
El pequeño Žiga, de cinco meses, mira a la cámara fijamente con sus preciosos ojos azules. A simple vista, es un niño sano, pero tiene una enfermedad genética potencialmente mortal y extremadamente rara. Tan rara que en España o cualquier otro país europeo solo nace un niño cada tres años con esta dolencia. Žiga es el segundo paciente en el mundo que recibe una dosis alta de una nueva terapia génica que podría curarle para siempre. Y casi tan complejo como desarrollar el tratamiento experimental ha sido cumplir todo el papeleo para que este pequeño nacido en Šentrupert, una pequeña localidad eslovena, haya podido venir a Madrid para participar en el ensayo clínico.

La UE no regula los ensayos clínicos transfronterizos, que pueden salvar la vida a niños con enfermedades raras. Un médico del Hospital 12 de Octubre de Madrid promueve una red internacional que los facilite
El pequeño Žiga, de cinco meses, mira a la cámara fijamente con sus preciosos ojos azules. A simple vista, es un niño sano, pero tiene una enfermedad genética potencialmente mortal y extremadamente rara. Tan rara que en España o cualquier otro país europeo solo nace un niño cada tres años con esta dolencia. Žiga es el segundo paciente en el mundo que recibe una dosis alta de una nueva terapia génica que podría curarle para siempre. Y casi tan complejo como desarrollar el tratamiento experimental ha sido cumplir todo el papeleo para que este pequeño nacido en Šentrupert, una pequeña localidad eslovena, haya podido venir a Madrid para participar en el ensayo clínico.
Su madre, Anita, enfermera de 26 años, cuenta que su historia familiar está marcada por esta enfermedad de origen genético. Su hermano murió a los pocos días de nacer. Su hermana falleció a los 20 años. Anita y su pareja, Alen, que no la sufren, supieron que su hijo llevaba la doble mutación que provoca la dolencia: deficiencia de OTC. Es una disrupción del ciclo de la urea que impide metabolizar las proteínas de la dieta y llena el organismo de amonio, una molécula tóxica. En el mejor de los casos, aboca a llevar una dieta superestricta y a recibir hemodiálisis para evitar daños neurológicos irreversibles. “Queríamos darle a mi hijo la posibilidad de que tenga una vida normal”, explica la madre.
La nueva terapia consiste en un virus desactivado que contiene unas tijeras moleculares que cortan en un punto preciso del genoma e introducen una copia sana del gen que provoca la enfermedad, resume Marcello Bellusci, pediatra italiano de 40 años que trabaja en el Hospital 12 de Octubre de Madrid. El médico es experto en enfermedades metabólicas raras. Tan raras que en España no encuentra pacientes suficientes para los ensayos de terapia génica. Por eso lleva varios años promoviendo una nueva red europea que ponga en contacto a los pacientes y sus médicos con los hospitales de otros países donde se ensayan nuevas terapias específicas para sus dolencias.

Parece algo fácil, pero no lo es, reconoce Bellusci. Cada país de la Unión Europea tiene su propia regulación. En la actualidad hay leyes que garantizan un acceso igualitario a fármacos, expone el médico, pero solo los ya aprobados. Para tratamientos experimentales hay un vacío total. Los pacientes dependen de que sus médicos estén al tanto de los ensayos, y en muchos casos, si no son en su país, no pueden acceder a ellos. “En Europa deberíamos trabajar como un solo país, pero en realidad funcionamos como 27, cada uno con su burocracia”, lamenta el italiano, el investigador principal del área pediátrica de Enfermedades Mitocondriales y Metabólicas Hereditarias del 12 de Octubre.
Este es un problema que afecta a casi cualquier enfermedad, pero con algunos tumores pediátricos poco comunes y con las enfermedades raras es especialmente sangrante y urgente. Ya es difícil que las farmacéuticas se interesen por tratar estas dolencias, en las que no ven beneficios claros; y cuando ponen un ensayo en marcha, solo pueden llevarlo a cabo en unos pocos países. En el caso de enfermedades pediátricas raras, en muchas ocasiones hay también una urgencia extrema, pues hay una ventana de unos pocos años antes de que la dolencia sea irreversible, apunta Bellusci.
Silvia Izquierdo, madrileña de 39 años, ha vivido la odisea que puede ser entrar en un ensayo de este tipo. En 2019, se encargó por su cuenta de localizar tres ensayos clínicos de terapia génica en marcha contra el síndrome de Sanfilippo, otra dolencia rara de origen genético a la que a veces se llama alzhéimer infantil, pues llena el cerebro de residuos neurotóxicos potencialmente letales. Su hijo Gonzalo la sufre. Izquierdo y su pareja, ambos farmacéuticos, consiguieron meter a Gonzalo en el ensayo de la empresa Lysogene, que se realizaba en París y Ámsterdam. Gonzalo fue tratado con una sola dosis de terapia génica aplicada directamente en el cerebro en septiembre de 2019. Izquierdo se desplazó a la capital francesa con su pareja y su otra hija, que entonces tenía apenas 10 días. Después llegó la pandemia y fue imposible viajar para continuar el seguimiento médico del niño. Y pasado el confinamiento, la empresa Lysogene quebró, dejándoles “en tierra de nadie”.
“En esta situación ni te planteas si hacerlo o no, lo haces y ya”, reconoce Izquierdo. Las empresas cubren los gastos de viaje, alojamiento y dietas, aunque estas no suelen llegar a los precios de ciudades como París. Pero lo peor es quedar varados a mitad del proceso. “Si hubiese una ley específica para estos casos, ayudaría mucho. Lo primero, por los grupos de ayuda con otras familias, pero sobre todo porque hay gente que tiene niños enfermos y que no sabrían meterse a buscar en internet para encontrar los ensayos. Esto puede ser un mundo”, lamenta. Izquierdo conoce a otra familia de Barcelona que fue al mismo ensayo que ella, y a otra suiza que se trasladó a Santiago de Compostela para tener acceso a otro tratamiento experimental. Bellusci habla de una mujer de Ucrania que se mudó a Roma de forma definitiva para que su hijo pudiese participar en otro ensayo.

Una iniciativa europea intenta ahora modificar las leyes de la Unión y facilitar los ensayos clínicos transfronterizos. Se intenta que estos se incluyan en la nueva ley de biotecnología propuesta por la Comisión, y que esto facilite el acceso a tratamientos experimentales sin importar el país en el que se realicen los ensayos, ni dónde vivan los pacientes. El proyecto pide que las fronteras no sean barreras. Lo apoyan médicos, investigadores, familias y la industria farmacéutica. Si llega a aprobarse una norma, “sería un boom”, resume Bellusci.
El médico dice que España está especialmente bien situada. Es uno de los países del mundo con más ensayos de terapias génicas en marcha. “Lo que en países como Alemania, Francia o Italia no lo dejan hacer por temas regulatorios, sí se está consiguiendo aquí”, destaca. Ahora se trata de crear “una red de soporte europea que permita apoyar tanto a los pacientes como a los investigadores”, añade el pediatra.
Gonzalo ha cumplido ya nueve años. Estos días de verano pasa las mañanas en un campamento inclusivo con caballos. “Para lo que es su enfermedad, está muy bien”, explica su madre. “No deja de tener discapacidad, pero con el alzhéimer infantil, ya debería haber tenido un parón neurológico que, por ahora, no ha llegado”, añade.
A los 14 meses, Tomas fue el primer niño en el mundo tratado con una nueva terapia génica contra la deficiencia de ornitina transcarbamilasa, o OTC, que también sufre Žiga. La madre, Mariana, ucrania residente en Londres, explicaba que una semana después de nacer el niño dejó de responder y no abría los ojos. Tras un diagnóstico fallido, acabaron en el Hospital de Great Ormond Street, primer hospital infantil de la capital británica, al que James Mathew Barrie cedió a perpetuidad los derechos de su obra infantil Peter Pan. El centro identificó la dolencia del niño y le incluyó en el ensayo con una nueva terapia génica basada en una versión avanzada de la edición genética con CRISPR. La copia funcional del gen OTC se inserta con mucha precisión en una localización específica de uno de los cromosomas. Los enfoques anteriores no tenían esta precisión, lo que provocaba una pérdida de eficacia en niños pequeños con el crecimiento normal del hígado, el órgano primario al que ataca la dolencia. Este nuevo enfoque tiene como objetivo tratar a bebés y niños pequeños con una eficacia similar a la de un trasplante, pero mediante una única infusión de terapia génica intravenosa en su lugar. El pasado mayo, Tomas llevaba ya 18 meses sin signos de enfermedad, según la empresa que ha desarrollado la terapia, Iecure.
El pequeño Žiga fue tratado en junio. Es demasiado pronto para saber si ha funcionado, pero “las analíticas son buenas”, explica su madre, con la traducción de Zdenka, una croata que habla esloveno y otros tres idiomas, y que se gana la vida como taxista en Madrid. El día que la familia llegó a la capital, los recogió, conoció su historia y se hicieron inseparables. Esta semana la familia regresa a casa. El seguimiento para este ensayo es de 15 años. Por ahora tendrán que venir a Madrid una vez al mes, pero si todo va bien, en seis meses, su médico en Eslovenia podrá continuar con las evaluaciones, siempre en contacto con Bellusci. Zdenka bromea que durante estas semanas que ha pasado en Madrid le ha salido a Žiga “su primer diente español”.
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