Almudena Ariza, periodista: “El ‘lobby’ sionista pedía mi cabeza por hacer periodismo”

La periodista Almudena Ariza, en la terraza del Museo Reina Sofía en Madrid, este lunes.

Almudena Ariza (Madrid, 63 años), corresponsal de Televisión Española, llegó a Israel en 2023, poco después del atentado del 7 de octubre perpetrado por Hamás, proveniente de una cobertura “muy dura y muy intensa” en la guerra de Ucrania. En sus más de dos años en Jerusalén, se dedicó a documentar los ataques israelíes sobre Gaza y recopiló numerosas historias humanas que debían encontrar una salida, una vez que su continuo viaje laboral —ha sido corresponsal en Pekín, Nueva York o París— la había llevado a tierras colombianas.

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 La corresponsal lanza la novela gráfica ‘Vidas con nombre’, con dibujos de Fermín Solís, que recoge historias humanas recopiladas durante sus dos años en Jerusalén, en tiempos de masacre en Gaza  

Almudena Ariza (Madrid, 63 años), corresponsal de Televisión Española, llegó a Israel en 2023, poco después del atentado del 7 de octubre perpetrado por Hamás, proveniente de una cobertura “muy dura y muy intensa” en la guerra de Ucrania. En sus más de dos años en Jerusalén, se dedicó a documentar los ataques israelíes sobre Gaza y recopiló numerosas historias humanas que debían encontrar una salida, una vez que su continuo viaje laboral —ha sido corresponsal en Pekín, Nueva York o París— la había llevado a tierras colombianas.

Su marido, Luis Valdés —quien, por cierto, adapta su vida al nomadismo de Ariza—, tuvo una idea: que esas historias cotidianas tomaran forma de novela gráfica. Solo faltaba encontrar el dibujante; finalmente, el seleccionado por la editorial y la periodista fue Fermín Solís. Juntos lanzan Vidas con nombre. Historias reales de Gaza y Cisjordania (Salamandra Graphic), que traduce a textos y viñetas treinta y cinco peripecias en las que la vida trata de abrirse paso entre las ruinas y bombardeos, la represión y la ocupación. Se trata de poner carne a la inabarcables cifras del sufrimiento palestino.

“Nada más llegar percibimos el enorme dolor de la sociedad israelí por los atentados de Hamás. Luego, fuimos comprendiendo que todo aquello se venía arrastrando desde mucho antes del 7 de octubre”, cuenta Ariza en la cafetería del museo Reina Sofía, en Madrid, llegada desde Bogotá, donde tiene su base para cubrir varios países latinoamericanos. La amabilidad colombiana le está sirviendo como una cura emocional para esos años inmersa en la dureza de la sociedad israelí. “Allí el sistema aplasta a los críticos”, dice.

Ariza se entregó con especial pasión a explicar lo que estaba viendo, en sus reportajes en el Telediario y en las redes sociales (sobre todo Instagram). No sin reacción. “La presión es brutal por todas partes, el lobby sionista busca desacreditar para que se cuestione todo lo que dices. Pedían mi cabeza por hacer periodismo”, dice la corresponsal.

— ¿Le han acusado de tomar partido?

— No soy activista, mi trabajo es contar las cosas con cercanía y el máximo rigor. Me duele decir algo que no sea preciso, investigo mucho y cuido mucho las palabras. Soy muy exigente. Y precisamente eso me ha hecho poner el dedo en la llaga de las injusticias, mostrar los abusos contra los derechos humanos. Ante eso no hay equidistancia ni neutralidad posibles. El periodismo es eso.

— ¿La palabra genocidio?

—Yo no hablaba de genocidio en mis crónicas, me costó utilizarla, pero llegó un momento en que ya no necesitaba ver más. ¿A qué más tenemos que esperar para usarla cuando, además, los más grandes expertos del mundo la usan? 70.000 víctimas la mayoría civiles, 20.000 niños, tengo los testimonios de Raúl [Incertis], las declaraciones del propio gobierno israelí, la postura de la Corte Penal Internacional. ¿A qué tenemos miedo?

La cobertura de Gaza fue extraña porque los periodistas tienen vetada la entrada, así que Ariza tuvo que buscar la manera de tener ojos sobre el terreno buscando fuentes de confianza. Una de ellas fue el médico español Raúl Incertis, que atesora relatos de auténtico horror y que posteriormente hizo con Ariza el podcast Vivir y morir en Gaza (su figura protagoniza una de las historias del libro). “Raúl fue mi mejor informador, me contó lo que estaba viviendo día a día, mediante fotografías, vídeos, audios, hasta 2.000 archivos”, cuenta la periodista. Mediante este y otros medios, Ariza fue conociendo la vida allá dentro, que suele acabar mal.

Los retratados son Yahya Barzaq, un fotógrafo que trabajaba retratando niños, pero cuya labor terminó siendo retratar cadáveres de niños. La pequeña influencer Yaqeen, de solo 11 años, que trataba de difundir algo de esperanza entre la infancia gazatí, pero acabó asesinada. Mohammed, el bebé malnutrido que fue portada de The New York Times. Ward Halal, la niña que escapó de las llamas de su escuela entre cuerpos carbonizados y una lluvia de cascotes. “Ha habido un incendio muy grande y mi mamá está muerta”, les dijo a los médicos que la rescataron. La doctora Alaa al-Najjar, que pierde nueve hijos en un día. “No se me ocurre un dolor semejante”, dice la corresponsal. Aunque los autores no cargan las tintas y mantienen cierta distancia periodística, el sentimiento de injusticia se hace insoportable.

No solo Gaza: impactan las historias sobre las interioridades de la sociedad israelí. Como la del profesor Meir Baruchin, que denuncia los abusos, y que acaba siendo tratado en su colegio como un traidor, encarcelado durante unos días y apartado de la docencia para siempre. O la de los chavales latinoamericanos que Ariza se topa por la calle, que resultan ser francotiradores de las IDF y que presumen de exterminar palestinos: “Yo no mato inocentes porque no hay inocentes en Gaza”, dice uno. La vida cotidiana atravesada por el conflicto desde que uno atraviesa la puerta de casa. Trabajando en Israel, en cada reportaje, Ariza se encontraba a israelíes hispanoparlantes, que la entendían al hablar a la cámara, insultándola como a una mentirosa.

“La gente común tiene asumida la retórica genocida, la idea de que hay que exterminarlos a todos, y te lo expresan hasta en el ascensor. En mi edificio el portero era un cristiano árabe, que veía lo que estaba pasando, pero solo podía comentarlo conmigo”, cuenta. La narrativa se imparte desde la cuna, las familias, los medios, las escuelas. La ciudadanía porta fusiles en las cafeterías. “En la playa de Tel Aviv la gente toma el sol y juega a las palas mientras ve a los aviones ir a bombardear Gaza, unos kilómetros más allá”, cuenta Ariza. “Desde allí se gesta toda la estrategia genocida”, añade. Que el primer ministro Benjamín Netanyahu haya sido el más votado en las recientes elecciones y que la masacre de Gaza no haya estado en la campaña le parece a la autora un hecho “desalentador”: “Da una idea de cómo está de enferma la sociedad israelí y de cómo han deshumanizado a los palestinos”.

En Cisjordania, entre la ocupación y la represión, conoció Ariza, en sus decenas de visitas con su fixer Kamal —“Me enseñó mucho sobre la resistencia y la dignidad humana”—, muchas historias que muestran la arbitrariedad de un poder cruel que domina la vida de los palestinos. “Allí pasa esencialmente lo mismo que en Gaza. La violencia es menos masiva, pero es gente haciendo la vida imposible a otros, mediante checkpoints o francotiradores que asesinan a los niños. Buscan exterminarlos a todos, con total impunidad”, cuenta la autora. “La vida allí es un infierno”, añade.

Una de sus personajes, Sara, presencia cómo un francotirador mata a su hermano pequeño, Taha, de forma arbitraria. Su padre recibe un disparo al ir a socorrerlo y muere días después. En Hebrón, una familia palestina sale a cenar una noche con unos familiares por el Ramadán; a su regreso, su casa ha sido usurpada por unos colonos con la connivencia de los militares. Safiya, conductora de ambulancias, presenció cómo los militares israelíes disparaban contra su vehículo, mientras trabajaban y mataban a dos médicos compañeros. A los detenidos palestinos los militares les torturan con descargas eléctricas, les mean encima y les arrancan los dientes.

—¿Tiene esto solución?

—Yo creo que algún día se impondrá la humanidad y se hará justicia. Hay mucha gente trabajando en ello, investigando, a la que yo le dedico el libro. Tal vez no lo veremos nosotros, pero sí nuestros hijos, o nuestros nietos.

En cuanto a la realización del libro, Ariza nunca había trabajado con un dibujante y Fermín Solís nunca había trabajado con una guionista, así que tuvieron que aprender a trabajar juntos. “No sabíamos cómo hacerlo. Al principio pensamos que el hilo conductor podría ser el día a día de Almudena, pero ella no quería ser protagonista, quería que el centro fueran las historias”, dice Solís al teléfono. Finalmente, se optó por hacer una serie de pequeños capítulos. “Y acordamos trabajar con lo que yo llamo el método Marvel [por la editorial de cómic estadounidense]: yo pondría los dibujos y luego ella los textos”, dice el dibujante.

Solís optó por una línea sencilla de dibujo, tratando de alejarse de su estilo habitual, poco realista o de estilo cartoon. “Aquí se necesitaba un poco más de realismo. Había trabajado con muchas fotos, aunque decidí utilizar una paleta muy viva de colores, para que fuera un libro atractivo para la gente joven”, dice el artista. Manejar esos materiales no fue fácil: “Es un trabajo duro, no me quitaba las imágenes de la cabeza, los cadáveres de los niños… Te llevas a casa la tristeza”. Y añade: “Pero creo que podemos aportar un grano de arena, más allá de esa impotencia que sentimos desde el sofá”.

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