La ciudad irlandesa intenta recuperar la normalidad tras las noches de disturbios que siguieron al intento de apuñalamiento protagonizado por un sudanés La ciudad irlandesa intenta recuperar la normalidad tras las noches de disturbios que siguieron al intento de apuñalamiento protagonizado por un sudanés
«Esto parece una zona de guerra, pero aquí vive gente normal», le dice a este medio una mujer de pelo rubio y ojos claros … que está sentada en una silla plegable frente a la puerta de su casa en Lendrick Street mientras a unos pasos de distancia están los restos de varios coches calcinados. Frente a ella, que no quiere decir de dónde es, varias ventanas aparecen cubiertas con tablones de madera, y en otras hay cristales rotos y daños visibles tras dos noches de graves disturbios en distintos puntos de Belfast y que han devuelto a la ciudad imágenes que muchos habitantes no querían repetir.
La frase de esta vecina resume el ambiente que se respiraba este viernes en la capital norirlandesa. Belfast parece tranquila. Muchos comercios han reabierto, los autobuses vuelven a circular en horario regular y los niños y niñas han regresado a las calles. Sin embargo, bajo esa aparente normalidad se percibe la inquietud.
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Ivannia Salazar-Saborío
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Patrullas policiales recorren de forma constante algunas de las zonas más afectadas, y en varios puntos permanecen estacionados vehículos de las fuerzas de seguridad. La noche del jueves fue considerablemente más tranquila que las dos anteriores, pero la presencia policial recuerda que todo está preparado para responder a nuevos incidentes.
La violencia estalló tras el ataque sufrido por Stephen Ogilvie, un vecino de 44 años, por parte de Hadi Alodid, un solicitante de asilo sudanés. Las imágenes de la brutal agresión provocaron una profunda conmoción pública, y Ogilvie, que según la prensa local tiene dificultades de aprendizaje, sufrió heridas gravísimas y continúa hospitalizado mientras la investigación sigue abierta. Lo que comenzó como una protesta motivada por la indignación derivó en violentos disturbios y enfrentamientos con la policía.
Este viernes, Belfast intentaba recuperar el pulso. En calles como Lendrick Street, McMaster Street, Blondin Street, Shankill Road o Sandy Row, las consecuencias siguen visibles y la vida cotidiana continúa desarrollándose alrededor de restos de coches quemados, con padres de la mano de sus hijas o señoras paseando a sus perros.
Pero lo que sorprende no son únicamente los daños materiales, sino la cautela. Nadie parece completamente relajado. Los vecinos observan a los desconocidos, incluyendo a los periodistas, con atención, algunos hablan en voz baja y miran alrededor antes de responder a una pregunta. La desconfianza es visible, aunque no se expresa de forma hostil. Parece una costumbre adquirida en una ciudad donde la prudencia formó parte de la vida cotidiana durante demasiado tiempo.
Al principio, cuesta que salgan las palabras. Varias personas rechazan hablar y otras responden con frases breves y evasivas. Sin embargo, cuando bajan la guardia, empiezan a aparecer relatos más complejos. Historias de miedo, de frustración, de convivencia y también de cansancio. La sensación de que Belfast vuelve a ser observada a través del cristal de los peores capítulos de su historia incomoda a muchos residentes.
«Todo está siempre hirviendo bajo la superficie», explica un taxista nigeriano que lleva más de veinte años viviendo en Irlanda del Norte y que ha pedido no ser identificado. Casado con una mujer protestante, asegura que las fracturas históricas nunca desaparecieron completamente. «La gente piensa que esto va solo de inmigración, pero no es así. Aquí cualquier cosa puede convertirse en una chispa, siempre hay algo debajo esperando para prender». «Si mañana desaparecieran todos los inmigrantes, encontrarían otro motivo para pelear. Este lugar lleva mucho tiempo dividido», dice, en una reflexión que aparece durante la jornada en boca de más personas.
Los vecinos hablan de inmigración, de pobreza, del problema de la vivienda, de integración. E inevitablemente también hablan del presente. Y del pasado. Y coinciden en que no hay una explicación única para lo que está pasando.
En barrios desfavorecidos
Buena parte de las zonas afectadas figuran entre las más desfavorecidas de Irlanda del Norte, son barrios donde muchas familias enfrentan dificultades económicas y donde algunos expresan la sensación de competir por unas ayudas sociales que consideran cada vez más escasas, lo que alimenta las frustraciones. «Los ricos llaman a esa gente scumbags», comenta un residente de un barrio bien utilizando un término muy despectivo para referirse a sectores marginados.
Una mujer mayor, norirlandesa que atiende una pequeña tienda de barrio, declara que «a mí me da igual quién viva aquí, mientras trabajen, paguen impuestos y contribuyan a la sociedad». Y habla de los cambios que ha experimentado Belfast durante las últimas décadas y de la rapidez con la que algunos barrios han transformado su composición demográfica. «Y entiendo que cada uno tenga su religión y sus costumbres, pero también creo que la gente tiene que integrarse». «Aquí hemos vivido demasiados años con miedo a quienes ocultaban su cara. No me gustan los pasamontañas en las protestas y tampoco me gusta que nadie vaya completamente cubierto por la calle, incluyendo a las mujeres con burka, que parece que estamos en Afganistán».
En un barrio acomodado de mayoría católica, un vecino insiste en que «la gente habla de un conflicto entre inmigrantes y la extrema derecha, pero cuando pasa algo así nos afecta a todos», y recuerda que esta semana algunos colegios suspendieron clases, parte del transporte público canceló servicios y muchas personas evitaron desplazarse por miedo a encontrarse atrapadas entre manifestantes y cordones policiales. «La mayoría de la gente simplemente quiere ir a trabajar en paz, recoger a sus hijos y volver a casa».
Y es que muchos habitantes de Belfast no se sienten protagonistas de la crisis, sino víctimas indirectas de sus consecuencias, entre ellas, la de convivir con una palabra que parecía pertenecer al pasado: miedo. Y que ahora también aparece entre quienes llegaron desde otros países.
Una enfermera filipina que trabaja en el Servicio Nacional de Salud británico (NHS) recuerda el momento en que aterrizó en Belfast en 2021, cuando el Reino Unido buscaba entonces personal sanitario para cubrir vacantes esenciales por la pandemia. «Siempre me sentí bienvenida», explica, pero «ahora tengo miedo. Y no creo que seamos solo las personas de piel oscura».
Política migratoria
Su historia resume una de las contradicciones que atraviesan el debate actual. El Reino Unido necesita trabajadores extranjeros en sectores esenciales como la sanidad, los cuidados o la hostelería. Al mismo tiempo, la inmigración se ha convertido en una de las cuestiones más sensibles de la política británica.
Esa contradicción apareció también durante el viaje hacia Belfast. «Hay gente que llega al país y no se integra, como el del cuchillo», aseguraba un pasajero británico en el avión, y defendía la necesidad de «una inmigración legal, seria y ordenada» porque «la gente quiere saber quién entra, que se comprueben sus antecedentes y que se integren, empezando por aprender bien inglés», dice, y añade que «si pedir eso es de extrema derecha, pues entonces soy de extrema derecha».
A medida que cae la tarde, Belfast intenta recuperar su ritmo habitual, con personas que regresan del trabajo atravesando calles donde todavía quedan restos de cristales rotos. Sin embargo, la pregunta de si esto ha terminado tiene difícil respuesta. Como dice un vecino, «todo el mundo quiere eso, pero nadie puede afirmarlo con seguridad, es posible que aún empeore antes de mejorar».
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