Los ataques ucranianos contra su infraestructura energética han reducido en un 40% la producción de carburantes, y la escasez ha disparado los precios en la misma proporción Los ataques ucranianos contra su infraestructura energética han reducido en un 40% la producción de carburantes, y la escasez ha disparado los precios en la misma proporción
Rusia afronta una profunda y progresiva crisis de desabastecimiento de combustible que ha comenzado a causar estragos incluso en su capital, Moscú. Tras meses de … desgaste provocados por los incesantes ataques de drones ucranianos contra las infraestructuras críticas, el segundo productor mundial de petróleo se ve obligado a lidiar con colas kilométricas en las gasolineras y a imponer limitar la compra de carburante. Un problema que el propio presidente, Vladímir Putin, se ha visto forzado a reconocer públicamente. «Las dificultades con el combustible son temporales, están relacionadas también con el deseo del enemigo de frustrar la temporada de vacaciones en el sur de Rusia», ha aseverado el mandatario para tratar de restar gravedad a un escenario macroeconómico y social cada vez más inflamable.
La infraestructura energética ruso no pasa por su mejor momento a pesar de la ingente riqueza de hidrocarburos que alberga su subsuelo. Los datos bursátiles señalan que las ventas de combustible han disminuido un 40%, al mismo tiempo que el precio para el consumidor final ha subido un 40%. Para frenar la sangría y garantizar el suministro interno en el vasto territorio euroasiático, el Kremlin ha decretado la prohibición total de exportar gasolina, diésel y queroseno.
La principal causa de la situación son los ataques con drones de Kiev, que trata de ahogar la economía enemiga golpeando su infraestructura energética. En lo que va de año, las fuerzas ucranianas han atacado 16 grandes refinerías rusas; entre ellas, la estratégica planta de Kapotnya, ubicada en la periferia moscovita. El impacto ha mermado la capacidad de refinado nacional en un 40% y ha obligado a Moscú a importar crudo desde Estados aliados como Bielorrusia, India o Kazajistán. La dificultad añadida de esta nueva logística se suma a los estragos de cuatro años de guerra y las consecuentes sanciones internacionales, que hacen temblar las arcas del Estado eslavo. El Kremlin presupuesto que el barril de petróleo ruso alcanzaría los 59 dólares, sin embargo actualmente cotiza a 41. No solo la producción es menor, sino que su valor también ha disminuido.
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Durante años, el Gobierno ruso ha empleado todos los resortes a su alcance para anestesiar a la población civil y evitar que percibiera los efectos de una contienda que la censura oficial prohíbe denominar «guerra». Los estragos, sin embargo, son ya innegables. En las gasolineras de la capital es imposible repostar sin esperar antes en una larga cola. Los conductores moscovitas deben armarse de paciencia para llenar el depósito de sus vehículos, aunque la preocupación se extiende a prácticamente todas las regiones del país, incluidos los territorios ucranianos ahora bajo el control del Kremlin. Al menos 80 de las 86 federaciones que conforman la república padecen problemas en el suministro.
Colapso en Crimea
Pero la peor parte la sufre la anexionada península de Crimea. En este territorio, bajo control de Moscú, las existencias de gasolina son prácticamente nulas. La situación ha alterado las rutinas de la ciudadanía y la desesperación por conseguir combustible ha desencadenado incluso conflictos vecinales.
La falta de carburantes ha disparado los niveles de crispación social en las hileras de espera de toda la geografía rusa. El pasado 30 de junio, la tensión derivó en tragedia en San Petersburgo, donde un hombre apuñaló a otro conductor en mitad de una disputa mientras aguardaban ser atendidos. Escenas de histeria colectiva similares se reproducen en enclaves como Kaliningrado, donde tres mujeres protagonizaron una violenta trifulca que requirió la intervención de los empleados y de las fuerzas del orden para evitar males mayores.
El nerviosismo no solo emerge por el orden de llegada, sino por el férreo control de la información que impera en las provincias. En Yekaterimburgo, una ciudad ubicada en el centro-oeste de Rusia, un periodista local que intentaba retratar la crisis fue amenazado y agredido por exmercenarios de la organización paramilitar Grupo Wagner.
Al percatarse de que fotografiaba la hilera de vehículos, los dos hombres descendieron de su coche, lo sujetaron con violencia por la ropa y la mochila, y le propinaron un puñetazo en el pecho para arrebatarle el teléfono móvil. Tras obligarle a borrar el documento gráfico, le acusaron de espionaje a favor de Ucrania: «Por culpa de gente como tú los chicos están muriendo constantemente en el frente», le increparon. Pese a que solicitó el auxilio policial, las patrullas estatales no llegaron a personarse en el lugar de los hechos.
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