Te puede gustar mucho Common people de Pulp, pero tienes que haber sido clase media aspiracional para que la canción te cale hasta los huesos. Si no es así te quedas en su umbral emocional, la frontera inexpugnable de la empatía. Si tienes un papá al que llamar cuando jugar a ser pobre se hace insoportable, no eres pobre, no eres como nosotros, la gente normal. La mediocridad social es vivir sin red, sin el comodín de la llamada al público, es todo o nada, aburrido y desesperado y aburrido otra vez. Disimulando tus estudios, cortándote el pelo, beber y follar por hacer algo, por saber si aún se está vivo. No es casual que en esa canción, su compositor, Jarvis Cocker, guíe cual Virgilio a la niña rica en aquel descenso a la vida de la gente de presente inmediato a un supermercado. ¿Por qué no empezar por aquí? Se pregunta. En realidad, no hay mejor sitio que éste.
El autor permanece unas horas encerrado en uno de esos no lugares que, en 1992, el antropólogo Marc Augé definió como esos espacios intercambiables donde el ser humano permanece anónimo Te puede gustar mucho Common people de Pulp, pero tienes que haber sido clase media aspiracional para que la canción te cale hasta los huesos. Si no es así te quedas en su umbral emocional, la frontera inexpugnable de la empatía. Si tienes un papá al que llamar cuando jugar a ser pobre se hace insoportable, no eres pobre, no eres como nosotros, la gente normal. La mediocridad social es vivir sin red, sin el comodín de la llamada al público, es todo o nada, aburrido y desesperado y aburrido otra vez. Disimulando tus estudios, cortándote el pelo, beber y follar por hacer algo, por saber si aún se está vivo. No es casual que en esa canción, su compositor, Jarvis Cocker, guíe cual Virgilio a la niña rica en aquel descenso a la vida de la gente de presente inmediato a un supermercado. ¿Por qué no empezar por aquí? Se pregunta. En realidad, no hay mejor sitio que éste.
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