Ocaso en la frontera de la buena vecindad entre Ceuta y Marruecos

Frontera hispano-marroquí de Ceuta en 2005.

Ceuta es tierra rara. Rara porque es Europa, pero está en África; porque uno puede nadar del mar al océano; porque en ella conviven en armonía no tres, sino cuatro culturas: musulmana, cristiana, hebrea e hindú. Así rezaba la campaña publicitaria que el año pasado animaba al turismo a visitar el curioso e inexplorado enclave español cuya frontera con Marruecos en el Tarajal explotó la semana pasada con el cruce de más de 70.000 personas, originando una crisis humanitaria que acabó con decenas de muertos bajo el agua. La ciudad aún no recobra el pulso, pero el espigón que divide los territorios ya se ha prolongado en una barrera flotante de medio kilómetro. Más puertas al mar que acartonan la fluida relación que en otros tiempos tuvieron a un lado y otro de la raya, cuando no se sellaba ni el pasaporte, dicen los que añoran aquellos tiempos en que el domingo se pasaba a Marruecos a comprar el pan y los dulces y los marroquíes entraban a España y salían cargados de cualquier cosa que cupiera bajo las mantas que se echaban a la espalda. La pandemia de coronavirus cerró las puertas de par en par en 2020, dando el golpe de gracia a un trasiego comercial, social y cultural que ya venía dañado, entre otras cosas por las entradas migratorias.

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 En la ciudad, que alberga cuatro culturas, se añoran los años del paso fluido hacia Marruecos, enrarecido ahora con la migración y moribundo desde la pandemia  Frontera hispano-marroquí de Ceuta en 2005.

Ceuta es tierra rara. Rara porque es Europa, pero está en África; porque uno puede nadar del mar al océano; porque en ella conviven en armonía no tres, sino cuatro culturas: musulmana, cristiana, hebrea e hindú. Así rezaba la campaña publicitaria que el año pasado animaba al turismo a visitar el curioso e inexplorado enclave español cuya frontera con Marruecos en el Tarajal explotó la semana pasada con el cruce de más de 70.000 personas, originando una crisis humanitaria que acabó con decenas de muertos bajo el agua. La ciudad aún no recobra el pulso, pero el espigón que divide los territorios ya se ha prolongado en una barrera flotante de medio kilómetro. Más puertas al mar que acartonan la fluida relación que en otros tiempos tuvieron a un lado y otro de la raya, cuando no se sellaba ni el pasaporte, dicen los que añoran aquellos tiempos en que el domingo se pasaba a Marruecos a comprar el pan y los dulces y los marroquíes entraban a España y salían cargados de cualquier cosa que cupiera bajo las mantas que se echaban a la espalda. La pandemia de coronavirus cerró las puertas de par en par en 2020, dando el golpe de gracia a un trasiego comercial, social y cultural que ya venía dañado, entre otras cosas por las entradas migratorias.

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