A Awa Fam le gusta tanto la moda que se la vio feliz desfilar por la alfombra naranja de The Shed, el centro cultural de Manhattan donde se celebró el draft de la WNBA, con un largo vestido rojo estilo cut out. La pívot, 1,93m de estatura sin esos largos tacones con los que iba pisando fuerte al lado de Marta Suárez, se preparaba para una noche histórica en la que salió elegida en el puesto número tres, el más alto logrado jamás por una jugadora española. El mismo que Pau Gasol en 2001. Palabras mayores. Pero esta mujer de 19 años que se ha apresurado a perfeccionar su inglés porque quiere hacer carrera en Estados Unidos, primero en la WNBA y, a partir de noviembre, en Project B, una nueva competición que se complementará con la primera, no siempre fue la mujer poderosa que quiere conquistar la mejor liga del mundo. Antes de todo eso fue una niña tímida, de una modesta familia de senegaleses, que se pasaba el día enganchada a las piernas de sus hermanos mayores, Tala y Karim, sus referentes.
La hija de un modesto matrimonio de senegaleses vendedores ambulantes es elegida por Seattle. Su entrenadora en edad infantil la sentaba en el banquillo de vez en cuando porque era “un abuso” jugar con ella
A Awa Fam le gusta tanto la moda que se la vio feliz desfilar por la alfombra naranja de The Shed, el centro cultural de Manhattan donde se celebró el draft de la WNBA, con un largo vestido rojo estilo cut out. La pívot, 1,93m de estatura sin esos largos tacones con los que iba pisando fuerte al lado de Marta Suárez, se preparaba para una noche histórica en la que salió elegida en el puesto número tres, el más alto logrado jamás por una jugadora española. El mismo que Pau Gasol en 2001. Palabras mayores. Pero esta mujer de 19 años que se ha apresurado a perfeccionar su inglés porque quiere hacer carrera en Estados Unidos, primero en la WNBA y, a partir de noviembre, en Project B, una nueva competición que se complementará con la primera, no siempre fue la mujer poderosa que quiere conquistar la mejor liga del mundo. Antes de todo eso fue una niña tímida, de una modesta familia de senegaleses, que se pasaba el día enganchada a las piernas de sus hermanos mayores, Tala y Karim, sus referentes.
Sus padres, Madoumbe y Arane, sus otros modelos, que dejaron Senegal para buscar una vida mejor en Santa Pola (Alicante), un pueblo marinero situado frente a la isla de Tabarca, no podían pasar demasiado tiempo con los niños porque andaban trabajando en los mercadillos itinerantes que recorrían toda la provincia para sacar adelante a la familia. Awa estudiaba en el colegio Virgen del Loreto y en cuanto salía, desde bien pequeña, con tres o cuatro años, se iba detrás de sus hermanos a jugar al baloncesto al Polanens, el club del pueblo donde era difícil acomodar a esa niña tan alta porque apenas había chicas que practicaran su deporte.
No importó. La estatura y el talento le permitieron acoplarse dentro de un equipo mixto de chicos. Marina Guilló, una de sus primeras entrenadoras, se sintió reconfortada la noche del draft mientras leía, divertida, los mensajes de los actuales técnicos del equipo, que fueron los niños que jugaron con Awa Fam cuando no encontraba compañeras. “Yo la recuerdo desde los cuatro años con un balón en las manos. Aquí pasó por varios entrenadores y el año que era infantil, con 10 años, logré formar un equipo y ganamos la liga escolar. Recuerdo que muchos partidos la tenía que sentar porque era un abuso jugar con ella. A esa edad ya era tan alta como yo, que mido 1,70m. Era una pasada”.
Ahora ve por la televisión a una estrella, la escucha hablar y se siente feliz por comprobar que no ha perdido “los valores y la humildad que le inculcaron sus padres”. Su última entrenadora, Mari Carmen Sempere, llegó un momento en el que entendió que no tenía sentido que siguiera en un club tan pequeño. Awa Fam necesitaba volar y con 12 años dejó Santa Pola, para seguir su formación en Valencia, en L’Alqueria del Basket, después de que Manolo Real, entonces responsable del equipo cadete del Valencia Basket, pero que había sido un entrenador que llegó a ser subcampeón de la Euroliga y que ganó la Liga y la Copa con el Ros Casares, le tendiera un puente al descubrir en su campus de verano a aquella niña alta y coordinada que ya era internacional sub-13.

Awa jugaba entonces con unas zapatillas de su hermano Tala que le venían un poco grandes. La comunidad senegalesa de Santa Pola, amiga de los padres, recaudó dinero y todo el mundo puso lo que pudo, uno, dos, cinco euros, para comprarle unas zapatillas nuevas a la niña. La pívot de los Seattle Storm aún conserva, al fondo de un armario, aquellas Adidas rojas y blancas que se llevó con ella a Valencia. “Ese par de zapatillas me recuerdan quién soy y de dónde vengo”, dijo hace tiempo, después de convertirse, con 15 años, en la mujer más joven en debutar con el Valencia Basket, donde acaba de ganar la Copa de la Reina. Pronto acabará la temporada y tendrá que despedirse de su equipo, escocido por no poder retenerla después de haberla formado desde niña. Así son los nuevos tiempos. Nadie puede competir con el dinero que hay en Estados Unidos para el baloncesto femenino.
A Valencia llegó una niña vergonzosa a la que le costaba salir en las fotos. Y se marcha una mujer, con una madurez que sorprende a todo el mundo porque conviene no olvidar que solo tiene 19 años, para verse rodeada por las estrellas mundiales del baloncesto. Awa recibe con gusto los consejos de la WNBA y de su agencia de representación, que le envían tutoriales sobre cómo promocionar su imagen. La pívot, que siempre tuvo claro, mientras coleccionaba medallas internacionales a su paso por todas las categorías de la selección española, hacia dónde le conducía su camino, que iba mucho más lejos que el de todas sus compañeras, sale en el pick 3 y ve que la cuenta de baloncesto de Nike sube, en cuestión de minutos una fotografía suya —también lo hizo con Iyana Martín, número 7, aunque retrasará su llegada a la WNBA— con unas letras en amarillo que dicen: “Her time is now”.
Pero la jugadora de baloncesto que acepta que en estos tiempos también hay que ser influencer, al mismo tiempo es una mujer, musulmana, que no olvida de dónde viene y, en cuanto el calendario, angosto y exigente, le ofrece un respiro, coge y se marcha a Senegal, a Guediawaye, en el departamento de Dakar, para explorar sus raíces y conocer a su familia. Y no hay verano que no atienda la llamada del Polanens para volver de visita al curso de verano y estar con los niños y las niñas que la tienen como un modelo. Awa Fam no olvida que ella también fue una niña, aunque ahora se adentre en el Olimpo del baloncesto.
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