Moscú aumenta la letalidad de sus ataques ante la debilidad de Kiev para interceptar los misiles más potentes Moscú aumenta la letalidad de sus ataques ante la debilidad de Kiev para interceptar los misiles más potentes
La primera vez que Rusia utilizó uno de sus misiles más mortíferos contra Ucrania fue en noviembre de 2022, durante el primer año de la … guerra. Un cohete antibuque X-22 pulverizó un centro comercial en Kremenchuk. El ataque heló la sangre a los ucranianos y a Occidente. Un único impacto redujo a cenizas un complejo entero. Todavía hay una lista de empleados y clientes desaparecidos que se volatilizaron en la explosión.
Moscú demostraba así que, en caso de antojársele, podía desencadenar un pequeño infierno en la tierra con sólo apretar un gatillo, pese al enorme coste de cada misil, su producción limitada y el riesgo de que, si agotaba su reserva, sentenciaba también una de sus capacidades disuasorias frente a Europa, la OTAN y Estados Unidos. Algo parecido a lo que le sucede ahora a la Casa Blanca con los interceptores Patriot: los arsenales vacíos siempre merman la imagen de una potencia como amenaza.
Dos años más tarde. Noviembre de 2024. El Kremlin lanza desde Astracan un misil balístico intercontinental (ICBM) contra su vecino. Es un Oreshnik, un cohete hipersónico dotado de seis ojivas explosivas capaces de soltar otras seis submuniciones de racimo. Cae en Dnipropetrovsk, en el centro del territorio. Nueva devastación. «Que yo sepa, es la primera vez que se ha utilizado un MIRV en combate», explicó entonces asombrado Hans Kristensen, director del Proyecto de Información Nuclear en la Federación de Científicos Estadounidenses.
Sus palabras definían la auténtica envergadura de la acción.
En realidad, el objetivo de Moscú no es Dnipró, sino el planeta entero. Vladímir Putin, el presidente ruso, advierte con este cohete que el lanzamiento no representa un simple ataque a su rival sino un aviso de «carácter mundial» a los países aliados. El Oreshnik llega a a 5.500 kilómetros de distancia y lo mismo puede transportar 400 kilos de explosivos como una bomba nuclear. Putin deja claro que la demostración y la advertencia atómica representan la respuesta de su Gobierno al suministro de armas de largo alcance británicas y estadounidenses a los ucranianos durante los meses anteriores.
Llega 2026. Las reglas del juego han cambiado de nuevo. La guerra se ha vuelto predominantemente un combate aéreo. Mientras las tropas terrestres permanecen estancadas en la línea del frente y los movimientos de soldados son apenas perceptibles, Kiev bombardea Rusia con drones para golpear sus recursos económicos y Moscú responde con tremendas ofensivas sobre la población civil, solo que en su caso a los aviones no tripulados les suma decenas de misiles.
De una fábrica al estadio
Putin ha abierto la llave del armero. De la utilización selectiva de misiles altamente poderosos como elementos de disuasión, el Kremlin ha pasado a recurrir a ellos como armas de destrucción masiva naturales en una invasión que se alarga demasiado para las expectativas rusas. Ahora no hay límites. Ya se trate de proyectiles de corto alcance, antibuques o hipersónicos, todo vale para regar Ucrania con sangre.
Kiev se ha quedado sin interceptores efectivos para detener los ataques y Moscú aprovecha esa debilidad para arrasar la capital y todo lo que encuentra en su camino. El peligro, según algunos expertos occidentales, es que el Kremlin parece haber entrado en una especie de delirio por la devastación absoluta. Un túnel de fuego. En el último mes ha asesinado a 400 personas y herido a más de un millar. Ni una sola de las víctimas ha sido en el frente. Todas han caído en las poblaciones.
El ejemplo perfecto de esta locura pudo apreciarse el viernes. En un solo día. Rusia voló la factoría Kyiv-11 Fire Point, donde la empresa de defensa ucraniana desarrolla sus misiles de crucero Flamingo, dejó tres muertos –entre ellos un niño– en el distrito residencial de Brovary y destrozó el estadio de fútbol de Chornomorets, en Odesa, justo el día antes de un partido de la Premier League nacional. El estadio tenía capacidad para 34.000 espectadores. «Rusia sigue buscando aterrorizar a la población civil sin freno alguno», denuncia el gobernador regional Tymur Tkachenko.
Los dos países fabrican cada vez más armas aéreas avanzadas con la esperanza de doblegar a su enemigo. Pero Rusia, sin limitación de licencias –al revés de lo que le sucede a Zelenski con los Patriot– y una economía de guerra en pleno funcionamiento, produce más unidades. Moscú puede disparar entre 100 y 120 misiles al mes. Fabrica el doble de proyectiles respecto a los Patriot que monta Estados Unidos. Si se estima que para derribar un cohete ruso se necesitan unos tres interceptores estadounidenses, es fácil deducir el motivo de que apenas queden reservas en los países aliados después de más de cuatro años de guerra. Y lo que hay, se guarda celosamente. Alemania y la propia Ucrania intentan revertir esa situación con la apertura de cadenas de producción de interceptores, pero en el mejor de los casos se tardará un año en el montaje en serie.
Al menos 195 misiles balísticos entraron en el espacio aéreo de la exrepública soviética en julio, un mes récord en bombardeos, solo superado por la lluvia de fuego aéreo que los ucranianos soportaron en abril de 2022. Las defensas solo pudieron neutralizar 29 en pleno vuelo. Los demás cumplieron su letal cometido. Un mes antes, las regiones de Kiev y Liyv fueron atacadas en una sola jornada con cuatro misiles antibuque, nueve balísticos, 61 de crucero y cerca de 300 drones. Y el pasado miércoles, al menos 17 personas murieron en la capital ucraniana en un bombardeo que incluyó 24 misiles balísticos y cuatro hipersónicos.
Todas estas acciones muestran cómo Moscú planfica minuciosamente sus zarpazos. El ejército utiliza cientos de drones como señuelo. Cuando saturan las defensas, envía una combinacion de misiles de diferente alcance capaces de cruzar todo el país y explotar en Járkov, Odesa, Kiev e incluso en la lejana Leópolis (o en Polonia, como sucedió hace unos días).
Uno de los preferidos de los artilleros es el Kh-101. Funcional como asesino silencioso. Viaja entre 30 y 70 metros sobre el suelo, lo que dificulta que los sistemas de radar lo detecten. Al Kremlin le gusta porque puede dispararse desde bombarderos que vuelan a una gran distancia del objetivo, lo que reduce los riesgos de derribo. Algo similar sucede con el Kalibr. Su seguridad de tiro es primodial. Corbetas, fragatas y submarinos están equipados con lanzaderas que los disparan desde el mar Negro. Se trata de un misil antibuque que fue desplegado por primera vez contra las milicias en Siria hace diez años y al que el ejército ha encontrado ahora un segundo uso como asesino de masas en las ciudades ucranianas.
Más rápidos que las alarmas
La radiografía la completan los proyeciles balísticos intercontinentales. Moscú sabe que con éstos la destrucción y el miedo están asegurados. Son rápidos. El supersónico Iskander se desplaza a seis o siete veces la velocidad del sonido, El Kinzhal, diez. A menudo, las sirenas antiaéreas que alertan de su llegada suenan en Kiev cuando los primeros proyectiles ya están reventando en las calles. La suma de todo el arsenal ruso, desde los drones al Zirkon o el Oreshnik, convierten en un infierno inimaginable las madrugadas de Ucrania.
El fuego suele concentrarse en las avenidas –que amplifican el efecto de la onda expansiva y la destrucción–, y los edificios residenciales, En los últimos meses se ha vuelto habitual que los rusos bombardeen también de día para sorprender a los ciudadanos que salen de los refugios antiaéreos o se dirigen al trabajo o hacer las compras. Expertos en estrategia afirman que estos ataques masivos aumentan la presión sobre los defensores, conscientes de que cada misil que pasa de largo es candidato a causar una matanza. Tal inquietud les impele además a gastar cantidades más elevadas de munición antiaérea.
El Gobierno de Volodímir Zelenski ha comenzado a desarrollar un sistema antibalístico de bajo coste llamado Freya, en el que participan nueve países europeos y que intenta reducir la dependencia sobre los Patriot. Lo malo es que no existe una fecha de su materialización. Por su parte, el Reino Unido acaba de abrir esta semana otro frente mediante sanciones a empresas que colaboran con la industria militar rusa. La misión es cortar el suministro de tantalio y niobio, dos elementos fundamentales en la fabricación de los misiles de última generación que se aplican al desarrollo de tecnología de guiado, cabezas explosivas y los motores y escudos térmico de los misiles hipersónicos.
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