Vivir, morir y sobrevivir a la epidemia de ébola de crecimiento más rápido jamás registrado de la historia

Badya Piracel Florence llega cuando todo ha terminado. O cuando está a punto de terminar. Su trabajo consiste en enterrar a quienes han muerto por ébola en Bunia ―el epicentro de la epidemia que se declaró el 15 de mayo en la República Democrática del Congo (RDC)―, sin poner en peligro a quienes siguen vivos. En cada intervención encuentra el mismo escenario: familias destrozadas, personas que quieren despedirse de sus seres queridos, padres, hijos y hermanos que desean tocar por última vez el cuerpo que están a punto de perder. Ella debe evitarlo. “No estamos aquí para impedir que las familias hagan su duelo. Nuestra misión es proteger a los vivos al tiempo que honramos a las personas fallecidas con respeto y dignidad”, explica a este diario. Porque el ébola, una de las enfermedades infecciosas más letales del mundo, puede seguir transmitiéndose tras la muerte a través del contacto con el cuerpo de la víctima.

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La médica Marline Masika, frente al centro de tránsito del campo de desplazados de Kigonze, en Bunia (República Democrática del Congo), el 31 de julio de 2026.Isambo Moïse, delante de su casa de lona en el campo de desplazados de Kigonze, en Bunia, el pasado 31 de julio.Déi, superviviente del último brote de ébola de la RDC.Richard Pituwa sostiene la última foto que le tomó a su esposa, dos semanas antes de su muerte. La imagen se tomó el pasado 30 de julio en Bunia. Una enterradora, una médica, un desplazado, una superviviente y un viudo cuentan cómo afrontan en la República Democrática del Congo el segundo brote de ébola con más casos  

Badya Piracel Florence llega cuando todo ha terminado. O cuando está a punto de terminar. Su trabajo consiste en enterrar a quienes han muerto por ébola en Bunia ―el epicentro de la epidemia que se declaró el 15 de mayo en la República Democrática del Congo (RDC)―, sin poner en peligro a quienes siguen vivos. En cada intervención encuentra el mismo escenario: familias destrozadas, personas que quieren despedirse de sus seres queridos, padres, hijos y hermanos que desean tocar por última vez el cuerpo que están a punto de perder. Ella debe evitarlo. “No estamos aquí para impedir que las familias hagan su duelo. Nuestra misión es proteger a los vivos al tiempo que honramos a las personas fallecidas con respeto y dignidad”, explica a este diario. Porque el ébola, una de las enfermedades infecciosas más letales del mundo, puede seguir transmitiéndose tras la muerte a través del contacto con el cuerpo de la víctima.

La tarea de Florence forma parte de una gigantesca operación desplegada para contener una epidemia que ya ha dejado más de 1.800 muertos y unos 4.000 casos confirmados en la RDC. Entre las víctimas hay al menos 330 niños, que registran una tasa de mortalidad más de dos veces superior a la de los adultos entre los menores de cinco años, según Unicef. El brote se ha convertido en el mayor registrado hasta la fecha en el país y en el segundo con más contagios de la historia del ébola. Solo le supera la devastadora epidemia que golpeó África occidental entre 2014 y 2016 y que causó cerca de 11.300 muertos y más de 28.000 casos en Guinea, Liberia y Sierra Leona.

Sin embargo, lo que más preocupa a los equipos sanitarios es la velocidad de propagación. En las primeras 11 semanas murieron cerca de 1.500 personas, frente a las 279 registradas durante el mismo periodo de la epidemia de África occidental de 2014, la peor de la historia. Durante una visita a la RDC esta semana, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió de que en algunas zonas del este del país el brote está avanzando más rápido que la capacidad de respuesta para contenerlo.

Solo el 6 de agosto, en el último balance publicado por la OMS, el país contabilizó 99 nuevos casos confirmados y 52 muertes. “Dos meses y medio después de que se declarara el brote de enfermedad por ébola, la situación en el este del país es más crítica que nunca. El brote se está propagando a un ritmo alarmante y sin precedentes”, insiste Médicos Sin Fronteras (MSF), que ha movilizado a unos 1.400 miembros de su personal para responder a esta crisis.

No estamos aquí para impedir que las familias hagan su duelo. Nuestra misión es proteger a los vivos al tiempo que honramos a las personas fallecidas con respeto y dignidad

Badya Piracel Florence, enterradora

Pero detrás de las cifras y de la magnitud de la emergencia hay médicos que trabajan con miedo, familias que no pueden despedirse de sus muertos, desplazados que prefieren comprar medicamentos antes que acudir a un hospital y personas que, pese a haber enfermado, han conseguido salir con vida. La epidemia no solo se libra contra un virus. También contra el miedo y la desconfianza.

La doctora Marline Masika convive con ambos cada día. Todas las mañanas acude a una clínica móvil. Su trabajo consiste en ofrecer atención primaria a pacientes con malaria, varicela u otras enfermedades comunes. Pero en un contexto marcado por el ébola ninguna consulta es completamente rutinaria: muchos de los síntomas que ve podrían indicar un nuevo diagnóstico de ébola. “Cuando identificamos un caso sospechoso, informamos a un centro de tratamiento de ébola de tránsito. Ellos vienen a recoger al paciente y realizan las medidas de descontaminación necesarias”, explica.

La enfermedad ha cambiado profundamente su forma de ejercer la medicina. Ya no se trata únicamente de curar. “Cada día, cuando llegamos al trabajo, tenemos ese temor de contraer la enfermedad y llevarla a nuestra familia”. Esa amenaza dejó de ser teórica cuando varios compañeros sanitarios enfermaron y murieron durante las primeras semanas del brote. “Todos éramos contactos de riesgo y nos preguntábamos constantemente si nuestro turno iba a llegar”, recuerda.

Solo en el primer mes de la epidemia, al menos 75 sanitarios contrajeron la enfermedad y 17 murieron, según ha confirmado la OMS. “Es un precio verdaderamente elevado el que el sistema de salud está pagando porque no tenemos suficientes trabajadores sanitarios en RDC”, lamenta Marie Roseline Belizaire, directora de emergencias de la OMS para este brote.

Sin embargo, para Masika el gran desafío no es solo el virus. También es convencer a la población de que acepte ayuda médica. Muchos pacientes rechazan ser trasladados a los centros especializados incluso cuando presentan síntomas compatibles con la enfermedad. “Cuando intentamos convencerlos de acudir al centro de tratamiento algunos se niegan”, reconoce.

Isambo Moïse es uno de los miles de congoleños que tienen miedo de ir a una clínica. Desplazado desde hace siete años en el campamento de Kigonze, asegura que la epidemia golpeó de lleno a su familia. “Mi tía murió de ébola”, cuenta. Ahora él también se encuentra enfermo. “Me duele la cabeza, pero tengo miedo de ir al hospital a buscar tratamiento”, admite mientras muestra el medicamento que acaba de comprar por su cuenta en una farmacia. “Dicen que, si vas allí, al hospital, mueres directamente”, susurra.

Su historia refleja uno de los principales obstáculos para contener la epidemia. El brote se desarrolla en una región marcada por años de conflicto armado, desplazamientos de población e infraestructuras sanitarias extremadamente frágiles. Miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares y a instalarse en campamentos donde las condiciones de vida dificultan tanto la prevención como la detección precoz de los casos.

Aunque las autoridades y las organizaciones humanitarias han reforzado las pruebas diagnósticas y el rastreo de contactos, los resultados siguen siendo insuficientes para frenar la transmisión. Según MSF, nueve de cada 10 pacientes ingresados en su centro de tratamiento del ébola de Bunia no figuraban entre los contactos previamente identificados por los equipos de vigilancia.

Además, la tasa de seguimiento de contactos se sitúa en el 75%, según la OMS y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África (Africa CDC), por debajo del objetivo mínimo del 95% que los expertos consideran necesario para detectar rápidamente las cadenas de transmisión y localizar nuevos casos entre personas ya identificadas. En Ituri, la provincia más afectada por el brote, esa cifra se reduce al 59%, según MSF.

Me duele la cabeza, pero tengo miedo de ir al hospital en busca de tratamiento

Isambo Moïse

Pero no todas las personas que cruzan la puerta de un centro de tratamiento tienen el destino que imagina Moïse. Déi es una de las supervivientes del actual brote. Todo comenzó con “unos escalofríos”. Después llegaron los vómitos y la diarrea. Pasó tres días en casa sin ser consciente de la gravedad de la situación. Para entonces, el virus ya había golpeado duramente a su entorno. “Mi marido fue el primero en enfermar. En la familia de mis suegros ha habido más de 15 muertes causadas por el virus”, recuerda en un testimonio recogido por MSF.

Finalmente fue trasladada al centro de tratamiento de Elykia. A su llegada, los médicos la conectaron a una vía intravenosa para combatir la deshidratación provocada por los vómitos y la diarrea. Poco a poco comenzó a mejorar. “Hoy estoy bien. Ya no tengo náuseas ni diarrea. He recuperado el apetito y vuelvo a comer normalmente”.

El actual brote está causado por la cepa Bundibugyo, mucho menos frecuente que la cepa Zaire responsable de la mayoría de las grandes epidemias recientes. A diferencia de esta última, para la que existen vacunas y tratamientos específicos, no hay todavía ningún tratamiento autorizado contra Bundibugyo. Por eso los médicos dependen sobre todo del diagnóstico precoz y de cuidados de soporte como la hidratación intensiva, mientras varios equipos científicos trabajan en el desarrollo de al menos tres vacunas experimentales. “Cuanto más precoz sea la atención, mayores serán las posibilidades de recuperación”, insiste Masika.

Diagnósticos tardíos

Sin embargo, no todos han tenido la misma suerte que Déi. Richard Pituwa, periodista y director del medio Canal R, perdió a su esposa y madre de sus tres hijos durante las primeras semanas de la epidemia, cuando nadie podía imaginar que “una fiebre alta” fuera síntoma de ébola.

“Los primeros exámenes apuntaron a un caso de malaria”, recuerda Pituwa sobre el caso de su mujer, también periodista y una cantante conocida de la provincia de Ituri. Según ha reconocido la OMS, la identificación de la cepa Bundibugyo se retrasó durante semanas porque los laboratorios a los que llegaron las muestras solo tenían reactivos para identificar la cepa Zaire. Además, los síntomas iniciales son muy similares a los de otras enfermedades endémicas de la región, lo que dificultó la detección temprana de los casos.

Cuando finalmente fue tratada, ya era demasiado tarde. “Solo recibió una atención verdaderamente adecuada durante las últimas 24 o 48 horas de su vida”, lamenta. Y añade: “Realmente no tuve la oportunidad de decirle adiós como me habría gustado”.

Los primeros exámenes apuntaron a un caso de malaria

Richard Pituwa, viudo

La experiencia de Richard ayuda a entender por qué el trabajo de Florence, la enterradora, suele provocar tensiones con las familias. Las medidas que buscan contener la propagación del virus obligan a modificar algunos de los rituales más íntimos de la vida y de la muerte. Los pacientes son aislados de sus familiares. Los contactos son vigilados durante semanas. Y los entierros se realizan bajo estrictos protocolos de seguridad.

“Al principio, muchas familias sienten tristeza, ira o incomprensión porque desean despedirse de sus seres queridos según sus costumbres”, explica Florence. “Nuestro papel consiste en escucharlas y explicarles por qué estas medidas son necesarias”. Pero ella también tiene miedo. De hecho, es la única de las personas entrevistadas para este reportaje que ha preferido no ser fotografiada: teme ser reconocida por su trabajo en los entierros de personas fallecidas por ébola.

Hay una intervención que permanece especialmente grabada en su memoria. Una familia se negó durante horas a aceptar un entierro seguro porque creía que los equipos sanitarios querían impedirles despedirse de su familiar. Tras una larga conversación, acabaron aceptando. Días más tarde regresaron para agradecerles su trabajo. “Comprendieron que nuestra misión era, ante todo, salvar vidas”, recuerda.

En una epidemia que avanza más rápido que ninguna otra registrada hasta ahora en la RDC, la batalla se libra contra el virus, pero también contra el miedo, los rumores y una desconfianza que puede hacer que quienes más necesitan ayuda tarden demasiado en pedirla. Déi logró sobrevivir, pero Moïse sigue teniendo miedo de ir al hospital. Masika intenta convencer a los pacientes de que busquen ayuda médica. Pituwa no pudo despedirse de su esposa. Y Florence continúa llegando cuando todo ha terminado, o cuando está a punto de terminar, intentando que la muerte de una persona no se convierta en la de muchas más.

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