El Gobierno australiano se plantea dar un giro de 180 grados en su estrategia energética. De momento, es un pequeño primer paso: la elaboración de un estudio de viabilidad para construir la primera refinería de petróleo en Australia y en el Pacífico Sur desde 1960. El proyecto supone un volantazo tras décadas de confiar casi el 80% de su suministro de combustible a las importaciones. La explicación está a más de 10.000 kilómetros en línea recta: el bloqueo del estrecho de Ormuz y los problemas de suministro que genera en el mundo.
El conflicto en Oriente Próximo expone la dependencia de un país que ha dejado en manos de las importaciones casi el 80% de su suministro energético
El Gobierno australiano se plantea dar un giro de 180 grados en su estrategia energética. De momento, es un pequeño primer paso: la elaboración de un estudio de viabilidad para construir la primera refinería de petróleo en Australia y en el Pacífico Sur desde 1960. El proyecto supone un volantazo tras décadas de confiar casi el 80% de su suministro de combustible a las importaciones. La explicación está a más de 10.000 kilómetros en línea recta: el bloqueo del estrecho de Ormuz y los problemas de suministro que genera en el mundo.
El primer ministro laborista, Anthony Albanese, lo ha definido como un acto para “construir resiliencia nacional” ante la crisis energética global desatada por el ataque de Estados Unidos a Irán el pasado mes de febrero. “Cuanto más se prolongue la guerra en Oriente Próximo, mayor será el impacto en Australia”, aseguró recientemente desde la ciudad de Karratha, en la costa noroeste del país, parte del enorme desierto que comprende el Estado de Australia Occidental.
“Mi Gobierno seguirá haciendo todo lo posible para proteger al país de las peores consecuencias y prepararnos para el futuro”, aseguró el mandatario, acompañado de las autoridades locales en una planta de la multinacional Perdaman, una compañía manufacturera que ya tiene inversiones millonarias en factorías de fertilizantes y que se encargará del estudio preliminar en una ubicación todavía no revelada de Australia Occidental, la región más grande del país y donde viven solo tres millones de personas.
Australia no inaugura una refinería petrolera desde 1960, y en las últimas décadas ha seguido justo la dirección contraria. A comienzos de siglo, el país tenía ocho refinerías operando en todo el territorio, produciendo unos 500.000 barriles de crudo diarios que abastecían el 98% del consumo interno. La feroz competencia de las petroleras asiáticas las tumbó mientras el consumo se duplicaba. Hoy Australia consume casi 1,2 millones de barriles diarios y solo le quedan dos refinerías propias, una en el Estado de Victoria y otra en el de Queensland, que dependen de financiación pública para sobrevivir.
La última en cerrar se encontraba en el Estado de Australia Occidental, al sur de Perth, y fue clausurada en 2021 después de que BP la considerase económicamente inviable. Hoy es un puerto de importación que recibe combustible de socios comerciales como Singapur, que provee a Australia de más de la mitad de la gasolina que consume y casi una cuarta parte del combustible que precisa para la aviación. Corea del Sur, Malasia, Taiwán, la India y China se reparten el resto de las importaciones.
La guerra ha expuesto las vulnerabilidades de la dependencia energética de Australia, que ha visto cómo se disparaba un tercio el precio de la gasolina en los últimos seis meses, hasta casi 1,8 dólares australianos (1,2 euros) por litro. El pico del precio de los carburantes llegó entre finales de marzo y principios de abril, cuando en ciudades como Sídney o Melbourne se vieron estaciones de servicio ofreciendo combustible a más de dos dólares el litro, y en los medios de comunicación se advertía de que las reservas de combustible del país estaban por debajo del equivalente a 30 días de consumo.
A principios de abril, en una medida inédita para la vida política australiana, el primer ministro se dirigió a la nación en un mensaje televisado advirtiendo de la llegada de tiempos adversos. “Por naturaleza, somos un país muy optimista. Pero entiendo que hoy es difícil ser positivos”, reflexionó entonces Albanese. El Gobierno pidió a los ciudadanos que no adquirieran “más combustible del necesario” si debían viajar por carretera durante la Semana Santa, mientras el presidente estadounidense Donald Trump y el régimen iraní militarizaban el estrecho de Ormuz, por donde transita casi la mitad del crudo que países como Malasia, Corea del Sur y Singapur procesan para exportar a países como Australia.
Dos semanas después, un incendio afectó durante 13 horas a la refinería de Geelong, en el Estado de Victoria. El accidente redujo en un 60% la capacidad para procesar crudo en una de las dos únicas refinerías del país. El fuego, producto de un fallo técnico, no distrajo la atención puesta en la guerra en Irán. La planta, situada al sur de Melbourne, apenas cubre el 10% de la demanda de combustibles de todo el país.
La propuesta de construir una nueva refinería ha levantado críticas por parte de la oposición conservadora, que ironiza con la capacidad del Gobierno de levantar y mantener una nueva instalación mientras mantiene su postura de llevar al país hacia las emisiones cero de dióxido de carbono hasta 2050. Pero también otros expertos dudan de que pueda ser viable a largo plazo. La producción de la competencia regional seguirá siendo más barata.
“Incluso si se construye una nueva refinería, probablemente tendrá que importar petróleo desde el exterior, algo que no reduce nuestra dependencia de productos extranjeros”, señaló el Instituto Grattan, un think tank local, a la radio pública ABC. Con una visión algo diferente, la experta Alison Reeve apuntó: “Es una buena idea explorar la posibilidad antes de comprometernos a construirla, porque Australia no tiene mucho petróleo”.
Economía en EL PAÍS
