Escritores galantes y mujeriegos

Decía Unamuno que el hombre que se dedica a enamorar a las mujeres acaba por entontecerse porque se pasa la vida diciendo tonterías. Es dudosa la autoridad de Unamuno en este asunto, tratándose de un escritor que se entregó a engendrar a destajo a una numerosa prole regida por los más estrictos cánones de la misoginia provinciana. Siempre ha habido escritores galantes y enamoradizos, machistas y rijosos, si bien a la hora de escribir y de comportarse con las mujeres, cosas que hasta hace poco se decían y oían con toda normalidad, hoy te echan para atrás y algunos de aquellos requiebros formales suenan como escopetazos.

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 Siempre ha habido autores enamoradizos, machistas y rijosos a la hora de escribir y de comportarse con las mujeres  

Decía Unamuno que el hombre que se dedica a enamorar a las mujeres acaba por entontecerse porque se pasa la vida diciendo tonterías. Es dudosa la autoridad de Unamuno en este asunto, tratándose de un escritor que se entregó a engendrar a destajo a una numerosa prole regida por los más estrictos cánones de la misoginia provinciana. Siempre ha habido escritores galantes y enamoradizos, machistas y rijosos, si bien a la hora de escribir y de comportarse con las mujeres, cosas que hasta hace poco se decían y oían con toda normalidad, hoy te echan para atrás y algunos de aquellos requiebros formales suenan como escopetazos.

Los tiempos han cambiado y la corrección escrita y hablada con las mujeres es un dogal cada vez más apretado. La escritora y periodista Montserrat Roig fue un día hasta la masía de Llofriu a entrevistar a Josep Pla, quien, en ese momento, tal vez pasado de alcohol, al ver a aquella joven tan atractiva le soltó antes de empezar: “Oiga, señorita, ¿cómo es posible que teniendo usted unas piernas tan espléndidas, se dedique a este oficio tan detestable del periodismo?”. Monserrat tuvo que envasarse la cólera, tragar saliva y seguir adelante.

Sentado en la Taberna del Alabardero, José Bergamín decía que el amor de su vida habían sido dos niñas: Gloria y Mailín, vecinas del rellano de las que se enamoró con solo siete años. Tiempo después, cuando un día en plena depresión juvenil intentó suicidarse, se fue al Retiro con un revólver y en el momento en que iba a dispararse un tiro en la sien vio a dos niñas rubias con tirabuzones dorados, muy hermosas, saltando a la comba y dejó de apretar el gatillo. De hecho, ya octogenario vivía rodeado de chavalas y cuando le preguntaron con quién se iría a una isla desierta dijo: “Sin duda, me iría con una chica joven, muy joven, casi una niña”. Quería ser como Lope de Vega, un viejo verde, antes que podrido. En Madrid vivía rodeado de adolescentes de un colegio de monjas cercano que se turnaban para hacerle la cama y arreglarle la casa. Puede que hoy esa forma tan natural con que Bergamín se comportaba con las niñas le hubiera causado muchos problemas.

El torero Domingo Ortega acompañó a Ortega y Gasset al carnaval de Berlín. El filósofo se disfrazó de andaluza con una bata de cola y el torero quedó admirado del éxito que Ortega tenía entre las muchachas que lo besaban, lo abrazaban, lo manoseaban. Ortega siempre fue un seductor galante muy coqueto y admiraba a esas mujeres, como la marquesa de Llanzol, que tienen “los senos en punta”, según decía con una imagen taurina. En Buenos Aires se sintió muy atraído por la ricahembra Victoria Ocampo, la que tenía a todos los intelectuales a sus pies, empezando por Borges y Bioy Casares. Un día en que Ortega sin medir sus fuerzas le echó los tejos, aquella mujer poderosa le cortó con una respuesta que ha pasado a las antologías: “Don José, yo le he traído a Argentina como pensador; para la cama ya tengo un campeón de polo”.

“¿Qué le pasaba a Borges con las mujeres?“, pregunté un día a su amigo Bioy Casares. “Que se enamoraba y si te enamoras las mujeres te placan”. Fue la respuesta cínica de este seductor. Lo cierto es que no se puede enamorar a una mujer, como hacía Borges, si la invitas a comer a un restaurante, pides una merluza hervida y te pasas el almuerzo ponderando su belleza con frases recargadas de retórica mientras con los dedos haces bolitas con las migas de pan.

Cazar mujeres al ojeo y ser muy querido, al margen de los libros, fue el primer oficio de Bioy Casares. En una reunión de amigos una noche en casa del escritor Mastronardi, exclamó: “Genca está poderosísima”. Se trataba de Silvia Angélica, una adolescente, sobrina del propio Bioy. Él reparó por primera vez en su extraordinaria belleza y al día siguiente la hizo su amante. Fue una historia de tantas, sin duda la más obsesiva, pero por sus brazos pasaron innumerables mujeres, casadas y solteras, unas muy finas y otras bataclanas. A veces jugaba una simultánea con dos o tres amores al mismo tiempo. En una partida avanzaba un peón, en otra se comía un alfil, en otra hacía jaque mate. “Cuando tuve una sola mujer, realmente fui muy infeliz. Con dos o tres me iba mejor. Parece que lo adivinaban y me mimaban para no perderme. No me considero un hombre inmaduro. Tal vez he sido un donjuán para protegerme. Cuando jugué a la verdad, a entregarme del todo a la persona que quería, esa persona inmediatamente me dominaba y me castigaba”.

Fueron amores célebres los de la rusa Lou Andreas-Salomé que devoró a Rilke, a Nietzsche y a Freud. Y el amor del anciano Goethe con la joven de 19 años Ulrike von Levetzow. Durante un baile de disfraces en el balneario de Marimbead, el escritor, de 74 años, disfrazado de joven Werther, le propuso matrimonio y tuvo la madre que pararle los pies.

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