores, pero la I+D+i es especialmente vulnerable por su enfoque colaborativo y de apertura global. La ciencia europea despierta a un mundo nuevo de injerencias hostiles y transferencias indeseadas de conocimiento. Una campaña del gobierno danés lo explicaba con sorna: “Tu investigación tiene gran importancia para la defensa. Preferiblemente, para la danesa. Evita convertirte en empleado del año del servicio de inteligencia ruso“. De repente, los malos de la película están al otro lado del Báltico.
España llega con retraso a este movimiento, pero con las ideas claras. El Ministerio de Ciencia acaba de lanzar, a través de la FECYT, el portal Ciencia Segura: un conjunto de orientaciones que es el primer paso hacia una estrategia más amplia. La seguridad empieza en los individuos, pero apela a las instituciones. Pocas universidades, centros tecnológicos y empresas innovadoras cuentan con protocolos para mitigar los riesgos de la colaboración internacional, que son el reverso tenebroso de una gran noticia: el profesorado universitario extranjero ha crecido en más de un 80% en la última década, una cifra que se dispara en los centros de excelencia Severo Ochoa y María de Maeztu, en los que más del 40% del personal investigador es de origen internacional. Para algunas instituciones, el despertador ha sonado en forma de llamada del CNI.
Concienciarse es importante, pero lo es también afrontar los dilemas asociados. El primero es el de la apertura frente al control. No queremos renunciar a los principios de libertad académica, autonomía institucional y colaboración internacional. Quizá, ingenuamente, pensamos que la investigación sería libre o no sería: que la ciencia se desarrollaría mejor en sociedades abiertas y democráticas, como pensamos que el capitalismo traería otras libertades a países autocráticos. Pero desde esta doble decepción, tenemos que asumir que nuestra apertura trae vulnerabilidad y que la cooperación puede esconder injerencia, desinformación y transferencia indeseada de propiedad intelectual.
El segundo es el de la neutralidad geográfica. No podemos prejuzgar a las instituciones por su país de origen, pero el origen importa. Pensemos en decisiones como la prohibición de entrada a EE UU de estudiantes chinos de universidades vinculadas a sus fuerzas armadas, o en el reciente veto a entidades del mismo país en convocatorias Horizonte Europa sobre inteligencia artificial, semiconductores, cuánticas o biotecnología. Tecnologías críticas cuyas amenazas reales superan ya las mejores ficciones. Ahí están los riesgos asociados a Claude Mythos, el vértigo del bioterrorismo basado en IA y las teorías de la conspiración asociadas a la desaparición de científicos americanos.
El tercer dilema es el del equilibrio entre los esquemas voluntarios, en el que las instituciones desarrollan sus propios protocolos, y los normativos, en el que las agencias de financiación imponen restricciones. Un debate muy vivo en estos meses en Bruselas, donde se debate el futuro programa Horizonte Europa 2028-2034. Todo apunta a que habrá obligaciones de seguridad, como someter a una due diligence a las instituciones de países no comunitarios antes de recibir financiación. Obligaciones que se interponen ―he aquí un último dilema― en el empinado camino de la simplificación administrativa.
Se diría que la ciencia europea se ha sentado de golpe en la mesa de los adultos y que nos toca hablar de cosas de mayores. Qué lejos queda el optimismo del excomisario Moedas que, en 2015, inspiró a la I+D europea con el lema “innovación abierta, ciencia abierta, abiertos al mundo“: hoy diríamos ciencia abierta sí, pero no tanto; innovación abierta vale, pero para la soberanía tecnológica; abiertos al mundo quizá, pero mejor con aliados. Nos gustaría seguir viendo la película de la Europa feliz y en paz, pero nos toca cambiar de canal. Echan una de James Bond contra el Dr. No en la que somos protagonistas y en la que, nos guste o no, evitar el desastre depende de nosotros.
Ciencia en EL PAÍS
