El calor extremo enferma y mata. De muchas maneras. Lo más llamativo —aunque poco frecuente— son los golpes de calor, una emergencia médica que se caracteriza por una temperatura corporal superior a los 40ºC y que causa una alteración del estado mental con un riesgo elevado de fallo multiorgánico y muerte. Pero hay muchos más desequilibrios fisiológicos potencialmente graves vinculados a las altas temperaturas. El estrés térmico, que ocurre cuando la necesidad de disipar el calor supera la capacidad del organismo para hacerlo, puede provocar también más desajustes cardiovasculares, empeorar la calidad del sueño, volvernos más irritables o descompensar trastornos mentales.
La mortalidad por calor crece un 35% por cada grado de aumento de la temperatura ambiental. Convivir con el clima sofocante requiere un cambio de mentalidad
El calor extremo enferma y mata. De muchas maneras. Lo más llamativo —aunque poco frecuente— son los golpes de calor, una emergencia médica que se caracteriza por una temperatura corporal superior a los 40ºC y que causa una alteración del estado mental con un riesgo elevado de fallo multiorgánico y muerte. Pero hay muchos más desequilibrios fisiológicos potencialmente graves vinculados a las altas temperaturas. El estrés térmico, que ocurre cuando la necesidad de disipar el calor supera la capacidad del organismo para hacerlo, puede provocar también más desajustes cardiovasculares, empeorar la calidad del sueño, volvernos más irritables o descompensar trastornos mentales.
Los expertos advierten de que los fenómenos de calor extremo serán cada vez más frecuentes y auguran que tocará hacer cambios más pronto que tarde para evitar males mayores. “Tendrá que haber un cambio de mentalidad. Tenemos que aprender a convivir con el calor extremo de forma habitual”, alerta Elisabeth Diago, investigadora de ISGlobal. Un ejemplo simple: “Llevar agua encima siempre y beber, aunque no tengas sed”. Otro: “No puede ser que te pongas a correr a las cuatro de la tarde… ¡Te puede dar un síncope por calor!″, exclama Diago. El autocuidado, redes comunitarias de apoyo a los vulnerables, viviendas mejor preparadas y un cambio en la salud urbana (evitar el efecto isla de calor) serán clave.
Cuando el ser humano se enfrenta a episodios de calor intenso, el organismo responde desplegando estrategias fisiológicas para mantener la temperatura corporal interna a unos 37 grados, el nivel óptimo para la vida. El cuerpo usa, por ejemplo, la sudoración, que es el gran mecanismo de termorregulación para disipar el calor al evaporar el sudor en la superficie cutánea. Y también recurre a la vasodilatación periférica, que aumenta el flujo de sangre hacia la piel para facilitar la pérdida de calor.
Todo eso suele ayudar a mantener la temperatura adecuada, pero son mecanismos que tienen límites. Y cuando se sobrepasan, aparece lo que los expertos llaman el estrés térmico, que se manifiesta con un abanico de malestar que va desde el cansancio, los calambres o la irritabilidad, hasta cuadros más graves, como el síncope o el golpe de calor.

El impacto de las altas temperaturas en la salud puede ser brutal. En el verano de 2022, uno de los más cálidos registrados en Europa, hubo más de 61.000 muertes asociadas a las altas temperaturas, según un estudio. Este año, solo en el mes de junio, en España se contabilizaron más de un millar. Los decesos por golpes de calor son poco frecuentes; la mayoría de los fallecimientos vinculados al calor extremo se producen por el agravamiento de patologías preexistentes.
Un informe reciente de ISGlobal para el Observatorio DKV de Salud y Medioambiente recuerda que, según la literatura científica, por cada aumento de un grado centígrado en la temperatura ambiental, aumenta un 35% la mortalidad por calor y un 2,1% los decesos vinculados a cuadros cardiovasculares; también el número de personas que enferman crece un 18% (un 25% en el caso de los mayores de 65 años). “Los efectos no son iguales para todos porque la vulnerabilidad es diferente. Depende de la exposición; de factores intrínsecos de la persona, como sus enfermedades de base; y también de la vulnerabilidad estructural, como el barrio en el que vives o la capacidad socioeconómica para acceder a determinados recursos”, explica Diago, que ha coordinado el informe.
Los ancianos y los niños se llevan la peor parte. Entre otras cosas, porque ninguno de estos dos colectivos tiene el termostato del organismo en condiciones óptimas: el de los mayores está desgastado por la edad y el de los críos, subdesarrollado todavía. Las personas más añosas, además, acostumbran a tener enfermedades de base que, ante el calor, pueden descompensarse con más facilidad, cuenta Alfons Aguirre, jefe de sección del servicio de Urgencias del Hospital del Mar de Barcelona. “Suelen tener los mecanismos de adaptación al calor más comprometidos. Además, si tienen una alteración neurológica, pierden el reflejo de la sed y tienen más riesgo de deshidratarse”, ejemplifica. La soledad no deseada también es un factor de vulnerabilidad.
Otro colectivo de riesgo son los trabajadores al aire libre, por la exposición directa a las altas temperaturas. Y también las embarazadas: estar bajo calor extremo, sobre todo en el primer trimestre, se relaciona con un mayor riesgo de parto prematuro, bajo peso al nacer y muerte fetal.
Las mujeres también se mueren más en las olas de calor. Según recoge ISGlobal, en el verano de 2022, la mortalidad fue un 56% más alta que en hombres. Los expertos achacan esta brecha a diferencias fisiológicas en la termorregulación, sobre todo en la menopausia, pero también a que sufren más aislamiento y tienen menos acceso a zonas refrigeradas.
La factura del mal descanso
El cuerpo humano emplea las horas nocturnas para liberar el calor acumulado durante el día. Pero cuando hay noches muy calurosas, todo ese proceso de recuperación fisiológica se ve comprometido. Cuesta más dormir, nos despertamos más veces y el sueño suele ser menos profundo y reparador, cuenta Marta Garaulet, catedrática de Fisiología y Bases Fisiológicas de la Nutrición en la Universidad de Murcia: “El cuerpo tiene que dedicar más esfuerzo a regular la temperatura, aumenta la activación fisiológica y se altera la arquitectura normal del sueño. En general, el calor se asocia con más vigilia nocturna y con una reducción del sueño profundo y del sueño REM, que son fases importantes para la recuperación física, cognitiva y emocional”.
Garaulet matiza que el calor no altera nuestro reloj biológico como lo hace, por ejemplo, la luz nocturna, pero sí puede “desorganizar la expresión” de los ritmos circadianos. “Dormimos peor, nos acostamos más tarde, nos levantamos más cansados y al día siguiente solemos estar menos activos. Todo esto puede acabar afectando al ritmo sueño-vigilia, al metabolismo y al bienestar general”.
En sus investigaciones, la científica descubrió también el poder de la siesta en contextos de calor extremo: “Vimos que en el 11% de las personas, la siesta no aparece como un hábito constante durante todo el año, sino como un comportamiento estacional, que se da sobre todo en verano”. Lo descubrió en estudios hechos en Murcia, donde es habitual que en las tardes de verano se alcancen los 40°C. “En esas condiciones, el cuerpo tiende de forma natural a reducir la actividad y favorecer el descanso. La siesta no sería solo una costumbre cultural, sino también una respuesta biológica al entorno. Cuando el calor es extremo, descansar en las horas centrales del día ayuda a evitar el estrés térmico, conservar energía y reorganizar la actividad hacia momentos más frescos”, explica.
Según Garaulet, “en regiones cálidas, una siesta breve y bien situada puede ser una respuesta fisiológica adaptativa”. Y da más consejos: “Es recomendable que la habitación tienda a estar fresca, más que caliente, para dormir bien. Y, aunque a veces se piensa lo contrario, las duchas muy calientes justo antes de acostarse pueden dificultar el sueño si aumentan demasiado la temperatura corporal o impiden esa pérdida natural de calor que necesitamos para dormir”.
Más irritación y estrés
Como un efecto dominó, la falta de descanso adecuado es uno de los factores que espolea también un empeoramiento de la salud mental. En atención primaria, el calor persistente se ha asociado con un aumento de las consultas por ansiedad (43%) y por depresión (23%), según el informe de ISGlobal. Por cada grado que aumenta la temperatura, asciende hasta un 1,7% el riesgo de suicidio y las hospitalizaciones psiquiátricas crecen casi un 10% durante las olas de calor.
Los expertos achacan este impacto a una confluencia de factores. Desde mecanismos psicológicos, relacionados con la percepción del calor a través de sentimientos de estrés y ansiedad; hasta elementos conductuales, con cambios en el comportamiento a causa del calor; o mecanismos sociales, vinculados a cambios en las interacciones a causa del calor (más aislamiento, por ejemplo).
El sobreesfuerzo del corazón
En una situación de estrés térmico, también aumenta el riesgo de desajustes en la función cardiovascular. En ese intento de disipar el calor, el corazón hace un sobreesfuerzo. “Y eso puede contribuir a descompensar enfermedades cardiovasculares”, sintetiza Aguirre.
Además, hay fármacos que pueden empeorar más la situación, subraya Christian Garriga, pediatra y director médico corporativo de DKV: “Los antihipertensivos [para controlar la presión arterial alta], los betabloqueantes [reducen la frecuencia cardíaca y la presión sanguínea] y los diuréticos [ayudan a eliminar exceso de agua y sal por la orina] afectan al sistema vascular y también a los líquidos”. Con el calor, por ese mecanismo de vasodilatación periférica, puede bajar la tensión y con la sudoración se eliminan más electrolitos. Estos fármacos acentúan todavía más estos síntomas y pueden provocar deshidratación, mareos, cansancio o, incluso, desmayos.
Los pulmones trabajan más
Las enfermedades respiratorias también pueden desequilibrarse. Con el calor, el organismo hace más gasto cardíaco e hiperventilación, lo que puede empeorar dolencias como el asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). “Al aumentar la vasodilatación, el cuerpo lo compensa con una frecuencia cardíaca más alta y más esfuerzo respiratorio para oxigenar la sangre”, cuenta Bernardino Alcázar-Navarrete, presidente electo de la Sociedad Española de Pneumología.
Esa situación, en personas con enfermedades crónicas, puede complicar su cuadro clínico. Pone un ejemplo: “Se ha descrito que con el calor del verano aumenta un 8% el riesgo de hospitalización por EPOC. Hay agudizaciones porque cuando cambia la temperatura, cambia también la densidad del aire y los pacientes lo notan más; también suele coincidir con episodios de calima, un momento en el que hay más polvo ambiental y partículas en suspensión; y además, con el calor hay más riesgo de deshidratarse y esto afecta a las secreciones [el moco es más espeso y más difícil de eliminar por la tos, lo que favorece la obstrucción de las vías respiratorias]”.
Metabolismo alterado
El estrés térmico puede provocar también disfunciones metabólicas. Con el calor, por ejemplo, se altera la forma en la que el organismo procesa la glucosa. También ocurre, cuenta Rosa Corcoy, directora de la Unidad de Diabetes del Hospital Sant Pau de Barcelona, que “en personas con diabetes tratadas con insulina, la absorción puede aumentar con el calor y disminuir los requerimientos de insulina, observándose tendencia a hipoglucemia. En el otro extremo, personas con diabetes y cifras muy altas de glucosa pueden tener con más facilidad una descompensación hiperglucémica porque tanto la hiperglucemia como el calor favorecen la deshidratación”.
La endocrinóloga recuerda, además, que el metabolismo de los nutrientes también genera calor. Y eso explica, en parte, por qué en épocas de calor extremo preferimos comidas frescas y ligeras en lugar de alimentos muy calóricos: “Para empezar, si el alimento que tomamos está fresco, ya ayuda a bajar temperatura del cuerpo, que es lo que conviene. Pero además, si se ingiere una comida copiosa, el esfuerzo del organismo para metabolizar ese alimento generará más calor y eso aumentará la temperatura corporal. Y el organismo lo que busca es equilibrar la temperatura corporal, no aumentarla”.
Las personas con obesidad son otro colectivo vulnerable. “Presentan más dificultad para eliminar el calor porque tienen menos superficie corporal en relación con la masa. Y el tejido adiposo también hace de aislante térmico”, subraya Corcoy.
El sufrimiento de los riñones con la deshidratación
Las personas con enfermedades renales son otro colectivo que puede sufrir desajustes. La explicación es que en olas de calor hay más riesgo de deshidratación y eso conduce a un desequilibrio electrolítico que obliga a los riñones a trabajar más y, fruto de ese estrés extra, pueden exacerbarse enfermedades renales preexistentes.
Los expertos advierten de que hay que prepararse para un mundo con calor extremo cada vez más frecuente. “Tenemos que cambiar nuestra forma de vivir”, asegura Diago. Empezando por reforzar el autocuidado. Hidratarse (con agua, no refrescos ni alcohol) es fundamental. Y protegerse del sol. Y refrescarse, como sea.
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