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Hace dos años uno de los periodistas más influyentes de Alemania, Wolfgang Münchau, publicó un ensayo sobre su país, titulado «Kaput: el final del milagro … alemán». Argumentaba que la fragilidad económica no era fruto de una crisis pasajera, sino que venía de muy atrás y se debía a una relación demasiado estrecha entre dirigentes políticos y empresariales dispuestos al proteccionismo. Asimismo, la dependencia externa del gas ruso y de la inversión en el mercado chino de sus empresas, como ha sido el caso del sector del automóvil, se habían revelado malas estrategias con el tiempo. Mientras tanto, no había habido inversión suficiente en tecnología digital, inteligencia artificial y ecosistemas de innovación. Tampoco se reaccionaba con rapidez ante un nuevo tiempo geopolítico, en el que Estados Unidos se convertían en una fuente de riesgos y la ambición global de China y la guerra de Ucrania obligaban a replantear muchas cosas.
Al diagnóstico de Münchau hay que sumar el ascenso meteórico de la AFD, el partido de extrema derecha, hoy a la cabeza en encuestas nacionales, una formación política que tiene en su punto de mira los consensos entre partidos moderados que integran las sucesivas coaliciones de gobierno.
La llegada al poder del conservador Friedrich Merz fue saludada por muchos como un rayo de esperanza. Frente a su archienemiga, Angela Merkel, parecía dispuesto a gobernar con brío y emprender reformas postergadas demasiado tiempo, que fortaleciesen la industria e hicieran sostenibles las políticas sociales. Había pasado muchos años en el sector privado y prometía eficacia y resultados. Sin embargo, Merz parece incapaz de hacer avanzar la agenda del gobierno de coalición. Sus dotes de comunicación son claramente mejorables. Es inoportuno y desabrido en sus declaraciones contra Trump y sumiso en sus encuentros con el presidente estadounidense.
En el plano europeo, Alemania no quiere aumentar el presupuesto comunitario para invertir de forma conjunta en capacidades de defensa. Prefiere utilizar el margen fiscal del que dispone en el desarrollo de su ejército, con compras de armamento estadounidense. El canciller no se entiende con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y sin que funcione el tándem franco-alemán es muy difícil que la Unión Europea haga los deberes en defensa y economía.
En el ámbito doméstico, Merz no dedica el tiempo suficiente a negociar con sus socios de gobierno ni tiene paciencia para forjar consensos. En el fondo, se le ha olvidado en qué consiste ser un político, alguien que practica el arte de lo posible y que, con suerte, convierte poco a poco sus objetivos incrementales en transformaciones positivas de su país.
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