Hay años en los que el Foro de Sintra sirve para anticipar el próximo movimiento de los tipos. Este no ha sido uno de ellos. La reunión anual del Banco Central Europeo ha dejado otra impresión: el relevo entre dos formas de entender la banca central y, en el fondo, entre dos mundos económicos cada vez menos parecidos. Lagarde y Warsh han compartido escenario, pero representan momentos opuestos. La presidenta del BCE encara el final de una etapa. Aunque su mandato concluye en 2027, el debate sobre su sucesión ya ha comenzado y no faltan quienes especulan con una salida anticipada, antes de las elecciones francesas de ese año, para que Macron y Merz impulsen un sucesor antes de que Le Pen pueda decidirlo. Su legado está ligado a las grandes crisis recientes: la pandemia, el repunte de la inflación, la guerra en Ucrania y las tensiones energéticas. Ha presidido un banco obligado a reaccionar más que a planificar.
Sintra ha mostrado el final de una época en la que los grandes bancos centrales caminaban en paralelo. Esa divergencia no es un accidente, es el reflejo de una economía mundial que vuelve a fragmentarse
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Sintra ha mostrado el final de una época en la que los grandes bancos centrales caminaban en paralelo. Esa divergencia no es un accidente, es el reflejo de una economía mundial que vuelve a fragmentarse
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Hay años en los que el Foro de Sintra sirve para anticipar el próximo movimiento de los tipos. Este no ha sido uno de ellos. La reunión anual del Banco Central Europeo ha dejado otra impresión: el relevo entre dos formas de entender la banca central y, en el fondo, entre dos mundos económicos cada vez menos parecidos. Lagarde y Warsh han compartido escenario, pero representan momentos opuestos. La presidenta del BCE encara el final de una etapa. Aunque su mandato concluye en 2027, el debate sobre su sucesión ya ha comenzado y no faltan quienes especulan con una salida anticipada, antes de las elecciones francesas de ese año, para que Macron y Merz impulsen un sucesor antes de que Le Pen pueda decidirlo. Su legado está ligado a las grandes crisis recientes: la pandemia, el repunte de la inflación, la guerra en Ucrania y las tensiones energéticas. Ha presidido un banco obligado a reaccionar más que a planificar.
Warsh, por el contrario, acaba de llegar a la Reserva Federal. No tiene un legado que defender, sino uno que construir. Su estreno en Sintra ha simbolizado el comienzo de una nueva etapa para la institución monetaria más influyente del mundo. El verdadero contraste, sin embargo, no está en sus trayectorias personales, sino en las economías que representan. Estados Unidos mantiene tipos más elevados porque su crecimiento muestra una fortaleza que Europa no logra igualar y porque la inflación sigue siendo un riesgo. La eurozona afronta otra realidad. Crecimiento débil, productividad insuficiente y mayor exposición a los shocks energéticos y geopolíticos. Esa divergencia complica la labor de los bancos centrales, ya que la inflación ya no depende solo de la demanda o el empleo, sino de la geopolítica, la energía, las tensiones comerciales, las cadenas de suministro y el impacto de la inteligencia artificial sobre la productividad. Se les sigue exigiendo estabilizar la economía, pero controlan una parte cada vez menor de las fuerzas que la determinan.
Curiosamente, mientras en Sintra se debatía sobre tokenización e inteligencia artificial, en Tokio el yen escribía su propia crónica: más de 162 unidades por dólar, su nivel más débil desde 1986, pese a que el Banco de Japón ha elevado los tipos hasta el 1%, máximo desde 1995. La moneda no ha dado tregua. El hombre que mejor podía explicar esa paradoja, el gobernador Kazuo Ueda, ni siquiera estaba en la sala. Su ausencia, en un foro que se llenó la boca de estabilidad, fue quizá el silencio más elocuente de Sintra. A veces la crisis más aguda es la que no se sienta a la mesa.
En suma, más que un debate sobre décimas arriba o abajo en los tipos, Sintra ha mostrado el final de una época en la que los grandes bancos centrales caminaban en paralelo. Los guardianes del dinero siguen el mismo objetivo, la estabilidad financiera y de precios, pero recorren caminos cada vez más distintos para alcanzarla. Esa divergencia no es un accidente, es el reflejo de una economía mundial que vuelve a fragmentarse.
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