
Nos vimos el martes 27 de octubre, antes de que el accidente de los trenes destemplara los cuerpos y descompusiera las almas. Charlamos sentadas al solecillo otoñal de las cuatro de la tarde en un remedo de chiringuito de playa cerca del río Manzanares, en medio de una rara calma en pleno centro madrileño. Había llegado tan pimpante, con su coleta alta y su flequillo Bardot, horas después de recoger, la noche anterior, su primer premio de relumbrón: el de la Fundación AISGE, presidida por el gran Emilio Gutiérrez Caba. Está rubia, siendo morenísima, por requerimiento del papel en la comedia que empieza a grabar en un par de días a las órdenes de un famosísimo director y de la que aún no puede hablar, según me cuenta Lucía con su voz cálida y quizá más aniñada de lo que quisiera. Aparenta aún menos de sus 27 años, pero lleva casi 20 sobre las tablas y ante las cámaras, y ese poso se nota en su mirada.

ANIMAL ESCÉNICO
Lucía Caraballo (Madrid, 27 años) es una joven veterana. La niña Lucía quería ser artista desde que recuerda. A los 8 años empezó a bailar y a actuar mientras tomaba clases y, de adolescente, fue youtubber y estrella infantil en Disney Chanel. Pero fue su participación en series como Estoy vivo, con Javier Gutiérrez, No me gusta conducir, con Juan Diego Botto y, sobre todo, Animal, junto a Luis Zahera, las que la han catapultado a la primera línea de jóvenes actrices de cine.
La actriz, de 27 años y casi 20 de experiencia, estrena la película ‘La maleta’ y rueda su primer gran papel protagonista después de triunfar con las series ‘Me gusta conducir’ y ‘Animal’
Nos vimos el martes 27 de octubre, antes de que el accidente de los trenes destemplara los cuerpos y descompusiera las almas. Charlamos sentadas al solecillo otoñal de las cuatro de la tarde en un remedo de chiringuito de playa cerca del río Manzanares, en medio de una rara calma en pleno centro madrileño. Había llegado tan pimpante, con su coleta alta y su flequillo Bardot, horas después de recoger, la noche anterior, su primer premio de relumbrón: el de la Fundación AISGE, presidida por el gran Emilio Gutiérrez Caba. Está rubia, siendo morenísima, por requerimiento del papel en la comedia que empieza a grabar en un par de días a las órdenes de un famosísimo director y de la que aún no puede hablar, según me cuenta Lucía con su voz cálida y quizá más aniñada de lo que quisiera. Aparenta aún menos de sus 27 años, pero lleva casi 20 sobre las tablas y ante las cámaras, y ese poso se nota en su mirada.
¿Cómo es preparar un personaje de la nada?
Bueno, intento, más que adjetivos, ponerle verbos, porque así evito tener prejuicios sobre ella. Quiero entenderla, comprender por qué hace las cosas, por qué siente como siente y por qué toma las decisiones que toma. Intento ver el mundo y mirar a la cámara con los ojos del personaje. Así me gusta trabajar. Así, abordo al personaje de una forma más kamikaze, sin redes.
¿Y cómo logra eso? ¿De qué fuentes bebe?
Hay que leer, hay que ver mucho cine y teatro, hay que estar con las antenas desplegadas. La curiosidad es lo que mantiene vivo el arte en general, y me parece que nadie debería perderla, se dedique a lo que se dedique. Pero, si eres actor, o actriz y no tienes curiosidad, pues no sé cómo lo hacen, yo no sabría hacerlo. Yo empiezo por ahí: por mirar a la gente.
¿Es así desde niña?
Sí. Me encantan las personas. Me pasa una cosa, a veces negativa, y es que lo entiendo todo: hasta a las personas más despreciables, pero tiendo a justificar a todo el mundo porque trato de entender desde dónde lo hacen. No serviría para juez, por ejemplo. Pero eso, el no juzgar, es muy bueno para actuar. No justifico, trato de entenderlos. Intento vivir libre de prejuicios. Intento entender qué es lo que le importa al personaje.
Y a usted, ¿qué le importa?
Uf, la perdida de la humanidad y la empatía que estamos viviendo. Y, siendo totalmente sincera, con la mano en el corazón: me importa querer y que me quieran. El amor a y de los míos es el centro de mi vida. Otras personas te dirán que el trabajo, y yo misma soy una workaholic, pero lo que más tiempo me ocupa y más dolor de corazón me da es el amor, las relaciones, los vínculos con las personas en general. Mi mayor miedo sería quedarme sola.
Eso me dijo, exactamente, la cantante Judeline, de 23 años, la semana pasada. ¿Cree que ese miedo cerval a la soledad es un rasgo de su generación?
¡Judeline! La escuché decir en un podcast que me gusta ponerme de fondo cuando estoy en casa, que ella era la rara del cole, y yo creo que eso te marca.
¿Usted también era la rara? ¿Por qué?
Eso tendrías que preguntárselo a quienes me lo llamaban. Ahora, hasta agradezco aquello: está claro que esa gente no era para mí. Ahora agradezco muchísimo que las personas que me rodean acepten mis cambios. Creo que mi generación valora muchísimo a la familia elegida, la amistad, las amigas. Yo tengo mucha suerte con mis padres, y cuento con ellos; las parejas van y vienen, pero las amigas permanecen y son mi día a día. Siento que son importantísimas en mi vida.
Empezó como bailarina y actriz a los 8 años. ¿Qué tenía esa niña para querer ser artista?
Muchísima pasión y muchísima entrega: eso sí lo noto de mí desde siempre. Lo doy todo, no sé hacer nada a medias. Con el baile, con la interpretación: siempre he sido muy apasionada a la hora de expresarme. Cuando era adolescente, quería irme de Rivas Vaciamadrid, el pueblo de la periferia donde vive mi familia. Pero hoy me doy cuenta de cómo agradezco haber tenido la oportunidad de desarrollar mi pasión en talleres artísticos públicos para niños desde pequeña.
¿Cómo llevaban sus padres su apasionamiento?
Mis padres son súpercuidadores, pero también me dejaron volar. Me quise ir a Londres a los 18 años, me fui para dos meses y me quedé ni me acuerdo de cuántos. Me han dado todo el espacio del mundo para equivocarme, y me he equivocado estrepitosamente en mi vida personal, sentimental, profesional, pero ellos siempre me han dado la mano para levantarme y curarme las cicatrices.
¿A los 27 se tienen cicatrices?
Sí, las tengo, asumiendo que soy una absoluta privilegiada en todo: tengo una familia estable y amorosa y con vínculos sanos, tengo amistad, tengo trabajo de lo mío, que es una profesión complicadísima, y estoy en una época buenísima. No voy a quejarme, en absoluto. Mis amigas han estado dos semanas acampadas en Sol. Es muy difícil vivir, y más, en Madrid, y ya no te digo de algo artístico.
Algo habrá hecho bien para poder vivir de lo suyo.
He tenido mucha suerte. Ha habido proyectos que me han cambiado la vida y en los que me han elegido a mí como podían haber elegido a otra. Gracias a que Borja Cobeaga, que me dirigió en la serie No me gusta conducir, y que le habló bien de mí a Víctor García León y a Aitor Gabilondo, me dieron el papel de la serie Animal. Siento que tengo una carrera de ir poco a poco y que, sin el trabajo anterior no habría tenido el siguiente.
En ‘Me gusta conducir’ compartió protagonismo con Juan Diego Botto y hubo quien la llamó ‘robaplanos’. ¿Cómo lleva los halagos?
Me dan muchísimo pudor. En Me gusta conducir aprendí una barbaridad, y fue gracias a que me miraron de igual a igual, de tú a tú y con esa curiosidad por lo que yo tenía que aportar. Y luego tuve la suerte de que el proyecto funcionó muy bien. En la promoción no me dieron mucha bola, no tuve ningún premio, ninguna nominación, pero gracias a eso, he seguido trabajando.

Sus amigas lo hicieron, pero ¿hubiera acampado usted en la puerta del Sol?
Sí.
¿Y qué pondría en su pancarta?
Que la vivienda es un derecho y no se puede hacer negocios con ella. Ver a tantos jóvenes es esperanzador. Creo que no somos la generación de cristal. Puede ser que nos mostremos más vulnerables, estamos aprendiendo a poner límites y a defender identidades muy nuevas. Venimos de generaciones que habéis luchado mucho por nosotras, pero también nos habéis dejado batallas nuevas, y en ellas estamos.
¿Va a votar? ¿Le interesa la campaña electoral?
Por supuesto. Creo que siempre se puede estar más informada, pero intento estarlo y me encanta escuchar a la gente, incluso con opiniones diferentes. Creo absolutamente en el encuentro, siempre dentro de los límites de la tolerancia y los derechos.
¿Hay cosas por las que no pasa, que no tolera?
Negar identidades me parece una línea roja. Uf, qué difícil expresar bien esto, pero el odio a lo diferente sería la mayor línea roja para mí. No entiendo cómo alguien puede decir que no existe una identidad distinta a la suya. Y otra línea roja brutal para mí son los mensajes de odio. Fomentar el odio no es libertad de expresión.
¿Pero no decía que entendía hasta al más despreciable?
Una cosa es comprenderlo y otra disculparlo. Mira, esto va a sonar muy Míster Wonderful, pero creo que esas personas necesitan un abrazo. Creo que muchos grupos a los que les une el odio, el odiar a otros, a un colectivo o a los diferentes a ellos, no hablan más que de su inseguridad y de su fragilidad, ya que antes hablábamos de eso.
Tiene 27 años y casi 20 de carrera. ¿Cuánto pesa esa experiencia siendo joven?
Pue mira, como diría mi maestro Juan Carlos Corazza [pone acento argentino]: “hacete cargo de lo que ya sabés”. Y, sí, me hago cargo. Ya voy sabiendo muchas cosas que me dan mucha seguridad y ya noto que el set es mi casa. Agradezco que mi carrera esté siendo de poco a poco y que la buena racha me haya llegado cuando ya estoy preparada.
¿No le temblaban las piernas aguantándole el plano a Luis Zahera en ‘Animal’?
Pues mira, te diré que me han temblado muchísimo y me he hecho muy pequeña a lo largo de mi vida, pero he tenido la suerte de que cuanto más he admirado a alguien, más me ha sorprendido para bien, en el sentido de darme mi espacio. Luis es mi amigo, mi compañero, mi casa. Nunca sabrá todos los regalos profesionales que me ha hecho. Vengo de su casa de Arousa, he estado el fin de semana estudiando mi nuevo personaje porque me ha dado sus llaves. Ha sido él mismo el que no me ha permitido que me imponga, dándome mi lugar. Y sigue con la curiosidad intacta. Incluso por las ideas más opuestas a las suyas. Siento que somos familia.
Lucía Caraballo (Madrid, 27 años) es una joven veterana. La niña Lucía quería ser artista desde que recuerda. A los 8 años empezó a bailar y a actuar mientras tomaba clases y, de adolescente, fue youtubber y estrella infantil en Disney Chanel. Pero fue su participación en series como Estoy vivo, con Javier Gutiérrez, No me gusta conducir, con Juan Diego Botto y, sobre todo, Animal, junto a Luis Zahera, las que la han catapultado a la primera línea de jóvenes actrices de cine.
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