Harry Halbreich sostenía, en su célebre análisis para L’Avant-Scène Opéra, que Falstaff es la única ópera de Giuseppe Verdi cuya verdadera estrella, descontado el protagonista, se sienta en el foso. La velocidad del discurso, la filigrana orquestal y la complejidad de los concertantes hacen que una producción se juzgue antes por la batuta que por las gargantas. Por eso hablamos del Falstaff de Toscanini, Karajan o Giulini antes que del de Valdengo, Gobbi o Bruson. Pocas veces se confirmó tanto ese juicio como el pasado jueves en el Liceu, donde Josep Pons se despidió, tras 14 años como director musical, con la misma partitura que Verdi eligió para despedirse de la escena.
Falstaff
Música de Giuseppe Verdi. Libreto de Arrigo Boito basado en Las alegres comadres de Windsor y Enrique IV, de William Shakespeare.
Luca Salsi, barítono (Sir John Falstaff); Lucas Meachem, barítono (Ford); Santiago Ballerini, tenor (Fenton); Josep Fadó, tenor (Doctor Cajus); Pablo García-López, tenor (Bardolfo); Alessio Cacciamani, bajo (Pistola); Carolina López Moreno, soprano (Sra. Alice Ford); Serena Sáenz, soprano (Nannetta); Daniela Barcellona, mezzosoprano (Sra. Quickly); Gemma Coma-Alabert, mezzosoprano (Sra. Meg Page).
Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu.
Director del coro: Pablo Assante.
Dirección musical: Josep Pons.
Dirección de escena: Laurent Pelly. (Reposición: Benoît De Leersnyder)
Gran Teatre del Liceu, 9 de julio. Hasta el 19 de julio.
Josep Pons cierra 14 años como director musical del teatro barcelonés con la última ópera de Verdi, en la teatral producción de Laurent Pelly y con Luca Salsi al frente de un reparto donde brilló el cuarteto femenino
Harry Halbreich sostenía, en su célebre análisis para L’Avant-Scène Opéra, que Falstaff es la única ópera de Giuseppe Verdi cuya verdadera estrella, descontado el protagonista, se sienta en el foso. La velocidad del discurso, la filigrana orquestal y la complejidad de los concertantes hacen que una producción se juzgue antes por la batuta que por las gargantas. Por eso hablamos del Falstaff de Toscanini, Karajan o Giulini antes que del de Valdengo, Gobbi o Bruson. Pocas veces se confirmó tanto ese juicio como el pasado jueves en el Liceu, donde Josep Pons se despidió, tras 14 años como director musical, con la misma partitura que Verdi eligió para despedirse de la escena.
Pons no es un especialista en Verdi, y su lectura se mantuvo fiel al mestre afín a la modernidad que durante casi tres lustros ha dirigido funciones memorables de Debussy, Berg o Shostakóvich. Ya se percibió hace tres años en su Macbeth, de extraños tintes expresionistas, y este Falstaff confirmó la tendencia: creció conforme la partitura se acercaba al siglo XX. El primer acto sonó preciso y transparente, aunque más sinfónico que teatral. Faltó chispa en el endiablado arranque de la Jarretera y nervio en la tarantela de las comadres.
La función despegó en el segundo acto, sobre todo en su tramo final, con la asombrosa superposición de cinco planos: las réplicas sotto voce de los hombres, los tresillos risueños de las comadres, el coro de vecinos, los resoplidos de Falstaff sepultado en la cesta y el dúo de los enamorados tras el biombo. Pons condujo el conjunto con pulso firme hasta el patatrac que arroja al epicúreo barrigón al Támesis. Pero lo mejor llegó con la noche. En el mundo feérico del parque de Windsor, ya en el tercer acto, encontró por fin su ópera: desde el prodigio armónico de las doce campanadas hasta las sonoridades de telaraña del ballet de las hadas, allí donde el último Verdi se asoma a un siglo que ya no vería.

Ese pacto entre foso y escena que Halbreich juzgaba imprescindible, so pena de caos, lo encarna a la perfección la extraordinaria producción de Laurent Pelly, nacida en el Teatro Real en 2019 y llegada a Barcelona tras pasar por Bruselas y Nápoles. El régisseur francés plasma idealmente la mezcla de grotesco y sublime de Shakespeare a partir del genial libreto de Arrigo Boito y de la música que ese libreto enciende en Verdi. Traslada la acción a mediados del siglo XX, con una escenografía de Barbara de Limburg que contrapone la taberna decrépita y mugrienta de la Jarretera, una caja que se descompone escena a escena, al laberinto burgués de escaleras imposibles, casi escherianas, de la casa de los Ford, antes de desembocar en un bosque de espejos realzado por la iluminación de Joël Adam.
Como siempre en Pelly, su propio vestuario perfila a cada personaje dentro de una dirección de actores de precisión relojera, donde la comedia nunca excluye un poso de melancolía. Mantiene legible la enrevesada intriga y convierte en teatro cuanto cuenta la orquesta, como si cada gesto escénico naciera de un compás de Verdi. La reposición, dirigida por Benoît De Leersnyder, perdió, sin embargo, algo de esa precisión y quedó levemente por debajo de otras producciones de Pelly vistas esta temporada en los teatros españoles: Eugenio Oneguin en Les Arts, El sueño de una noche de verano en el Maestranza o La novia vendida en el Teatro Real.
En el reparto, Luca Salsi fue el gran triunfador de la noche, aunque su Falstaff trazó una curva similar a la del foso. El barítono italiano, convertido en referencia del personaje desde que lo debutó hace casi seis años, comenzó frío, con un monólogo del honor algo tosco y tirante. Creció en el segundo acto, desde Va, vecchio John hasta su gran duelo con Ford, y alcanzó su mejor momento en el tercero. Allí encontró la flexibilidad y la musicalidad necesarias para fundir truculencia y melancolía en Mondo ladro, la meditación del caballero calado hasta los huesos, culminada con ese trino del vino que contagia su risa a toda la orquesta.
El barítono estadounidense Lucas Meachem extrajo de su instrumento lírico la contundencia y los contrastes necesarios para dar entidad a su debut como Ford. Destacó en la gran escena de los celos, È sogno? o realtà?, pese al escaso mordiente de su dicción italiana. Y el tenor argentino-italiano Santiago Ballerini fue un buen Fenton di grazia, que lució fraseo y sutileza dinámica en el soneto Dal labbro.

No obstante, el cuarteto femenino fue superior. Empezando por la soberana Alice Ford de la soprano boliviano-albanesa Carolina López Moreno, excelente también en lo escénico, que deslumbró en el relato del Cazador Negro que urde la mascarada final: una irresistible parodia, casi de Grand-Guignol, del Verdi más tenebroso. Otro tanto cabe decir de la Nannetta de la barcelonesa Serena Sáenz, que brilló en Sul fil d’un soffio etesio, el aria mágica del último cuadro, mecida por esas cuerdas arácnidas con las que Verdi parece evocar a la reina Mab de Berlioz. La mezzosoprano italiana Daniela Barcellona reeditó su desternillante Quickly, resuelta desde el magisterio belcantista, aunque forzara un punto el color de sus Reverenza!. Y la gerundense Gemma Coma-Alabert cumplió como una Meg Page de emisión homogénea, buena dicción y probada solvencia escénica.
Bien los tres comprimarios: el característico Doctor Cajus del tenor Josep Fadó, un clásico de la casa; sobre todo, el convincente tenor de carácter Pablo García-López como Bardolfo; y el sobrado Pistola del bajo Alessio Cacciamani. Tampoco cabe olvidar otra notable prestación del Coro del Liceu, cuya sección masculina se transforma en un regimiento de sosias de Ford y que lució al completo en la mascarada nocturna del tercer acto.

Todo culminó en la fuga final, Tutto nel mondo è burla, destello ideal y verdadero broche de la velada. Pons la desgranó con ligereza mozartiana: desde el sujeto, que arranca con ese salto de séptima descendente que ha rebuznado toda la noche a costa de los burlados, hasta el contrasujeto donde se esconde el dalle due alle tre, pasando por la parada en seco sobre la séptima disminuida y el Tutti gabbati a media voz que solo se atreven a corear los hombres, pues ellas nunca son las burladas.
No deja de ser un guiño del destino que la única otra ópera de Verdi rematada por una fuga sea Macbeth, precisamente el otro título verdiano que Pons ha dirigido en este teatro: entre ambas fugas shakespearianas queda enmarcada toda una etapa. Verdi despidió el autógrafo de la partitura con un congedo de su puño y letra: “Va, va, vecchio John. Cammina per la tua via, finché tu puoi… Addio!!!”. El jueves sonó a dedicatoria.
Falstaff
Música de Giuseppe Verdi. Libreto de Arrigo Boito basado en Las alegres comadres de Windsor y Enrique IV, de William Shakespeare.
Luca Salsi, barítono (Sir John Falstaff); Lucas Meachem, barítono (Ford); Santiago Ballerini, tenor (Fenton); Josep Fadó, tenor (Doctor Cajus); Pablo García-López, tenor (Bardolfo); Alessio Cacciamani, bajo (Pistola); Carolina López Moreno, soprano (Sra. Alice Ford); Serena Sáenz, soprano (Nannetta); Daniela Barcellona, mezzosoprano (Sra. Quickly); Gemma Coma-Alabert, mezzosoprano (Sra. Meg Page).
Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu.
Director del coro: Pablo Assante.
Dirección musical: Josep Pons.
Dirección de escena: Laurent Pelly. (Reposición: Benoît De Leersnyder)
Gran Teatre del Liceu, 9 de julio. Hasta el 19 de julio.
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