Los ejercicios aplican esta medida por primera vez para preparar a la población ante una hipotética invasión china Los ejercicios aplican esta medida por primera vez para preparar a la población ante una hipotética invasión china
La resistencia taiwanesa ante la constante amenaza china toma hoy las armas, aunque solo a modo de simulacro. El territorio ha iniciado este miércoles el … Han Kuang, sus maniobras militares anuales, las cuales en esta ocasión han aumentado su exigencia hasta incluir por primera vez restricciones de internet para la ciudadanía.
Estos ejercicios se celebran desde 1984 y movilizan al Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, además de reservistas y, cada vez más, organismos civiles para examinar su reacción ante una invasión ficticia. A lo largo de los próximos diez días, más de 20.000 soldados, cazas y unidades navales participarán en la operación.
Dadas las críticas recurrentes por exceso de guionización, el ministerio de Defensa ha tratado estos últimos años de plantear escenarios más realistas, incrementando la autonomía de los mandos sobre el terreno e involucrando también a la población en general.
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En esta ocasión, por ejemplo, las autoridades han reducido la velocidad de internet y han aplicado restricciones temporales para evaluar los procesos de comunicación de la sociedad ante una hipotética ofensiva que dejara la red fuera de servicio.
Este ensayo se ha producido en catorce ciudades y condados, entre ellos la capital, Taipéi, de 14:30 a 15:00 (hora local), según advirtió en días previos la Comisión Nacional de Comunicaciones, que también instó a los residentes a familiarizarse con los principios básicos de actuación en caso de ataque aéreo y la localización de los refugios más cercanos.
Incógnita estadounidense
Las maniobras iniciadas hoy pretenden mejorar la capacidad de reacción frente a un ataque sorpresa, ante la posibilidad de que la acometida pretenda paralizar los centros de mando, los puertos y la industria militar, así como la red logística interna y externa. Para ello, los participantes acometerán el traslado de arsenales, la movilización de fábricas y operaciones defensivas frente a la costa.
La identidad del adversario es la única instrucción que no hace falta verbalizar. China considera a Taiwán, democracia independiente de facto, una región rebelde a la que nunca ha renunciado a someter por la fuerza. En los últimos años ha incrementado la presión mediante ejercicios militares recurrentes para ensayar, por su parte, el bloqueo naval que acompañaría a un asalto anfibio a la isla.
Ante este escenario, largo tiempo temido, la resistencia taiwanesa depende en gran medida de la involucración de Estados Unidos. El país mantiene el compromiso de apoyar al territorio, aunque la naturaleza exacta de esa asistencia en caso de invasión constituye una incógnita deliberada, conocida como «ambigüedad estratégica».
Durante la visita de Donald Trump a China el pasado mes de mayo, la primera de un presidente estadounidense en nueve años, Xi ya advirtió que «la cuestión de Taiwán es el asunto más importante en las relaciones entre China y Estados Unidos», el cual debe «ser manejado adecuadamente» o, de lo contrario, «habrá choques e incluso conflictos».
El líder chino también explicitó su pretensión al asegurar, con una frase recurrente de la propaganda oficial, que «la independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua».
Trump, sin embargo, tensionó la situación con gestos disruptivos en ambas direcciones, en referencia a un envío de armas al territorio por valor de 14.000 millones de dólares (12.000 millones de euros), el mayor de la historia, pendiente de confirmación.
Primero aseguró haber comentado la cuestión con Xi «en gran detalle», una negociación que vulneraría las Seis Garantías ofrecidas por el presidente Ronald Reagan a Taiwán en 1982.
Acto seguido, mostró su disposición a hablar con William Lai Ching-te, el presidente del territorio. Semejante conversación no tendría precedentes desde que en 1979, bajo el mandato de Jimmy Carter, EE UU abandonó todo contacto oficial con la República de China, con capital en Taipéi, para establecer relaciones diplomáticas con la República Popular China, con capital en Pekín; una distinción más combatida que nunca.
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