Ulises llega cuando quiere

Oigo Me gustas tú, de Manu Chao, mientras veo desfilar imágenes mudas del Mundial, las del hipnótico remo vikingo de Noruega. Y no sé, pero de pronto, inspirado por el estribillo del Me gustas tú pasa a gustarme todo: las celebraciones del hermano menor de Lamine Yamal, el implacable entramado paraguayo, la belleza de Infantino, una montaña y Malasaña, y hasta una castaña. Y me pregunto si La Odisea, el esperado filme de Christopher Nolan, no será en realidad una gran pausa de hidratación.

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 Siempre quedará el hombre ordinario y la dignidad de lo cotidiano, el saber sumergirse en las cosas comunes para darles un sentido  

Oigo Me gustas tú, de Manu Chao, mientras veo desfilar imágenes mudas del Mundial, las del hipnótico remo vikingo de Noruega. Y no sé, pero de pronto, inspirado por el estribillo del Me gustas tú pasa a gustarme todo: las celebraciones del hermano menor de Lamine Yamal, el implacable entramado paraguayo, la belleza de Infantino, una montaña y Malasaña, y hasta una castaña. Y me pregunto si La Odisea, el esperado filme de Christopher Nolan, no será en realidad una gran pausa de hidratación.

Como está claro que durante un rato va a seguirme gustando todo, recuerdo que siempre aspiré a vivir el primer “día logrado” de mi vida. No desprecio la idea de probar a vivirlo hoy, y me lanzo a ello, sabiendo que no debo confundirlo con un feliz y tontorrón día perfecto, que es algo bien diferente, pues el día logrado —concepto creado y casi patentado por Peter Handke— tiene que ser siempre peligroso, lleno de obstáculos, de angosturas, de emboscadas: un día en el que uno se expone, en el que se balancea sobre el mar, algo comparable a los días de Ulises en su regreso a casa.

Pasan las horas y la contagiosa letra de Manu Chao sigue creándome la sensación de que, cuando llegue el fin del mundo y no sean ya las once en punto en Managua, su canción estará todavía ahí: “¿Qué voy a hacer? Je ne sais pas / je ne sais plus”.

¿Qué haré? Puede que volcarme en lo que mueve la curiosidad del joyceano Jordi Soler, caballero de la Orden del Finnegans, en su reciente ensayo de bolsillo Svalbard (Siruela): “Cuando llegue el fin del mundo y se extingan las fuentes de energía y la Red quede desactivada ¿de qué van a servirnos la inteligencia artificial y sus subproductos?”.

Sí, ¿de qué van a servirnos? Siempre quedará, nos dice el propio Soler, la inteligencia ordinaria, ese patrimonio extraordinario de la especie del que se sirvió ya el primer hombre que consiguió domesticar el fuego. Siempre quedará el hombre ordinario y la dignidad de lo cotidiano, el saber sumergirse en las cosas comunes para darles un sentido y descubrir la poesía de lo que no se ve, describir lo que no está descrito, ocuparse de lo que pasa cuando no pasa nada.

Entonces, para vivir mi primer día logrado, me dejo llevar por el libro de Jordi Soler hasta el archipiélago de Svalbard, en Noruega, a más de mil kilómetros del polo norte, allí donde hay un enorme depósito de semillas. Un búnker en el que se conservan un millón de variedades de seis mil especies distintas, que provienen de todos los rincones de la tierra.

Hacia Svalbard voy y, cuando cae la noche y apenas ya me queda tiempo para seguir aspirando al día logrado, me entra una imagen nocturna: la de un solitario encapuchado, remando en una canoa vikinga en dirección al bunker noruego, viajando en busca de esas simientes que, como último y aterrado superviviente, le permitan recomenzar la historia del mundo.

Ulises llega cuando quiere. Lo sé. Pero el encapuchado que hay en mí ya está llegando y cerrará su primer “día logrado” del mejor modo posible: recomenzando la historia del mundo.

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