“Rescatar la identidad de un territorio, encapsular en una caja de metacrilato parte de lo que somos”. Así analiza la profesora Natalia Juan el significado de las imágenes que han marcado un nuevo episodio en la historia milenaria del monasterio de San Juan de la Peña (Huesca). En ellas se ve cómo el pasado 13 de agosto técnicos del Gobierno de Aragón y militares de la UME (Unidad Militar de Emergencias) evacuaban en contenedores transparentes los restos óseos de los primeros reyes de Aragón, ante la amenaza del fuego. “Supone conservar la historia de quienes quisieron enterrarse allí cuando se estaba construyendo el Reino de Aragón; es algo muy importante y simbólico”, añade la historiadora, que investiga el pasado del enclave desde hace un cuarto de siglo. El incendio ha arrasado miles de hectáreas, pero el monasterio viejo —y los huesos de los monarcas— han sobrevivido al fuego. Una vez más. “Cuando llegaron los franceses en 1809, incendiaron el monasterio nuevo (ubicado en la parte superior de la montaña), pero respetaron el antiguo porque allí estaban los restos de los reyes de Aragón”, relata Natalia Juan.
La evacuación de los restos de los primeros monarcas de Aragón en el monasterio San Juan de la Peña ante la amenaza del fuego subraya la memoria que la sociedad guarda de la realeza a través de sus panteones
“Rescatar la identidad de un territorio, encapsular en una caja de metacrilato parte de lo que somos”. Así analiza la profesora Natalia Juan el significado de las imágenes que han marcado un nuevo episodio en la historia milenaria del monasterio de San Juan de la Peña (Huesca). En ellas se ve cómo el pasado 13 de agosto técnicos del Gobierno de Aragón y militares de la UME (Unidad Militar de Emergencias) evacuaban en contenedores transparentes los restos óseos de los primeros reyes de Aragón, ante la amenaza del fuego. “Supone conservar la historia de quienes quisieron enterrarse allí cuando se estaba construyendo el Reino de Aragón; es algo muy importante y simbólico”, añade la historiadora, que investiga el pasado del enclave desde hace un cuarto de siglo. El incendio ha arrasado miles de hectáreas, pero el monasterio viejo —y los huesos de los monarcas— han sobrevivido al fuego. Una vez más. “Cuando llegaron los franceses en 1809, incendiaron el monasterio nuevo (ubicado en la parte superior de la montaña), pero respetaron el antiguo porque allí estaban los restos de los reyes de Aragón”, relata Natalia Juan.
¿Por qué se detuvieron entonces las tropas napoleónicas? “La memoria del rey es la memoria del reino”, sostiene Gerardo Boto. “Los reyes buscaban un lugar que fuese idóneo para la intercesión espiritual y la preservación de su memoria”, explica el profesor de Historia del Arte Medieval en la Universidad de Girona. Esa era la idea que perseguía Ramiro I cuando, en el siglo XI, eligió enterrarse en San Juan de la Peña, donde le acompañarían más tarde su hijo Sancho Ramírez y su nieto Pedro I. Un cementerio dinástico que recogería “una secuencia de tres o más generaciones”, según detalla Boto.
De la intercesión espiritual —rezar por el alma del difunto— se encargarían los monjes de San Juan de la Peña, que eran benedictinos. “Era la orden por antonomasia; entre los siglos VII y XII tuvieron el monopolio de la intercesión”, destaca el historiador. ¿Y la memoria? ¿Cuánto duraría? “De manera prácticamente perpetua”, responde Boto, quien acude a un ejemplo gráfico: las monjas del monasterio de Las Huelgas, en Burgos, siguen rezando hoy a los fundadores, Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet, que murieron en 1214.

El paso de los siglos sirvió de altavoz para aquel panteón real. No en vano, el monasterio se identifica hoy como la cuna de Aragón. “Hay una parte de mito y otra de realidad”, matiza Natalia Juan, quien achaca la popular expresión a la historiografía romántica del siglo XIX, cuando —explica— se tendía a magnificar las hazañas de los reyes medievales. “Se intenta reescribir el pasado”, afirma la profesora de la Universidad de Zaragoza.
En la vecina Navarra ocurría algo similar. “Siempre se ha asociado Leyre al origen del reino, al tratarse del monasterio más antiguo documentado en Navarra, vinculado en cierto modo a la familia real”, expone Eloísa Ramírez. La catedrática de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra cree que los soberanos acertaron al crear sepulcros familiares para que sus linajes pudieran vencer al tiempo. “Cumplieron su función en su momento, el culto y el relumbre de una realeza que necesitaba un impulso y un reconocimiento que no tenía”, asegura. Ramírez opina que así ocurrió también en lugares de inhumación de otros monarcas, como la colegiata de San Isidoro, en el caso del Reino de León, o el monasterio de Poblet (Tarragona), para la Corona de Aragón.

Un cambio importante llegó en el siglo XII. Los sepulcros de los reyes —que hasta entonces se situaban en lugares reservados— pasaron a ocupar espacios visibles en iglesias y catedrales. “Las tumbas se convierten en un espectáculo, en el sentido de que podían ser vistas”, precisa Gerardo Boto, quien ha identificado y cartografiado más de 60 de estos panteones en toda la península Ibérica, dentro de un amplio proyecto de investigación. A partir de ese momento, los sepulcros y las capillas donde se ubicaban comienzan a embellecerse. “Son espacios que pueden mover a la admiración, pero también a la compasión y a que alguien rece espontáneamente por ese personaje”, detalla Boto. Un ejemplo destacado es el Panteón Real de la Cartuja de Miraflores (Burgos), donde descansan los padres y el hermano de Isabel la Católica. “Se trata quizá de uno de los lugares más bellos del paisaje funerario tardogótico europeo”, concreta el historiador. La belleza y el arte se convierten, de esta manera, en uno de sus principales atractivos. “Cuando voy a la catedral de Granada, no lo hago por rendir culto a los Reyes Católicos, sino a ver su magnífico sepulcro de comienzos del siglo XVI”, reconoce Eloísa Ramírez.
De alguna manera, el arte que recubría los grandes panteones comenzó a eclipsar las reliquias. ¿Dejaron de importar entonces los huesos que se alojaban dentro? “Los lugares de memoria son muy importantes para las sociedades en términos generales, pero el vínculo es más intenso cuando hay una presencia de materia allí”, responde Gerardo Boto. El profesor de la Universidad de Girona va aún más allá. Los restos mortales “no solo confirman la veracidad, sino que, de algún modo, dan la oportunidad de la experiencia a cada individuo de cada generación”. ¿Cuánto valen, en definitiva, los huesos de un lejano monarca en el siglo XXI? “Los cuerpos de los reyes son profundamente significativos”, apuntilla Boto. La historiadora Eloísa Ramírez admite, por su parte, que estos vestigios “tienen un valor patrimonial histórico importante; incluso inmaterial, aunque se trate de materia”. Pero matiza: “Los historiadores somos poco dados a divinizar los huesos, nos interesan más otras cosas”.
Cuando se dé por extinguido el incendio en las Peñas de Riglos y el peligro se aleje definitivamente del monasterio viejo de San Juan de la Peña, las autoridades plantearán la restitución al panteón de los huesos de Ramiro I y su estirpe, que actualmente se custodian en el Museo de Huesca. Hay quien piensa que el regreso debería acompañarse incluso de un acto solemne, una idea que ha alimentado cierta polémica en las redes sociales estos días. Los expertos consultados coinciden en que el acto podría celebrarse, aunque no es imprescindible. “Al no haberse visto alterado el contenido de las cajas de metacrilato, como cuando analizaron hace unos años, no sería necesaria una ceremonia de restitución”, opina Gerardo Boto.
El punto de vista de los expertos respalda la maniobra de emergencia que la UME y el Gobierno de Aragón llevaron a cabo el pasado 13 de agosto. “Entiendo que se decidiera salvar los huesos, que se sacaran y, después, que vuelvan a su sitio”, corrobora Eloísa Ramírez. “Y que los dejen tranquilos”, añade, enfática. La historiadora valora la postura de las autoridades, aunque, si ha de elegir, no tiene dudas: “Por muy importante que sea el patrimonio, por delante están las personas y los pueblos de alrededor”. La profesora Natalia Juan, que ha seguido los acontecimientos al minuto a través de mensajes de WhatsApp, reconoce que le ha podido la emoción: “Esas llamaradas enormes son una tristeza absoluta”. De ahí que no pare de pensar cómo vivirían los monjes de San Juan de la Peña los incendios que tuvieron lugar en los siglos XIV, XV y XVII, cuando no existían los recursos actuales. “¿Qué debieron de hacer? ¿A quién se encomendarían?”, se pregunta. “Allí no había nadie y se les quemó todo”.
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