Rumen Radev, primer ministro búlgaro, es el nuevo verso suelto de los Veintisiete con su discurso nacionalista y un estilo ‘orbanizado’ Rumen Radev, primer ministro búlgaro, es el nuevo verso suelto de los Veintisiete con su discurso nacionalista y un estilo ‘orbanizado’
El alivio que se vivió la pasada primavera en la Unión Europea tras la derrota del húngaro Viktor Orbán en las urnas apenas duró una … semana. Es el tiempo que transcurrió entre las elecciones (12 de abril) que apartaron del poder al líder populista tras dieciséis años y los comicios (19 de abril) que convirtieron al nacionalista Rumen Radev en primer ministro de Bulgaria. Su victoria garantizaba al Kremlin un nuevo topo dentro del bloque comunitario y a Bruselas, otro quebradero de cabeza. Hace unos días se confirmó como verso suelto entre los Veintisiete con dos controvertidas decisiones: el veto del 21º paquete europeo de sanciones a Rusia y el abandono de la Coalición de Voluntarios que presta ayuda a Ucrania. «Ya hemos dado suficiente», zanjó.
Radev amenaza con reproducir en Bruselas el peor estilo Orbán –que durante años boicoteó cuestiones estratégicas en el seno de la UE, relacionadas con la guerra de Ucrania o la migración, por ejemplo– aunque pocos podrán decir que la actitud del nuevo líder búlgaro les haya cogido por sorpresa. Con una destacada trayectoria militar y casi dos legislaturas en la presidencia (2017-2026) antes de imponerse en las elecciones legislativas, el primer ministro no oculta cierto euroescepticismo, como demostró ante la entrada de su país en la zona euro. Bulgaria, miembro de la Unión desde 2007, cambió el pasado enero el lev por la moneda europea, un hito que, a juicio del dirigente, debería haberse sometido a referéndum –lo promovió sin éxito– por su impacto en la sociedad, aumento de precios incluido.
Fue precisamente el descontento de una parte de sus compatriotas con los efectos de la integración europea (más inflación, mayor gasto público para costear el apoyo a Kiev…) una de las claves de la victoria electoral de este exgeneral, que cosechó el 44,7% de los votos como jefe de una coalición de centroizquierda y nacionalista, Bulgaria Progresista, alumbrada mes y medio antes de los comicios. «Si el Gobierno hubiera defendido los intereses nacionales (…) no se habría planteado la cuestión de formar mi partido», argumentó entonces como origen de una formación que coincide en gran parte con la ultraconservadora Fidesz del ex primer ministro húngaro, con quien Radev comparte hasta año de nacimiento (1963). Entre sus puntos en común figuran el cuestionamiento del Pacto Verde comunitario o el impulso de políticas contra el colectivo LGTBQ+.
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Rosalía Sánchez
Pero el discurso de Radev no desprende un antieuropeísmo generalizado, pues defiende la pertenencia de su país –el más pobre de la UE, con un tercio de sus 6,5 millones de habitantes en riesgo de exclusión– al bloque comunitario y también a la Alianza Atlántica. «Soy un general OTAN», suele reivindicarse. El primer ministro, casado dos veces y con dos hijos de su primer matrimonio, presume de carrera militar, que comenzó en 1987 y le llevó a formarse en EE UU, donde sobresalió como el mejor alumno extranjero del Air Command and Staff College. En su currículum suma más de 1.400 horas de vuelo a los mandos del caza MiG-29. No fue hasta 2016 cuando saltó a la política como candidato independiente, respaldado por los socialistas, y resultó elegido presidente. En 2021 revalidó el cargo. Desde entonces, Bulgaria ha convocado hasta ocho comicios legislativos, atrapada en una inestabilidad que ha puesto en riesgo su joven democracia.
Diálogo con el Kremlin
Radev ha sabido aprovecharse también de ese hartazgo social hacia la clase política, salpicada de incontables casos de corrupción, que derivó a finales de 2025 en las mayores protestas en el país desde la caída del régimen comunista a finales de los ochenta y en la dimisión del Gobierno de Sofía. Su promesa de «escuchar a los ciudadanos» pesó más en las elecciones de abril que sus declaraciones donde evidenciaba una cercanía al Kremlin que preocupa a la mayoría de Estados miembros, que creían que sólo tendrían que lidiar con un líder prorruso, el eslovaco Robert Fico, en los próximos años tras el fin de la era Orbán. El primer ministro búlgaro, que en 2021 aseguró que Crimea era «rusa», aboga por recuperar el diálogo con Moscú y sostiene que continuar con el envío de ayuda militar a Ucrania prolonga un conflicto que sólo puede resolverse por la «vía diplomática».

(AFP)
Entre sus compatriotas todavía hay muchos que ven con buenos ojos a Rusia y mantienen estrechos lazos con el país euroasiático como resultado de la larga historia de Bulgaria como Estado satélite de la URSS. Radev insistió además en campaña en la relación económica y, sobre todo, energética, y subrayó que priorizar el bolsillo está «por encima de ideologías» porque «nuestro país sigue sufriendo las consecuencias de esta sangrienta guerra», con el grifo de los hidrocarburos rusos prácticamente cerrado a Europa. Un delicado escenario que el nuevo primer ministro pretende solucionar en Bruselas, donde ya sufren su estilo personalista. Con Orbán en el pasado, el enemigo interno de la UE procede ahora del sur del Danubio.
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