Viaje por el lecho de un Danubio desnudo por la sequía: “Cada año la situación es peor”

Budapest es una ciudad acostumbrada a romantizar el desastre. Sus famosos ruin bars, espacios culturales que dieron una nueva vida a edificios abandonados durante el comunismo, son un ejemplo. Otro se ha podido ver estos días en los pilares del puente Margarita. La histórica sequía que atraviesa Europa este verano ha desnudado al Danubio. Donde antes había agua, quedan hoy grandes bancos de arena, y muchos han decidido convertirlos en un sucedáneo de playa.

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 EL PAÍS recorre un tramo del segundo río más largo de Europa, a su paso por Hungría, que está bajo límites por la falta de agua  

Budapest es una ciudad acostumbrada a romantizar el desastre. Sus famosos ruin bars, espacios culturales que dieron una nueva vida a edificios abandonados durante el comunismo, son un ejemplo. Otro se ha podido ver estos días en los pilares del puente Margarita. La histórica sequía que atraviesa Europa este verano ha desnudado al Danubio. Donde antes había agua, quedan hoy grandes bancos de arena, y muchos han decidido convertirlos en un sucedáneo de playa.

El pasado viernes, cuando la tarde (y los 37 grados de máxima) empezaban a caer, decenas de personas se acercaban con cervezas y aperitivos, listos para improvisar un picnic con unas vistas inéditas al Parlamento nacional. El ambiente era distendido y alegre, pero bastaba rascar un poco para notar cierta preocupación. “Creo que nunca hemos vivido una sequía como esta”, dice Mike, un obrero de 45 años que ha venido a echar la tarde con dos amigos del barrio. Su percepción es confirmada por Diana Urge-Vorsatz, profesora de climatología en la Central European University, de Budapest: “El Danubio ha sido siempre un río muy estable. Ha habido inundaciones y sequías, pero no hay precedentes de una situación tan extrema”, explica.

El pasado mes de junio fue el más caluroso en la gran llanura húngara desde que hay registros y el segundo más caluroso a nivel nacional. Julio se convirtió en el décimo más caluroso y ambos meses alcanzaron niveles inusualmente bajos de precipitaciones, confirmó a este periódico Hungaromet, el servicio nacional de meteorología. La estabilidad en el caudal del Danubio se debe a su enorme extensión. El segundo río más largo de Europa tiene 2.870 kilómetros y cruza 10 países.

Normalmente, cuando no llueve en un sitio, llueve en otro o se compensa con la nieve de los Alpes. Pero este verano, la sequía ha sido generalizada. ”Esto va más allá de la situación puntual de un país”, explica Urge-Vorsatz, que también es vicepresidenta en el Intergovernmental Panel of Climate Change. “Es preocupante en conjunto, y parece que va a continuar. Ahora nieva menos en los Alpes y las temperaturas más altas hacen que la nieve se funda antes, y eso hace que el río no obtenga agua cuando más lo necesita”. Lo que está sucediendo no es normal, subraya. Pero lo será. Tanto que algunos expertos empiezan a llamarlo nueva normalidad.

De vuelta a la isla efímera del Danubio, Mike y sus amigos se quejan de las restricciones. “Se nos recomienda no usar el aire acondicionado, no lavar el coche, usar la ducha y no el baño… pero al menos tenemos este lugar, este pequeño territorio para disfrutar antes de que se llene de turistas”. Las recomendaciones a las que hace referencia fueron anunciadas la semana pasada por el primer ministro del país, el conservador Peter Magyar. Están motivadas por el desplome de la producción de energía en la central nuclear de Paks, la única del país. La sequía del Danubio no solo ha desnudado parte de su lecho, sino la dependencia energética de un país a un bien cada vez más escaso: el agua. Esta es necesaria para refrescar los reactores nucleares, y con el nivel más bajo de su historia, la semana pasada tuvieron que reducir su actividad al mínimo.

En los hoteles, un cartel recuerda a los clientes que pueden sufrir cortes de electricidad inesperados. La prensa local se ha hecho eco de desplomes puntuales en la ciudad, aunque los motivos no están claros. Los monumentos y puentes de Budapest llevan varios días sin iluminarse. Por eso, cuando a las 20.30 se encienden las luces del puente Margarita y el Parlamento, una sensación de alivio y sorpresa recorre la diminuta isla. Hay tiempo para una cerveza más. Un grupo de adolescentes pesca tesoros con un ​detector d​e metales atado a una cuerda. En otros puntos del Danubio, el agua ha dejado al descubierto barcos nazis, huesos de mamuts o puentes romanos. Hace apenas dos semanas, en este mismo lugar, apareció una bomba de la II Guerra Mundial. Hoy el botín es mucho más prosaico: hay bicis, patinetes, señales de tráfico y decenas de cachivaches arrumbados en una esquina. Alguien ha rescatado una papelera, que los visitantes utilizan diligentemente.

La isla está limpia, salpicada de piedras con las que los budapestinos han construido pequeñas columnas o mensajes de amor. Al otro lado del río, Weiner Gergo, de 25 años, ha terminado de trabajar antes de lo previsto. Es camarero en uno de los numerosos barquitos que navegan por el Danubio. “Esta última semana, con lo de las luces, hemos tenido que cancelar las salidas nocturnas”, dice resignado. Gergo reconoce que esto ha supuesto cierta pérdida, pero no se queja demasiado. “Los que lo tienen mal son los barcos grandes”, dice. Decenas de cruceros han tenido que alterar su curso en los últimos días. Otros han continuado la ruta cambiando el barco por un autobús. El impacto económico en el sector turístico está aún por determinar.

El Danubio es mucho más que un río, asegura Gergo, cuyo trabajo está, de alguna forma, ligado a su cauce. László Zsolt Garamszegi, ecólogo y director del Centre for Ecological Research de Hungría, explica que este río “desempeña un papel fundamental en el suministro de agua potable, la agricultura, la industria, la navegación, la producción de energía, el mantenimiento de los hábitats naturales y la recarga de las aguas subterráneas”. Por eso, cree que el impacto real de la sequía no se puede ver simplemente observando el cauce del río. Tampoco se entiende bien en la ciudad, donde el río ha sido domesticado y enjaulado. Hay que salir de Budapest.

Los campos están agostados, desfallecidos en tonos ocres. Los girasoles han dejado de seguir el rumbo del sol y miran al suelo, rendidos. El maíz está seco, crujiente y arruinado. El Gobierno húngaro acaba de aprobar un paquete extraordinario de 106.000 millones de florines (unos 291 millones de euros) para hacer frente a la sequía más grave que se recuerda. Debería ayudar a unos 150.000 agricultores. Csaba Gergely es uno de ellos. Lleva toda su vida en el campo. Y cree que la gente de la ciudad no es del todo consciente de lo que está pasando. Las sequías empezaron a ser más severas en los últimos años, explica. Pero él no pensó que afectarían a sus campos de maíz, cebada, trigo, centeno, girasol… “A fin de cuentas se encontraban sobre agua continental”, cuenta. Estos son los manantiales subterráneos a los que se refería el ecólogo. Los mismos que este año se han secado. Gergely ha perdido cerca de la mitad de su cosecha. Dos toneladas y media. Y se declara impotente. “Todos los veranos espero que llueva un poco más, pero cada año la situación es peor”, dice.

Se puede comprobar retomando el viaje. Los cultivos resecos se extienden a los lados de la carretera, como una alfombra del desastre. El campo da paso al bosque, frondoso, pero extrañamente otoñal, y después aparece de nuevo el Danubio. O lo que queda de él. Un enorme banco de arena abraza a un río escuálido y manso. En la ribera opuesta, tras los árboles, asoman las chimeneas de la central nuclear de Paks. “Yo trabajo ahí”, dice un hombre señalándola, mientras toma el sol en su silla de playa. No quiere dar su nombre. No debería hablar con la prensa por un acuerdo de confidencialidad. ​

Es soldador, como antes lo fue su padre. “Casi todo el mundo en el pueblo trabaja allí o conoce a alguien que trabaja allí”, dice. Hace unos días dejaron de hacerlo. “Nos enteramos por la tele, en realidad, no es que supiéramos nada antes”. El nivel del agua estaba demasiado bajo para refrescar los reactores, así que redujeron la actividad. Tres de los cuatro que conforman la central se pararon. Se mandó a mucha gente a trabajar desde casa, listos para ponerse en marcha si subiera el nivel del agua. “Pero eso no significa que haya ningún riesgo”, subraya el hombre. La mayor prueba es que se ha ido a pasar su día libre junto a su mujer a escasos metros del reactor durmiente. No es peligroso, pero sí preocupante. En Paks todos miran el río de reojo, sabiendo que unos centímetros de caudal pueden suponer la diferencia entre volver al trabajo o no hacerlo y además asumir cortes de electricidad.

En los últimos días ha llovido en Alemania, así que empiezan a respirar aliviados. La situación es tan evidente que ni un negacionista puede negarla. En la Hungría rural, es fácil encontrarlos. Algunos culpan a sus vecinos austriacos, a los que acusan de retener agua, río arriba. Otros dicen que este calor es fruto de las chemtrails, estelas químicas de los aviones, aludiendo a una teoría de la conspiración sin ninguna base científica. Que esto no habría pasado con el ex primer ministro Orbán, un populista afín a Putin cuyo partido, Fidesz, gobernó con mano de hierro los últimos 16 años. Igual no lo llaman cambio climático, pero nadie puede negar que el clima ha cambiado.

Con máximas de 42 grados (la media máxima de julio en los últimos años ronda los 28), ríos secos y cosechas perdidas, la evidencia es demasiado abrumadora para poder ignorarla. Las sequías, cada vez más frecuentes en verano, se compaginan con unas inundaciones en primavera que tampoco remiten. “Si representamos los niveles mínimos y máximos anuales, las dos tendencias se van separando gradualmente, creando un efecto tijera”, explica Garamszegi. Los niveles máximos anuales han aumentado poco, manteniéndose más o menos estables a lo largo del siglo, pero los mínimos han descendido más de un metro. “Esto es importante porque significa que el problema no es que el Danubio se esté convirtiendo en un río con menos agua”, explica Garamszegi. Se está convirtiendo en un río más extremo. La tendencia es general, pero en lugares como Hungría, donde la vida transcurre en la ribera, es donde se ven las consecuencias de forma evidente.

“Yo solía tirarme de cabeza al agua desde aquí”, dice Antal Reti, jubilado de 70 años, señalando un muelle varado en tierra. En la isla de Luppa, a las afueras de Budapest, viven unas 80 familias, principalmente durante el verano. Es un lugar idílico, con altos árboles y cabañas tradicionales. Muchas fueron construidas durante los años treinta. La de Reti, por ejemplo: “Mi familia lleva viniendo aquí casi 100 años”, dice con orgullo. En este tiempo han soportado algunas inundaciones. Cada vez más. Pero ninguna sequía como esta. Luppa solo está conectada a tierra por un ferry que va de un lado a otro a las horas en punto. Si el nivel siguiera bajando, el lugar quedaría incomunicado. Por eso Reti, como casi todos en la isla, consulta diariamente la web oficial del Gobierno para ver el nivel del agua.

María, otra de las habitantes, se muestra más tranquila en el viaje de vuelta en el ferry. “Casi todos en la isla tenemos nuestros propios kayaks o canoas”, dice. “Y a las malas se puede cruzar a pie; ya casi no hace falta nadar”. Río abajo, la fiesta sigue. Es sábado y, por segunda noche consecutiva, se iluminan los edificios monumentales de Budapest. A los pies del puente de Margarita hay una luz nueva. Un DJ ameniza la velada y proyecta imágenes psicodélicas en la fachada del puente. Se hace llamar Tomi Diamond y trabaja en un taller de bicis cercano. Esta misma tarde se puso de acuerdo con amigos y montó una mesa de mezclas en el río, cuenta. “Esto es algo histórico”, dice entre canción y canción. “Esta isla efímera, estas vistas… quería aportar algo”, añade. Sube el volumen y la música retumba en las tripas metálicas del puente. ​Hoy los barcos sí que surcan el Danubio por la noche; los jóvenes bailan en el lecho del río. En Budapest están acostumbrados a romantizar el desastre. Casi se diría que, si llega el fin del mundo, les pillará bailando.

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