Los espectadores no hablaban de otra cosa mientras salían del pabellón. ¿Qué ha pasado al final? ¿Por qué no ha salido a tocar ningún bis? Lo que sucedió fue que un aficionado extremadamente imprudente lanzó un vinilo, de los de larga duración, al escenario cuando Eric Clapton se encaminada al camerino después del éxtasis de Cocaine. El plan era descansar cinco minutos y luego volver a salir. Pero la mala suerte quiso que el disco impactara en el cuerpo de la estrella, recordemos, 81 años. Es lo que pasa cuando lanzas un objeto a alguien, que cabe la posibilidad de que aciertes.
Un seguidor lanzó al escenario un vinilo que impactó en el cuerpo del músico y este decidió no salir a interpretar el bis
Los espectadores no hablaban de otra cosa mientras salían del pabellón. ¿Qué ha pasado al final? ¿Por qué no ha salido a tocar ningún bis? Lo que sucedió fue que un aficionado extremadamente imprudente lanzó un vinilo, de los de larga duración, al escenario cuando Eric Clapton se encaminada al camerino después del éxtasis de Cocaine. El plan era descansar cinco minutos y luego volver a salir. Pero la mala suerte quiso que el disco impactara en el cuerpo de la estrella, recordemos, 81 años. Es lo que pasa cuando lanzas un objeto a alguien, que cabe la posibilidad de que aciertes.
El choque del proyectil no debió ser fuerte. Clapton se paró unos segundos y siguió el trayecto hacia las escaleras. Pero ya no estaba de humor. Se le vio unos segundos en una pasillo lateral, sus músicos expectantes. Entonces zarandeó la mano indicando que se largaban. Y nos perdimos el final gracias a un fan temerario con puntería. El seguidor, argentino, según informan a EL PAÍS fuentes de la promotora, había escrito una nota de cariño que adjuntó al vinilo. Quizá debió optar el seguramente hoy apesadumbrado fan por arrojar solamente la misiva de papel. Está mal eso de tirar cosas al escenario, pero por lo menos que se elija algo que no pueda sacar un ojo a alguien.
Por culpa del incidente el concierto se quedó sin el broche final, lo que se preveía como una fogosa versión de Before You Accuse Me, tema original de Bo Diddley con el que el músico inglés ha venido cerrando sus espectáculos en su actual gira europea. Teniendo en cuenta que anoche Clapton ya recortó algún tema con respecto a otros ciudades (en Budapest, por ejemplo, interpretó 15 y en Madrid 13), el espectáculo se quedó en una hora y 20 minutos. Algo escaso. Y fue una pena que no finalizase como estaba previsto, porque el recital se disfrutó mucho.

No se prodiga la leyenda del rock en España y no era cuestión de dejarlo pasar, no vaya a ser la última oportunidad. Anoche sucedió su primera actuación por aquí (el domingo le toca Barcelona) en dos décadas, nada menos. El Movistar Arena de Madrid se llenó, 15.000 personas, mucho público maduro, pero también algunos jóvenes y, ya un clásico, padres acompañados de sus hijos veinteañeros. Presenciaron un buen concierto, sosegado, repleto de blues y sin apenas concesiones. Clapton llenó el repertorio de esas versiones de los primeros bluesmen que él ha hecho suyas y se explayó con la guitarra, porque sus manos, con unos dedos largos, aún se muestran lo suficientemente ágiles como para echas chispas interpretando blues. Obviamente sus mejores recitales se deben buscar en un tiempo pasado, pero conmueve ver cómo él, y otros de su generación, luchan con arrojo contra su mortalidad como músicos y consiguen proporcionar felicidad a miles de personas.
Pisó el escenario Clapton a las 21 horas con su aspecto de profesor de física ya retirado. Pelo canoso, gafas metálicas de montura fina y traje oscuro. Un saludo bajando la cabeza, una sonrisa y sus manos, esas manos, recorriendo la guitarra Fender Stratocaster blanca y negra. A pesar de estar escudado por un guitarrista excelente, el zurdo Doyle Bramhall II, desde el primer momento Clapton tomó el mando de los solos. En Badget, rescatado de los huracanados Cream, ya demostró el maestro que se encontraba caliente. En la segunda canción, el blues de Charlie Segar Key to the Highway, ejecutó uno de esos punteos punzantes y elegantes que cientos de guitarristas han intentado imitar y nunca conseguido igualar. Virtuosismo y alma, una anhelada conjunción que Clapton atesora aún hoy, con ocho décadas de vida.
Lo que quedó también claro anoche es que el sentido del espectáculo dista mucho de ser uno de los fuertes de Clapton. No lo consideró mucho en el pasado y no va a cambiar a estas alturas. Su puesta en escena transcurre sobria, sin concesiones a la parafernalia. Y se agradece ver un concierto tan frugal en un contexto tan dado a la pirotecnia. Se mueve en un espacio relativamente pequeño y apenas habla con el público. Compareció junto a una banda de nivel compuesta por siete músicos, dos de ellas coristas que ensalzaron las canciones, aunque el maestro demostró que anda espléndido de voz. El sonido, nítido, dejó escuchar con claridad cada uno de los instrumentos
La primera media hora fue una delicia, enfocada al blues con temas como Hoochie Coochie Man, de Willie Dixon y que popularizó Muddy Waters. Cerró el fragmento inicial con I Shot The Sheriff, ese tema de Bob Marley al que Clapton concedió otra vida y lanzó al éxito. La larga intervención guitarrística del protagonista en este tema resultó sensacional, primero deslizando su mano izquierda por los trastes de arriba del mástil de su guitarra, refinados, sutiles, y luego desatando la furia presionando los trastes de la parte baja.
A continuación, se sentó para afrontar una parte acústica que comenzó con un crudo blues rural de Robert Johnson, Kind Hearted Woman Blues, que interpretó como si estuviese en un humeante garito. La gente le acompañó con palmas. En esta parte incluyó Layla, aquella joya de Derek and the Dominos, un clásico incontestable de las emisoras de rock. Se empeña desde hace mucho en tocarla en formato relajado, sentado en una silla, con guitarra española, y nos quedamos con las ganas de escucharla en todo su esplendor eléctrico. Cuando llegó Tears in Heaven fue irrefrenable emocionarse recordando a quién está dedicada: lo que debió sufrir este hombre cuando perdió a su hijo de cuatro años al caerse desde la ventana de un hotel solo lo sabe él. El público la escuchó encogido, acompañando con un suave coro.
Tras esta interpretación, se levantó de la silla y recuperó la guitarra eléctrica. Seguramente sobró Holy Mother, un tema de August, esos discos de los ochenta donde andaba desnortado, intentando aproximarse al pop de radio fórmula. Retomó el ritmo del concierto con Cross Road Blues, el clásico de Robert Johnson, que transformó en una pieza de soul & blues gracias a los voluptuosos coros. Otro blues arrastrado de Johnson (y van tres) salió al relevo, Little Queen of Spades, donde el jefe dejó espacio para la destreza instrumental de los dos teclistas y el otro guitarrista. Él se reservó un explosivo solo donde sometió a su Stratocaster estirando las notas hasta el más allá. Cuando acabó Cocaine, con la gente bailando, todos se disponían a finiquitar la noche con algún tema más. Pero le lanzaron esa cosa circular, afilada y negra que tanto placer nos aporta cuando se coloca en el plato giratorio, cae la aguja y empieza a sonar, y acabó la fiesta abruptamente.
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