Si un inmigrante quiere ser aceptado en el país al que llega, debe ser una mujer joven, con una alta cualificación y que venga ya con un buen trabajo. También puntúa que hable el idioma y sea de la religión dominante de la sociedad de acogida. Ese es el retrato ideal que resulta de un amplio estudio publicado en Science Advances, en el que miles de participantes de decenas de países eligieron entre una treintena de atributos. Este perfil idealizado también tiene su reverso: los menos aceptados son los que proceden de países musulmanes, vienen por razones económicas, entraron de forma irregular o tienen alguna discapacidad.
Un estudio hecho con miles de personas de 36 países muestra también los atributos menos deseados: que sea musulmán, venga por razones económicas o tenga una discapacidad
Si un inmigrante quiere ser aceptado en el país al que llega, debe ser una mujer joven, con una alta cualificación y que venga ya con un buen trabajo. También puntúa que hable el idioma y sea de la religión dominante de la sociedad de acogida. Ese es el retrato ideal que resulta de un amplio estudio publicado en Science Advances, en el que miles de participantes de decenas de países eligieron entre una treintena de atributos. Este perfil idealizado también tiene su reverso: los menos aceptados son los que proceden de países musulmanes, vienen por razones económicas, entraron de forma irregular o tienen alguna discapacidad.
“Los participantes en los experimentos tenían que imaginar que eran oficiales de inmigración que tenían que seleccionar a inmigrantes para ser admitidos”, cuenta el investigador de la Universidad de Harvard (Estados Unidos) y primer autor del estudio, Marco Aviña. Se trata en realidad de un metaanálisis, de una revisión de otros trabajos. Aviña y su grupo reunieron un centenar de investigaciones en las que participaron un total de 142.817 personas de 36 países. Todos los experimentos tienen un diseño similar. “Generalmente, se les presentan dos perfiles de inmigrantes uno junto al otro que varían en función de sus atributos como la edad, el género, la educación [así hasta 26 características] y tenían que decidir a quién aceptaban”, detalla Aviña, un inmigrante mexicano que creció y se formó en Canadá.
En los atributos demográficos, hay una ligera preferencia, pero generalizada, por las mujeres frente a los hombres y por los jóvenes frente a los mayores. Incluso la discapacidad puntúa en contra, aunque Aviña aclara enseguida que son solo unos pocos estudios los que preguntaban por esta característica.
En cuanto a los datos socioeconómicos, se produce una paradoja. “Típicamente, los participantes seleccionan a los inmigrantes que ellos creen que van a aportar, que van a ser más beneficiosos”, dice el investigador de Harvard. De ahí que prefieran a los que llegan con una alta cualificación. Pero las sociedades de acogida tienden a necesitar mano de obra no cualificada para cubrir los huecos que no llenan los nacionales. Otra incoherencia: aunque se prefiere a los que buscan asilo o huyen de la violencia (como sucedió con las familias ucranianas al inicio de la guerra), sobre los inmigrantes económicos, los que llegan con algún tipo de trauma son penalizados.
Dominar el idioma del país de acogida ofrece 10 puntos de ventaja sobre no hablarlo. De los otros atributos socioculturales, la mayoría prefiere a inmigrantes que sean agnósticos o ateos y, si no, que tengan la misma confesión religiosa que la de la sociedad de acogida. “No importa la nacionalidad, lo que importa son más los atributos culturales. En España, por ejemplo, no es más relevante si alguien es de un país latinoamericano, sino que hable español, que sea católico, que haya un background cultural común”, explica Aviña.
Proceder de un país musulmán es el atributo peor puntuado. “Encontramos una penalidad clara contra los inmigrantes de países musulmanes. Se repite en cualquier país europeo o norteamericano”, cuenta Aviña. Pero también en las alejadas Australia, Corea del Sur o Japón, hay recelo hacia lo musulmán. “Si los estudios incluyen este atributo, lo incluyen porque la hipótesis es que la gente es intolerante hacia los musulmanes porque son percibidos como menos dispuestos a la integración”, termina.
El trabajo, uno de los mayores de este tipo realizados hasta la fecha, permite también ir en sentido contrario: buscar entre los rasgos de los participantes la explicación a sus preferencias. Más allá de que los mayores tenían una ligera preferencia por las mujeres jóvenes y que fueran de su misma confesión religiosa, apenas hay diferencias en función de la edad, el género, los estudios o ingresos que tenían los metidos a funcionarios de inmigración.
Pero las cosas cambian con la ideología. En general, los que se declaran de izquierdas/liberales tienden a ser más proinmigración que los conservadores. También difieren en los atributos que seleccionan: los izquierdistas valoran más los factores socioeconómicos, mientras que los más de derechas tienen más en cuenta los socioculturales para aceptar o rechazar a un inmigrante.
La hostilidad económica ha aumentado
Los investigadores también detectaron cambios en las preferencias de los supuestos funcionarios de inmigración con el paso del tiempo. “Lo que observamos es que, en comparación con estudios realizados hace aproximadamente una década, en los últimos años la gente parece mostrar una mayor preferencia por los migrantes jóvenes, altamente cualificados y con buen dominio del idioma del país de destino”, cuenta Reed Rasband, investigador de la Universidad Brigham Young (Estados Unidos) y coautor del estudio.
Hay otro dato que muestra cómo ha crecido el peso de lo económico: desde 2020, los participantes que tienen ahora más en cuenta lo que pueden aportar los inmigrantes son precisamente los que tienen peor nivel socioeconómico en la sociedad de acogida. “No sabemos con certeza por qué la preferencia por estos rasgos socioeconómicos se ha acentuado en los últimos años, pero no creemos que este cambio se deba a modificaciones en la metodología de investigación. Es un tema que merece más investigación”, termina.
Sergi Pardos-Prado, profesor de política comparada en la Universidad de Glasgow (Reino Unido), investiga desde hace años las actitudes hacia los inmigrantes. “En ciencia política, los factores económicos se habían puesto más en cuestión”, dice. Tenían más peso los aspectos socioculturales, la religión, la lengua, la cultura. “Pero este trabajo refuerza la idea de que la economía sí que importa, sobre todo en los últimos años”, añade Reed.
En el ámbito de la competencia económica, Pardos-Prado recuerda que “el canal económico clásico es el de la competición por trabajo, por el mercado de trabajo”. Pero esta investigación amplía el foco. “Hay otros canales económicos que normalmente no se han estudiado muy bien”. Uno es el de la competencia por los frutos del Estado de bienestar, como sus ayudas sociales. “La teoría de la presión fiscal clásica predecía que las rentas más altas eran las más hostiles con los inmigrantes, porque elevaban la factura. Lo que vemos ahora es que la carga fiscal se ha trasladado a las rentas más bajas”, explica el investigador.
No se trata tanto de que los inmigrantes compitan por los beneficios, “sino que las rentas medias y bajas perciben una mayor carga fiscal de lo que reciben”. Y por eso, concluye el investigador, “en los últimos años, tenemos a grupos de clase trabajadora que, paradójicamente, ahora están votando a partidos de extrema derecha, con narrativas muy individualistas, antiestado del bienestar y antiinmigrantes”.
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