El mundo del arte contemporáneo llora este jueves la muerte de la japonesa Yayoi Kusama, una de sus artistas más relevantes del último siglo, que convirtió los lunares que la perseguían en sus alucinaciones en su marca personal y en uno de los máximos exponentes de la psicodelia.
La japonesa, una de las creadoras plásticas más exitosas de los últimos tiempos, construyó una obra de aspecto colorista que escondía múltiples capas de oscuridad debido a una vida torturada
El mundo del arte contemporáneo llora este jueves la muerte de la japonesa Yayoi Kusama, una de sus artistas más relevantes del último siglo, que convirtió los lunares que la perseguían en sus alucinaciones en su marca personal y en uno de los máximos exponentes de la psicodelia.
Oriunda de la montañosa región de Nagano, al noroeste de Tokio, Kusama falleció a los 97 años de edad el pasado 14 de agosto en un hospital de la capital nipona, según una publicación en su página web, que no dio más información sobre las causas del fallecimiento. Kusama “siguió pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca el pincel, y continuó explorando el amor eterno y el alma inmortal”, aseguró el texto.
Muchas veces fustigada por los críticos, pocos artistas en los últimos años fueron capaces de generar las mismas colas (y listas de espera) para entrar en sus exposiciones. Ocurrió, por ejemplo, en junio de 2023 en el Guggenheim de Bilbao con una retrospectiva de 200 de sus obras titulada Yayoi Kusama: desde 1945 hasta hoy.
Sus obras ocultan varios traumas de juventud: la guerra, las pésimas relaciones entre sus progenitores o sus primeros brotes psicóticos en ese entorno rural, en el que vivió alucinaciones diversas que le hicieron entender “la agonía de las flores”, como reza uno de sus poemas.
Nacida en la ciudad de Matsumoto el 22 de marzo de 1929, la artista comenzó a pintar sobre los diez años, usando como motivo la repetición obsesiva de lunares, sus polka dot, y patrones como redes y arcos, que plasmó en acuarelas, pinturas pastel y óleos. Concebida en el seno de una familia acomodada de comerciantes, Kusama padeció alucinaciones y un trastorno obsesivo compulsivo con tendencias suicidas desde la niñez, una etapa en la confesó en múltiples ocasiones haber sufrido abusos físicos y psicológicos por parte de su madre, que destruía sus obras y la obligaba, por ejemplo, a hacer de espía contra su padre infiel.
La japonesa usó este cóctel para alimentar su arte, al que se aferró como un modo de supervivencia y terapia, y convirtió los lunares y los tonos vibrantes en exponente de la psicodelia global. Desde temprano su estilo estuvo caracterizado por una tendencia orientada al arte pop, la Performance, lo contemporáneo, abstracto y feminista, con un estilo marcadamente vanguardista.

Formada en Nihonga, un estilo de pintura tradicional japonesa definida a finales del siglo XIX, en la Escuela Municipal de Artes y Artesanías de Kioto (oeste), Kusama emigró a Estados Unidos a finales de los años 50, huyendo del encorsetado formalismo del país asiático y para hacerse un nombre entre las vanguardias artísticas. Allí comenzó a explorar sus características instalaciones inmersivas, expuso pinturas de gran formato, esculturas con espejos y luz eléctrica, y experimentó con la pintura corporal, la moda y hasta la cinematografía y los medios de comunicación.
En la Gran Manzana comenzó a crear obras de arte en espacios públicos, como en Central Park, donde desarrollaron actividades a modo de protesta contra la guerra de Vietnam. El activismo antibelicista de la japonesa era conocido en la época. La guerra marcó la psique de Kusama, que tenía 16 años cuando las bombas atómicas fueron arrojadas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial.

Consagración y problemas mentales
Pese a su éxito en EE UU, donde influyó en contemporáneos como Andy Warhol o Claes Oldenburg, Kusama regresó a Japón en 1973 tras empeorar sus problemas mentales. Mientras continuaba produciendo y exhibiendo obras de arte, publicó varias novelas y antologías. En 1990 se internó voluntariamente en una institución mental, desde donde siguió produciendo obras en diversos formatos.
Algunas de sus obras más conocidas son: Narcisus Garden (1966), Gleaming Lights of the Soul (2008) y colecciones como Dots Obsession (2008), Ascension of Polka Dots (2013) o Tulips of Shangri-la (2004), esta última expuesta en multitud de museos de todo el mundo. Entre las instituciones que han acogido sus exposiciones figuran la Bienal de Venecia, el MoMa de Nueva York, el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio, el Museo de Arte Contemporáneo de Sídney (Australia), el Tate Modern de Londres, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid o el Centro Pompidou de París.


















Su serie pictórica más extensa, My Eternal Soul, que comprende entre 2009 y 2021, contó con aproximadamente 900 obras. Su enorme calabaza moteada ubicada cerca de la costa en el Benesse Art Site de la isla de Naoshima sigue siendo uno de los principales puntos de referencia del arte contemporáneo del archipiélago nipón.
Al margen del arte y la literatura, Kusama fue la responsable de diseñar en 2012 el exterior del edificio corporativo de Louis Vuitton en Nueva York como obra colaborativa. En 2014 inauguró su propio museo, el Museo Yayoi Kusama, en Tokio. A lo largo de su vida recibió múltiples reconocimientos, como el Premio Asahi, la Orden de las Artes y las Letras de Japón y el premio Nacional por Logros de Vida de la Orden del Sol Naciente. En 2006 se convirtió en la primera mujer en obtener el Praemium Imperiale de la Asociación de Arte de Japón, uno de los premios internacionales de arte más prestigiosos del mundo, y en 2016 recibió la Orden de la Cultura.
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