La relación entre alcohol y violencia está ampliamente documentada. Algunos estudios estiman que entre el 30 y el 50% de las agresiones y homicidios son perpetrados por alguien en cierto grado de embriaguez. Pero un estudio publicado este miércoles en la revista Criminology señala que esta relación podría debilitarse de una forma inesperada: con Ozempic. El estudio es poblacional, se realizó con una muestra de 821 adultos y no permite hablar de efectos directos sobre la criminalidad. Pero da ciertas pistas sobre la forma en que la violencia toma forma en nuestro cerebro. Y sobre cómo podríamos controlarla.
Un estudio poblacional señala que la relación entre impulsividad, alcohol y violencia se reduce hasta un 62% entre usuarios de estos fármacos
La relación entre alcohol y violencia está ampliamente documentada. Algunos estudios estiman que entre el 30 y el 50% de las agresiones y homicidios son perpetrados por alguien en cierto grado de embriaguez. Pero un estudio publicado este miércoles en la revista Criminology señala que esta relación podría debilitarse de una forma inesperada: con Ozempic. El estudio es poblacional, se realizó con una muestra de 821 adultos y no permite hablar de efectos directos sobre la criminalidad. Pero da ciertas pistas sobre la forma en que la violencia toma forma en nuestro cerebro. Y sobre cómo podríamos controlarla.
La relación entre Ozempic (un medicamento pensado para tratar la diabetes tipo 2) y criminalidad puede parecer, cuanto menos, estrambótica. Pero viendo la forma en la que esta familia de fármacos actúa en nuestro cerebro, tiene cierto sentido. “Cada vez hay más evidencia de que estos medicamentos pueden afectar procesos como el deseo compulsivo, la sensibilidad a la recompensa, la regulación del estrés y el control de los impulsos”, explica Daniel C. Semenza, criminólogo de la Universidad de Rutgers, Estados Unidos, y autor principal del estudio. Estos procesos también son relevantes para algunas formas de comportamiento violento.
Semenza y su equipo analizaron datos de una encuesta de 821 adultos que habían usado medicamentos GLP-1. Encontraron que la impulsividad y el consumo de alcohol se asociaban con la comisión de delitos violentos. Y que estas asociaciones eran significativamente más débiles entre los usuarios de agonistas del receptor de GLP-1. La relación entre impulsividad y violencia se redujo en torno a un 62%. En el caso del alcohol, disminuyó en torno al 52%. Por lo tanto, incluso cuando un usuario de estos medicamentos bebe o actúa impulsivamente, es menos probable que la situación derive en un delito violento. El estudio no demuestra que los medicamentos GLP-1 reduzcan la violencia. “La interpretación más simple es que debilitan la transición entre el impulso y la acción, no que eliminen la impulsividad”, señala Semenza.
Los agonistas del receptor GLP‑1 imitan una hormona que regula el apetito. Actúan sobre el intestino, pero también sobre el cerebro. Y es ahí donde se abre un abanico de posibles efectos secundarios sobre nuestro comportamiento. “Este estudio no demuestra que los GLP-1 reduzcan la violencia”, explica el endocrino Cristóbal Morales. “Pero sí refuerza una idea cada vez más sólida: estos tratamientos actúan sobre circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, las adicciones y el control de impulsos”. Van mucho más allá de la pérdida de peso.
El metaanálisis más completo sobre alcohol y violencia, publicado en The Lancet, se basó en datos de unos 830.000 individuos de 61 países. Concluyó que cerca de uno de cada seis casos de lesiones por violencia podría evitarse sin esta droga. “El alcohol reduce inhibiciones, empeora la percepción del riesgo y aumenta la impulsividad”, explica Francisco Pérez, criminólogo de la Universidad Camilo José Cela. “Funciona como un desinhibidor farmacológico”.
La relación entre alcohol y violencia es, pues, conocida. También la que se da entre los fármacos adelgazantes y las bebidas. Por eso, hay quienes han unido los puntos y han pedido que alguien termine el dibujo. En un reciente artículo publicado en Substack, John Roman, profesor de Derecho en la Universidad de Chicago, lamentaba que en el debate público sobre si se debe o no financiar este tipo de fármacos no se tuviera en cuenta el efecto que podrían tener sobre la criminalidad. Lo hacía con un titular llamativo: “La medicina puede reducir el crimen”.
Pérez es mucho más prudente en sus conclusiones. Valora positivamente el estudio y, sobre todo, recuerda lo básico: que Ozempic y similares hacen que el paciente disminuya su consumo de alcohol. “Si bajas el consumo, bajas las conductas vinculadas al consumo. Eso tiene lógica”, explica. Pero advierte del salto que supone extender esa idea a una relación directa con la criminalidad. El delito depende de la interacción de múltiples factores: impulsividad, pero también oportunidad, entorno o control social. En ese esquema, un medicamento actuaría solo sobre una parte. “Somos seres psicosociales complejos, sometidos a interacciones entre fisiología y entorno”, explica. “No somos solo fisiológicos. No somos químicamente controlables”.
El autor del estudio se muestra de acuerdo con esta interpretación. “La violencia está influenciada por la pobreza, el trauma, la desigualdad, el entorno social y muchos otros factores”, argumenta. “Los medicamentos no pueden reemplazar las estrategias de prevención estructurales. Pero a medida que su uso se generaliza, necesitamos comprender sus efectos conductuales más amplios. Esto va más allá de sus efectos sobre el peso y la diabetes”.
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