El Athletic de Ernesto Valverde

Escribo este texto en la mañana del viernes 1 de mayo, Día del Trabajador. Me he despertado a primera hora y, acompañado de un café bien cargado, me he sentado frente al ordenador para teclear esta columna que quiero dedicar a Ernesto Valverde, un hombre al que admiro y quiero, y que este sábado cumplía 500 partidos al mando del Athletic Club. Pero llevo más de dos horas levantándome a cada rato, mirando por la ventana, paseando por el balcón, volviéndome a sentar para escribir un poco y borrarlo todo. Empiezo de nuevo, una y otra vez, intentando encontrar el tono adecuado y las palabras con las que explicar las razones de mi cariño personal y de mi admiración profesional hacia ese gran tipo. A veces es más difícil escribir sobre lo que a uno le toca el corazón. Quizá por eso estoy empezando con este párrafo metaliterario, que no deja de ser, como casi toda la metaliteratura, un viejo truco: el del mago que distrae al público con una mano para apartar su mirada del lugar exacto donde ocurre la trampa.

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 El técnico ha conservado desde el comienzo de su carrera una cualidad que es hoy paradójicamente extraordinaria: la normalidad  

Escribo este texto en la mañana del viernes 1 de mayo, Día del Trabajador. Me he despertado a primera hora y, acompañado de un café bien cargado, me he sentado frente al ordenador para teclear esta columna que quiero dedicar a Ernesto Valverde, un hombre al que admiro y quiero, y que este sábado cumplía 500 partidos al mando del Athletic Club. Pero llevo más de dos horas levantándome a cada rato, mirando por la ventana, paseando por el balcón, volviéndome a sentar para escribir un poco y borrarlo todo. Empiezo de nuevo, una y otra vez, intentando encontrar el tono adecuado y las palabras con las que explicar las razones de mi cariño personal y de mi admiración profesional hacia ese gran tipo. A veces es más difícil escribir sobre lo que a uno le toca el corazón. Quizá por eso estoy empezando con este párrafo metaliterario, que no deja de ser, como casi toda la metaliteratura, un viejo truco: el del mago que distrae al público con una mano para apartar su mirada del lugar exacto donde ocurre la trampa.

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