Fatima Daas, escritora: “Salir del armario se ha convertido en una obligación que no comparto”

La escritora Fatima Daas, a finales de junio en un bar de su barrio, en Aubervilliers, localidad de las afueras de París.

La escritora Fatima Daas (Saint-Germain-en-Laye, Francia, 30 años) irrumpió en 2020 con La hija pequeña, un relato sobre su juventud como lesbiana, musulmana e hija de inmigrantes argelinos criada en la periferia de París, adaptado recientemente al cine. Ahora publica Jugar el juego (Cabaret Voltaire), una novela sobre una adolescente brillante a quien prometen el acceso a un centro académico de élite. Con esta segunda novela, Daas cuestiona las trampas de la meritocracia y el espejismo de la integración para los hijos de inmigrantes en una sociedad que parece biempensante, pero no deja de ser racista.

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Fatima Daas, autora de 'La hija pequeña' y 'Jugar el juego', a finales de junio en Aubervilliers, en las afueras de París. Descubierta con ‘La hija pequeña’, donde se afirmaba como lesbiana y musulmana, la escritora francesa publica ‘Jugar el juego’, que desmonta las trampas de la meritocracia y la integración para los hijos de inmigrantes  

La escritora Fatima Daas (Saint-Germain-en-Laye, Francia, 30 años) irrumpió en 2020 con La hija pequeña, un relato sobre su juventud como lesbiana, musulmana e hija de inmigrantes argelinos criada en la periferia de París, adaptado recientemente al cine. Ahora publica Jugar el juego (Cabaret Voltaire), una novela sobre una adolescente brillante a quien prometen el acceso a un centro académico de élite. Con esta segunda novela, Daas cuestiona las trampas de la meritocracia y el espejismo de la integración para los hijos de inmigrantes en una sociedad que parece biempensante, pero no deja de ser racista.

Pregunta. En el libro cita a Marguerite Duras: “Escribir es gritar sin ruido”. ¿Por eso escribe?

Respuesta. Leí esa frase en el instituto y me impactó. Escribir me permite decir cosas que no siempre se quieren oír. Es un grito, sí, pero no solo de rabia: también hay contención y pudor. Parece que no haga mucho ruido, pero no deja de ser un alarido.

P. Ese pudor marca su forma de escribir y de vivir.

R. La oralidad no es el registro en el que me siento más cómoda. Escribir me permite explorar la tensión entre decir y no decir, entre mostrar algo y reservar una parte para mí. De joven, nunca llegué a casa y le anuncié a mi madre: “¿Sabes qué? Soy lesbiana”. En un espacio queer, en cambio, es una palabra que pronuncio sin dificultad. El lenguaje cambia según dónde estés.

P. ¿Y esta adaptación constante no resulta un poco esquizofrénica?

R. No usaría ese término. Es una forma de navegar en un mundo hostil cuando estás en el cruce entre varias discriminaciones. Adaptarse no significa escindirse: hay distintas maneras de decir, de callar y de encontrar las palabras justas según quién se tiene delante. También es una cuestión de respeto hacia quien escucha, de no imponerles tu lenguaje. Nadie es la misma persona según dónde esté, según cómo le miren y según los riesgos que corra.

P. Tiene pareja y una hija. ¿Sigue funcionando ese equilibrio?

R. Sí. No escondo a mi hija ni a mi pareja. Todo está ahí y todo se sabe. No ha habido una gran conversación solemne, pero tampoco una ocultación. Mi madre trata a mi hija como a su nieta y a mi mujer como a su nuera. Eso me basta. No necesito que me diga que está orgullosa de que sea lesbiana. Hay una aceptación que se expresa de otras formas. Salir del armario se ha convertido, a veces, en una obligación. No lo comparto. No niego que haya personas que lo necesiten, pero no es la única forma válida de vivir tu sexualidad.

P. La hija pequeña la convirtió muy joven en un símbolo. ¿Qué coste tuvo?

R. Fue muy violento. Me transformaron en un estandarte: se suponía que debía representar a las personas LGTBIQ, no blancas, musulmanas y de los suburbios. De repente, todo lo que dices se interpreta como si fueras portavoz de una multitud. Eso presupone que no tenemos individualidad, como si todos pensáramos igual. Se habló menos de mi escritura que de teología. Me sentí muy incomprendida y obligada a ser siempre perfecta.

P. Querían que actuara como una hija agradecida de la República.

R. Sí, esperaban que fuera la típica chica de suburbio pobre que triunfa gracias a la meritocracia francesa. Me decían: “Este libro no habría podido publicarse en Argelia, ¿verdad?”. Fue bastante atroz. O me preguntaban si, al volver al barrio donde crecí, la gente me agredía por haber publicado ese libro, en el que hablaba de una homofobia que, en realidad, existe en muchos otros sitios, incluidos los barrios burgueses. Se espera que, al triunfar, rompas con tu familia, tus amigos y tu vida anterior. Yo no quise.

P. No parece casual que su segunda novela desmonte ese relato tan clásico de la alumna excepcional que logra salir del barrio.

R. Detrás de las buenas intenciones de algunos profesores está la figura del salvador blanco que llega a los barrios populares para rescatar a los jóvenes. Una profesora se fija en ella y le promete un futuro brillante. Pero, detrás de esas historias individuales, hay una trampa. El mensaje es: “Si esa chica ha podido, todos pueden”. Así se ocultan las discriminaciones estructurales. Quería explorar formas de emancipación que no pasan por la aprobación de las instituciones y la mirada blanca.

P. ¿Tuvo una profesora como la de su libro?

R. No exactamente como en la novela, pero hubo alguna. En las escuelas vi una relación de autoridad enorme, como si hubiera que domarnos, como si fuéramos animales que adiestrar. Hay docentes atrapados en un sistema que los violenta, pero que también ejercen la violencia sin darse cuenta.

P. ¿Por qué cree que su primer libro fue mejor recibido que el segundo?

R. Existía una expectativa sobre mi persona. Se esperaba que dijera: “Me emancipé del islam, lo he dejado atrás”. Y en lugar de eso, dije: “Es mi religión y estoy orgullosa de ella”. Eso no encajaba en el relato. También hay mucha resistencia a cuestionar la escuela. Con La hija pequeña me invitaron a mil institutos: se suponía que podía ayudar a los chicos racializados de los barrios a no ser homófobos. Con este libro, que cuestiona el sistema educativo, no me han invitado a hablar en ningún sitio. Qué casualidad…

P. En Jugar el juego hay una crítica muy fuerte a la discriminación positiva. Más que como una reparación, usted la ve como forma de calmar la mala conciencia sin cambiar las reglas del juego.

R. Se utiliza para camuflar los problemas reales. Cogemos a una mujer, una persona negra y otra árabe para que salgan en la foto, o a una lesbiana y un trans, y ya hemos hecho nuestro trabajo. Todo puede seguir igual. Pero eso no resuelve nada, es un cambio cosmético que no modifica la estructura que produce la desigualdad. Por otra parte, ¿qué pasa después con ese alumno que va a una escuela prestigiosa? Se encuentra rodeado de gente con una gran seguridad económica, capital cultural, varias casas y redes familiares de influencia. Pasará cinco años estudiando en un lugar donde el desfase es enorme. Nadie habla de eso.

“Se vive muy bien sin poder. Cuanto menos tenga, mejor. Prefiero dormir tranquila por las noches”

P. ¿Por qué algunos aceptan ese sistema?

R. Para hacer carrera y entrar en una clase social determinada hay que ser maleable: permitir que quienes dominan te acepten. Y eso puede implicar renegar de una parte de lo que eres o de dónde vienes. Yo me aferro a mi integridad. Si mañana no me dejan publicar nada más, no pasa nada: haré otra cosa. Todo el mundo quiere tener poder, pero se vive muy bien sin él. Cuanto menos poder tenga, mejor. Prefiero dormir tranquila por las noches y estar bien con mi conciencia.

P. En 2027 se celebrarán elecciones presidenciales en su país. ¿Una Francia de extrema derecha arrastraría a Europa?

R. Temo una Francia fascista. Tengo miedo. Veo una segregación creciente, una clasificación cada vez más agresiva de las personas. Se restringen derechos individuales y colectivos, sobre todo los de la comunidad musulmana, que ya vive bajo vigilancia. Me pregunto qué estamos haciendo colectivamente y cómo hemos llegado hasta aquí. Ojalá haya una reacción, sueño con ella, pero no le niego que estoy muy preocupada.

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