Menos fuegos, más megaincendios: así está desbordando el clima extremo la lucha contra las llamas en España y Francia

Solo en julio, unas 150.000 hectáreas se han visto afectadas por los incendios forestales en España. En la última década, estas cifras se han visto superadas únicamente en 2022, que acabó el año con más de 300.000 hectáreas afectadas, aunque el año pasado tiene por ahora el récord, rozando las 400.000. Por eso cuesta asimilar una paradoja: desde los años ochenta, el número de fuegos en nuestro país no ha parado de descender. Y la tendencia es igual en todo el sur de Europa, con un 40% menos al año en la última década respecto al periodo 1981-2010. Los expertos aseguran que la lucha contra los incendios ha mejorado con el tiempo, pero ahí radica la paradoja; la biomasa que no arde tiende a acumularse y, cuando este combustible quema, lo hace con una fiereza inusual, incentivada por unas condiciones meteorológicas extremas que el cambio climático está intensificando.

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 Un estudio muestra cómo se han multiplicado desde los 80 los días en los que las temperaturas, la sequía y el viento propician eventos catastróficos en el sur de Europa  

Solo en julio, unas 150.000 hectáreas se han visto afectadas por los incendios forestales en España. En la última década, estas cifras se han visto superadas únicamente en 2022, que acabó el año con más de 300.000 hectáreas afectadas, aunque el año pasado tiene por ahora el récord, rozando las 400.000. Por eso cuesta asimilar una paradoja: desde los años ochenta, el número de fuegos en nuestro país no ha parado de descender. Y la tendencia es igual en todo el sur de Europa, con un 40% menos al año en la última década respecto al periodo 1981-2010. Los expertos aseguran que la lucha contra los incendios ha mejorado con el tiempo, pero ahí radica la paradoja; la biomasa que no arde tiende a acumularse y, cuando este combustible quema, lo hace con una fiereza inusual, incentivada por unas condiciones meteorológicas extremas que el cambio climático está intensificando.

El aumento de las temperaturas, de los periodos de sequía y del viento en época estival están propiciando el escenario de fuegos extremos de las últimas décadas en el sur de Europa. En algunas áreas de España y Francia, la intensidad de estas circunstancias se ha incrementado hasta un 50% entre 2016 y 2025 comparado con el periodo 1981-2010; y han llegado a darse en 25 días del verano, comparado con una media de 10 en el periodo anterior. Estos son los datos de un nuevo estudio publicado en Nature Scientific Reports, que alerta de que las medidas que hasta ahora se emplean contra los incendios forestales no sirven en la era de los megaincendios.

“Las herramientas con las que contamos para gestionar el fuego ya no son suficientes ante la magnitud del desafío”, declara Raúl Cordero, uno de los autores del artículo. El climatólogo de la Universidad de Groningen (Países Bajos) considera un logro haber reducido tanto el número de incendios como el área quemada, casi a la mitad en promedio, desde la década de los 80 “cuando en paralelo el cambio climático ha ido empeorando las condiciones meteorológicas que dificultan el combate del fuego”.

Sin embargo, Cordero advierte que a partir de 2018 se ha observado un cambio en la tendencia y el área quemada, tanto en España como en el conjunto del sur europeo, vuelve a crecer. “Parece una cuestión de tiempo que caigan los récords de hectáreas quemadas en los 80”, lamenta el climatólogo. Sus conclusiones se basan en tendencias que han observado al comparar la década más reciente, 2016-2025, con un periodo largo representativo del pasado, 1981-2010. Pero matiza que “el índice de incendios ha ido creciendo sin pausa durante las últimas décadas”.

Temperaturas y fuegos de récord en la península Ibérica

El índice de incendios que emplean (FWI por las siglas en inglés de fire weather index) es una medida del riesgo de incendios que combina temperatura, precipitaciones, viento y humedad del combustible en un territorio. Los investigadores han observado una intensificación progresiva del FWI en el sur de Europa, especialmente en la pasada década, que en zonas de Francia y España ha llegado a aumentar en verano un 50% respecto al periodo 1981-2010, con sequías recurrentes y veranos cada vez más cálidos.

Como los investigadores desgranan en el artículo, la tendencia de calor y sequía lleva años batiendo récords en la península Ibérica. Seis de las diez anomalías positivas de temperatura ocurrieron en la pasada década y en 20 de los últimos 25 años ha habido déficit de lluvias estivales, con el verano de 2025 entre los más secos de los últimos 50 años. Todo esto, junto con el abundante combustible que se acumuló tras una primavera especialmente húmeda, es para los autores el escenario que propició los dramáticos incendios del noroeste de España el año pasado. Mientras vivíamos el verano más caluroso desde que se tienen registros, España y Portugal sumaron en 2025 el 80% del área que ardió en todo el sur de Europa.

En el artículo destacan las temporadas de incendios de 2022 y 2025 en España como ejemplo de que las condiciones climáticas extremas están empezando a superar la capacidad de los sistemas de extinción existentes. Y añaden que lo están haciendo mucho antes de lo previsto y que se espera que la presión climática llegue a multiplicar por diez los incendios extremos en Europa en este siglo.

El influjo de las grandes (y alteradas) oscilaciones atmosféricas

El estudio también busca correlaciones entre el creciente ambiente incendiario de nuestras latitudes y las grandes circulaciones atmosféricas que rigen las variaciones meteorológicas de nuestras estaciones. “Nuestro estudio confirma que el riesgo de incendios suele empeorar en España cuando el índice de la oscilación del Atlántico norte (NAO, por sus siglas en inglés) está en valores negativos, que, desgraciadamente, es la situación actual“, resume Cordero.

En pocas palabras, la NAO es un patrón de presiones atmosféricas que oscilan entre el Atlántico norte y las Azores, y que determina la humedad que entra por Europa occidental a lo largo del año. Cuando la diferencia de presiones entre ambas regiones es alta, llegan por el oeste vientos más fuertes y húmedos que alimenta las precipitaciones. Por el contrario, cuando la NAO se debilita, el viento es menor y los autores de este estudio han visto que se correlaciona con un riesgo de incendios mayor por la falta de precipitaciones. Alberto Redondas, científico de la Aemet y otro de los autores del estudio, explica que “con la NAO negativa, hay un bloqueo atmosférico que aumenta las sequías y las olas de calor, con una fuerte reducción de la humedad del suelo, como en los incendios de este verano”.

Esta tendencia estival negativa, que observaron para el periodo 1960-2025, es opuesta en invierno y primavera, y explica las abundantes lluvias que han aumentado el combustible con el que se han encontrado los fuegos en los secos veranos de los últimos años. Para el investigador, la influencia del cambio climático sobre la intensificación de estos patrones “es clara”. “Los modelos apuntan a temporadas de lluvias cortas e intensas y largas sequías, como ha ocurrido en 2025 y 2026”. La intensificación del índice FWI en estos mismos periodos, apuntala su tesis del impacto de la variación climática a gran escala sobre los patrones de incendios de la región sureuropea.

No encontraron una correlación tan clara con el que parece que será un fenómeno atmosférico de dimensiones históricas y consecuencias globales a finales de año. El Niño, u Oscilación del Sur (ENSO por todas las siglas en inglés), ocurre en el Pacífico tropical y es capaz de empujar el termómetro global al alza. Cordero cuenta que el “superNiño” que viene podría ser el más intenso jamás registrado y, “aunque no está claro su un rol en la temporada de incendios en España, su carácter excepcional hace difícil prever la magnitud de sus impactos en Europa”.

Para el oceanógrafo Josep Lluis Pelegrí, experto en el estudio de estas grandes oscilaciones en nuestro planeta, estos patrones encajan bien con “un sistema terrestre que acumula energía desde hace años, provocando oscilaciones a gran escala cada vez más potentes”. Para el investigador del Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC), que no participa en el estudio, es evidente que detrás está el cambio climático, que está “redistribuyendo la energía de formas que todavía no conocemos”.

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