Las patrullas vecinales alientan brotes de violencia contra los inmigrantes en barrios de Ceuta

Dos hombres armados con un cuchillo (izquierda) y un palo siguen en Ceuta a un grupo de inmigrantes hacia la frontera con Marruecos el pasado día 31.

Sandra López, secretaria de Política Institucional del PSOE de Ceuta, se tropezó el pasado sábado por la tarde con un grupo de inmigrantes cuando paseaba con su perro por los alrededores de la pista de tiro. Uno de ellos le preguntó en un español balbuceante ayudado con sus expresivos gestos la forma de llegar a la barriada ceutí de Benzú. Se llamaba Adil y tenía unos 25 años. Ella le señaló el camino más corto, atravesando la zona de Postigo. Él se negó en redondo. Ante la insistencia de ella, que no entendía su resistencia a seguir las indicaciones que le daba, él acabó por levantarse la ropa y mostrarle el cuerpo. Le enseñó arañazos en las piernas y el torso y, sobre todo, heridas, alguna profunda, en el brazo izquierdo, huellas de los golpes que, según le contó, había recibido en ese barrio. Ella fotografió las lesiones con su móvil y le preguntó por qué no denunciaba lo sucedido a la policía. Él lo descartó. Tenía miedo de que si acudía a comisaría sería detenido y expulsado de Ceuta. Tanto Adil como sus compañeros comenzaron a caminar hacia Benzú, dando un rodeo de varios kilómetros para eludir a los supuestos agresores.

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Sandra López, secretaria de Política Institucional del PSOE de Ceuta, se tropezó el pasado sábado por la tarde con un grupo de inmigrantes cuando paseaba con su perro por los alrededores de la pista de tiro. Uno de ellos le preguntó en un español balbuceante ayudado con sus expresivos gestos la forma de llegar a la barriada ceutí de Benzú. Se llamaba Adil y tenía unos 25 años. Ella le señaló el camino más corto, atravesando la zona de Postigo. Él se negó en redondo. Ante la insistencia de ella, que no entendía su resistencia a seguir las indicaciones que le daba, él acabó por levantarse la ropa y mostrarle el cuerpo. Le enseñó arañazos en las piernas y el torso y, sobre todo, heridas, alguna profunda, en el brazo izquierdo, huellas de los golpes que, según le contó, había recibido en ese barrio. Ella fotografió las lesiones con su móvil y le preguntó por qué no denunciaba lo sucedido a la policía. Él lo descartó. Tenía miedo de que si acudía a comisaría sería detenido y expulsado de Ceuta. Tanto Adil como sus compañeros comenzaron a caminar hacia Benzú, dando un rodeo de varios kilómetros para eludir a los supuestos agresores.

A la entrada de Postigo, Sandra López comprobó que varios coches bloqueaban el paso y un grupo de vecinos montaba guardia. Entre ellos, una joven con un perro y un hombre que portaba un bate de béisbol. Algo más arriba, junto a la Protectora de Animales, volvió a encontrarse al hombre del bate. Iba a bordo de un todoterreno con un acompañante. Ambos se bajaron del vehículo y se dirigieron a un grupo de inmigrantes que se encontraba por la zona. Les instaron a marcharse de allí. Sandra no vio que les pegaran.

Aunque la sociedad ceutí ha rechazado mayoritariamente cualquier respuesta violenta ante la irrupción de decenas de miles de inmigrantes, la formación de patrullas ciudadanas no es un fenómento exclusivo de Postigo. En otros barrios, como Los Rosales o Benítez, grupos de vecinos han bloqueado la entrada con vallas y montan guardia las 24 horas para cerrar el paso a los forasteros. La inmensa mayoría de las 72.000 personas que, según estimaciones oficiales, accedieron a través del paso del Tarajal el 30 de julio ya se han ido, pero aún quedan entre 2.000 y 6.000, según las distintas fuentes. Hace días que fueron desalojados del centro de la ciudad, pero ahora merodean por el extraradio ocultándose de las autoridades y acercándose a los barrios en busca de agua, alimento, refugio, tras cinco días a la intemperie y sin lo más básico. Los vecinos se quejan de que se cuelan en sus casas, les roban y hacen sus necesidades en la calle.

Pero las patrullas civiles que pretenden limpiar Ceuta de inmigrantes, según su lenguaje, no se limitan a actuar en sus propios barrios. EL PAÍS ha comprobado cómo, a través de grupos de WhatsApp, se coordinan para salir en plena noche a la caza de los inmigrantes que se ocultan en los montes o las escolleras para evitar ser devueltos a Marruecos. Intercambian fotos y vídeos en los que se adivina a un grupo humano apiñado en una pequeña terraza o tirado por el suelo de un oscuro callejón. Cuando los localizan, se ponen en marcha: “Aunque seamos [solo] siete me da igual. Vamos a por todos. Ellos corren [porque] tienen miedo”, escribe quien parece ser uno de los cabecillas.

Alguien sube al chat el mensaje de un soldado: “Mira, soy militar y tal. Estamos haciendo patrullas, pero no nos dejan hacer nada. Tenemos asignada la zona del [monte] Hacho. No quiero hablar en el grupo para que no me meta en problemas por dar información”. El que ha puesto el pantallazo lo comenta: “¿Veis cómo tenemos que organizarnos? Ellos [los militares] están atados”.

“Estamos viendo cucarachas entre las piedras”, escribe uno de los participantes en el chat, en lo que parece un aviso para los demás, que llevan buena parte de la noche dando vueltas sin ningún éxito. Cuando van a entrar en acción, los que pasan por ser más veteranos dan instrucciones al resto: “No grabéis nada. [Que] después sale que somos muy malos y estamos defendiendo lo nuestro”. En el intercambio de mensajes no queda claro si llevan armas o instrumentos contundentes, pero el más lanzado urge a los demás a que se sumen a él, ya entrada la madrugada. “Ponerse una camiseta, yo tengo pasamontañas y todo el coche lleno de cosas, venid”. La idea de que lo que están haciendo es ilegal la tiene clara el presunto jefe cuando conmina a todos: “Señores, quien tenga tatuajes que se tapen bien, por si alguien se le ocurre grabar, que siempre hay un gilipollas de turno que no para, que no seáis delatados”.

“Zurrón limpio”, escribe uno, en alusión a una barriada de Ceuta. “Escollera Benítez limpio”, añade otro. “Mi barrio limpio”, remacha un tercero. Sin embargo, la operación tiene que suspenderse abruptamente. Varios vecinos avisan a la policía de la presencia de los cazadores de inmigrantes. “Literalmete [están] diciendole al furgón [de policía que hay] civiles encapuchados armados liándola”, dice un miembro del grupo que está sobre el terreno. “Señores ¿no nos deja patrullar la policia?“, se sorprende otro. ”Ni la Policía ni los vecinos ya», se lamenta el primero. “Como nos vean vamos a ser propuestos para sanción”, explica que les han advertido los agentes. “Corred ya”, ordena el presunto jefe. No se produce ninguna detención.

Vox ha sido el único partido que ha teorizado el derecho de los ceutíes a la autodefensa. “Cuando ves amenazado lo tuyo, tu zona de confort, tu familia, tus hijos, tienes todo el derecho del mundo a defenderte. Que cada uno defienda a su familia con todo lo que tenga en su mano. Con un palo y con lo que sea. Ese el mensaje de Vox”, declaró en Ceuta el portavoz de Seguridad e Inmigración de la formación, Samuel Vázquez, policía nacional de profesión.

Pese a ello, tanto el grupo neonazi Núcleo Nacional, que se desplazó desde la Península con la intención de sumarse a las patrullas civiles, como los activistas ultras Alvise Pérez y Vito Quiles,que desembarcaron durante el fin de semana en la ciudad para capitalizar su descontento, acabaron expulsados por la policía o por los propios manifestantes que protestaban contra el Gobierno. La ultraderecha española, que tiene en la defensa de Ceuta y Melilla una de sus banderas, no es profeta en la plazas norteafricanas. Su islamofofobia se da bruces con una sociedad que tiene más del 40% de musulmanes y cierra filas ante cualquier agresión exterior sin mirar la religión del vecino.

 España en EL PAÍS

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