Sarah Santaolalla y Vito Quiles: ¿se puede sacar a alguien del armario?

El outing es hacer público que una persona es lesbiana, gay, trans, bi, sin contar con su aprobación. También significa desvelar que tiene relaciones no normativas. Justamente esto es lo que ha hecho la comunicadora Sarah Santaolalla: “Sé dónde vive Vito Quiles y jamás lo filtraría ni iría a su casa. Sé los hombres con los que se enrolla Vito Quiles y jamás les acosaría. Tengo el teléfono de Vito y jamás lo filtraría. No, no somos iguales. Yo no soy una mierda de persona que acosa a gente que no le gusta”, publicó la comentarista el 11 de abril en redes sociales, en respuesta al acoso que, según ha denunciado, lleva recibiendo por parte de la extrema derecha, especialmente de Quiles.

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 La periodista ha insinuado que el agitador ultra tiene relaciones homosexuales tras denunciar el acoso al que la somete  

El outing es hacer público que una persona es lesbiana, gay, trans, bi, sin contar con su aprobación. También significa desvelar que tiene relaciones no normativas. Justamente esto es lo que ha hecho la comunicadora Sarah Santaolalla: “Sé dónde vive Vito Quiles y jamás lo filtraría ni iría a su casa. Sé los hombres con los que se enrolla Vito Quiles y jamás les acosaría. Tengo el teléfono de Vito y jamás lo filtraría. No, no somos iguales. Yo no soy una mierda de persona que acosa a gente que no le gusta”, publicó la comentarista el 11 de abril en redes sociales, en respuesta al acoso que, según ha denunciado, lleva recibiendo por parte de la extrema derecha, especialmente de Quiles.

No sabemos si Quiles tiene relaciones con hombres. Sí que sabemos que defiende posiciones políticas lgtbifóbicas. También, que se pueden tener relaciones homosexuales mientras se reniega de los derechos LGTBIQ+ o directamente se los cuestiona. Así, entre los MAGA de Estados Unidos hay un grupo de hombres blancos, gais, poderosos y trumpistas que, además de celebrar su homosexualidad, apoyan sin fisuras las políticas de Trump, aunque algunas de ellas amenacen derechos LGTBIQ+. Estos magays no se sienten representados por las siglas, reniegan de lo queer y se definen como “gais normales”.

“La homofobia afecta a todos los hombres sin excepción, presionándolos para que cumplan con las normas de género bajo amenaza de degradarlos al estatus de maricas, calzonazos o nenazas”, apunta Oscar Guasch en la publicación Primera plana: la construcción de una cultura queer en España (Egales, 2007). Esa amenaza los lleva a mostrar una masculinidad en muchos casos sobreactuada y también frustrante para ellos mismos. Ese castigo subyace en la amenaza ―o el hecho― de desvelar bien la orientación de alguien, bien sus prácticas sexuales.

De ahí que las organizaciones de defensa de derechos LGTBIQ+ lo consideren lgtbifobia. “El outing es violencia. Siempre. Sin matices. Sin excepciones. Sin excusas”, reaccionaron desde Arcópoli al mensaje de Santaolalla. “Nosotras nos hemos enfrentado a la violencia que promueve Vito Quiles, quien nos ha señalado directamente por defender los derechos de las personas LGTBI+ migrantes”, añadieron. “Comprendemos que a veces nuestras posturas resulten complejas de seguir, pero nuestro compromiso es único: luchar contra la lgtbifobia en cualquier escenario”.

La organización incluyó un matiz a su publicación: “Ha tenido que venir a hacer outing una mujer de izquierdas para que toda la ultraderecha de este país entienda el término y lo rechace”. Tras las declaraciones de Santaolalla, columnistas, tertulianos y publicaciones de derecha y extrema derecha enarbolaron la bandera de la lucha contra la homofobia. Da la casualidad de que muchos de estos opinadores y medios se han puesto de perfil ante la lgtbifobia, cuando se han promovido recortes de normativa LGTBIQ+ o se han cuestionado derechos del colectivo. “Señores y señoras fascistas: bienvenidos/as a la defensa de los derechos del colectivo LGTBI+”, añadieron desde Arcópoli.

“Sugerir que un señor facha podría ser gay o bisex solo sirve para regalarle la ocasión para parapetarse detrás de un colectivo al que desprecia y que lo use como bomba de humo para desviar el asunto de lo importante, para tirarnos los trastos a la cabeza entre nosotres, volver a elegir mal al enemigo y cuestionar nuestra legitimidad en la defensa”, opina Bob Pop. “Que un señor zumbe con señores no le hace menos fascista. Que un fascista sea bisexual o gay no le aligera de su carga de intolerancia peligrosa. La bisexualidad y la homosexualidad como práctica no conceden pertenencia al colectivo LGTBIQ+. La colectivización tiene que ver con la militancia en pos de la igualdad de derechos, de trato y de oportunidades”, continuó en una intervención en Hoy por hoy de Cadena SER y que concluyó así: “A mí me da igual con quién se acueste cualquier agitador nazi; a mí lo que me importa es de dónde sale el dinero que se levanta. Y de eso es de lo que deberíamos estar hablando”.

Uno de los tecnoligarcas más celebrados por la extrema derecha global es el alemán-estadounidense Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir. Además de rico, poderoso y gay, da charlas sobre el advenimiento del anticristo; defiende ideas reaccionarias de la Ilustración oscura; habla de anarcocapitalismo y también de fascismo.

“Estoy orgulloso de ser gay. Estoy orgulloso de ser republicano. Pero, sobre todo, estoy orgulloso de ser estadounidense”, dijo en 2016, cuando apoyó a Donald Trump en su carrera presidencial. Thiel no solía hablar de su orientación sexual hasta que le hicieron un outing. Fue la publicación Gawker en 2007: “Peter Thiel es totalmente gay, gente” (Peter Thiel is totally gay, people), tituló la noticia. Al empresario no le gustó. Espero unos años, pero acabó hundiendo la publicación: tuvo que cerrar en 2016 tras un litigio con Hulk Hogan. La causa judicial había sido financiada en secreto por Thiel, que definió el apoyo como “una de las mayores obras filantrópicas” que había realizado.

En Japón, uno de los países menos inclusivos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), han desarrollado legislación contra el outing tras varios casos problemáticos. En 2015, un joven universitario de Tokio se suicidó después de que se hiciera pública su homosexualidad. Unos años después, un juzgado dio la razón a un trabajador cuyas prácticas sexuales habían sido expuestas por su jefe. La sociedad nipona, muy marcada por la heteronormatividad y el machismo, veía en la diversidad una posibilidad de ataque. Ante ello, se acabó definiendo el outing como una forma de abuso de poder (principalmente en el ámbito laboral). Implícitamente, se reconoce un daño a la reputación basado, justamente, en la lgtbifobia, en el supuesto agravio de no ser normativo.

De ahí que Christo Casas defienda en su libro Maricas Malas (Paidós, 2023) una apología de la anormalidad: “En eso consiste amariconar el mundo: en sabernos todas anormales. Dejar de tomar como modelo la sociedad cishetero y proponernos nosotras mismas como un referente, que aunque imperfecto y fallido, se revisa, hace autocrítica y se presenta en constante evolución y tropiezo. Nos une en nuestra lucha ser un colectivo que se mueve en conjunto”.

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