El fútbol después del fútbol

Nada ha quedado en su lugar en los últimos años. Tampoco en el fútbol. La tecnología apretó el acelerador para mejorarnos y contaminarnos en proporciones parecidas. Como el fútbol es un territorio primitivo, la irrupción fue especialmente violenta. Hoy el vestuario parece una oficina eficiente y el fútbol dejó de ser una experiencia solo visceral.

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 Hoy veremos al PSG y al Arsenal pelear como dos colosos del nuevo fútbol en la final de la Champions  

Nada ha quedado en su lugar en los últimos años. Tampoco en el fútbol. La tecnología apretó el acelerador para mejorarnos y contaminarnos en proporciones parecidas. Como el fútbol es un territorio primitivo, la irrupción fue especialmente violenta. Hoy el vestuario parece una oficina eficiente y el fútbol dejó de ser una experiencia solo visceral.

Iré al Mundial y quiero indagar: ¿qué fútbol encontraré? ¿Qué queda del juego después de cambios sociales que asemejan a un cambio de época? Los precios del Mundial son inaccesibles y los partidos se programarán en horarios europeos, aunque se juegue en América. Pero tranquilos, nadie podrá con el fútbol.

Partamos de la esencia: es un juego primitivo, exageradamente humano, emocional, artístico y binario. La parte salvaje convoca al animal que fuimos. La parte humana nos pasea desde el error ridículo hasta la genialidad. La parte emocional nos hace sentir mientras jugamos. La parte artística la interpreta el cuerpo, que engaña para sacar ventaja con un amague o un virtuosismo técnico. En el juego binario, perdemos o ganamos y son ellos contra nosotros.

Los clubes encontraron nuevos propietarios para impulsar su economía, actores económicos pintorescos, cuando no grotescos. El dinero quiere mostrarse y el fútbol es un gran escaparate que atrae a magnates internacionales ajenos a la cultura autóctona.

La tecnología empezó mirando el fútbol desde fuera. Ayudaba al análisis e intentaba traducir el juego en números. Aquellos que miran un partido como una cuestión científica, lo descompusieron en estadísticas, sin entender que al fútbol hay que leerlo entre líneas. Atendiendo los detalles, entendiendo lo invisible y no solo lo medible.

Los entrenadores se entregaron al método y el futbolista terminó por reclamarlo. En el camino, se debilitó la intuición, que encontraba soluciones originales; la sabiduría callejera, que sabía resolver problemas sin consultar al banquillo; la astucia, esa inteligencia capaz de descubrir atajos al borde del reglamento; la cuota de libertad, imprescindible para crear; el gusto de jugar para escapar de la realidad y no para meternos en otra.

Claro que un equipo necesita orden. Sin armonía colectiva no existe el juego. El problema es la proporción. Que el método deje de ser una herramienta para ordenar el talento y pase a ser un sustituto del talento. Afortunadamente, siguen naciendo jugadores diferentes que nos reconcilian con las verdades más profundas del juego. Además, suele ocurrir que un gol de uno de los dos equipos llame a escena al orgullo, la rebeldía y la necesidad, para que el fútbol vuelva a ser un lugar en donde lo inesperado tenga una oportunidad. La combinación fatal es método más especulación.

Porque hay un método ambicioso y fascinante. Ahí están el City de Guardiola, el PSG de Luis Enrique, el Bayern de Kompany o el Arsenal de Arteta, equipos hipnóticos, capaces de seducir incluso a quienes desconfiamos de los planteamientos demasiados formales. El fútbol sigue corrigiendo a la vida. Es un refugio contra un mundo demasiado rígido, vigilado, calculado y eficiente.

Esta semana vimos cómo Coruña y Santander fueron conmovidas por el ascenso de sus equipos. Es emocionante ver al fútbol desatando el orgullo comunitario en un tiempo divisorio en el que la gente parece replegarse hacia un individualismo social y políticamente tóxico. Hoy veremos al PSG y al Arsenal pelear como dos colosos del nuevo fútbol. Seguramente elegiremos un favorito para sufrir el partido y no solo verlo. Esa identificación global también habla del poder del fútbol.

Y si no nos alcanza, a la vuelta de la esquina está el Mundial con, hay que insistir, entradas a un precio pornográfico. Pero ver a nuestros héroes envueltos en una bandera nos volverá fanáticos. Es el superpoder del fútbol, que sobrevive a todo.

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