Stevie Wonder: el sumo sacerdote del soul sigue obrando milagros

A juzgar por los parámetros que ahora mismo se estilan en el consumo de la música popular, el álbum en estudio número 18 de Stevie Wonder lo tendría hoy muy difícil para conseguir un contrato discográfico en condiciones. Frente al criterio de que las canciones han de explotar y agitarse desde los primeros segundos para que el oyente no salte de pista (o de vídeo en TikTok), Songs in the Key Of Life subía el telón con una pieza lentísima de siete minutos, Love’s in Need of Love Today, que se asemeja más a una oración absorta que a una mera balada sobre el amor y la empatía. Y a diferencia de tantos discos fugacísimos que apenas superan la media hora, porque ahora nadie tiene tiempo para nada, tomaba cuerpo como un orondo elepé doble de 104 minutos que involucró a 130 músicos en el estudio durante dos años de trabajo.

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 El artista conmemora con una gira los 50 años de ‘Songs in the Key of Life’, un disco doble que dejó pequeño cualquier hito de la música afroamericana. Asistimos a su concierto en Estocolmo  

A juzgar por los parámetros que ahora mismo se estilan en el consumo de la música popular, el álbum en estudio número 18 de Stevie Wonder lo tendría hoy muy difícil para conseguir un contrato discográfico en condiciones. Frente al criterio de que las canciones han de explotar y agitarse desde los primeros segundos para que el oyente no salte de pista (o de vídeo en TikTok), Songs in the Key Of Life subía el telón con una pieza lentísima de siete minutos, Love’s in Need of Love Today, que se asemeja más a una oración absorta que a una mera balada sobre el amor y la empatía. Y a diferencia de tantos discos fugacísimos que apenas superan la media hora, porque ahora nadie tiene tiempo para nada, tomaba cuerpo como un orondo elepé doble de 104 minutos que involucró a 130 músicos en el estudio durante dos años de trabajo.

¿Incontinencia sin freno? ¿Un delirio megalómano? ¿El consabido trabajo doble que, según una de las cantinelas más repelentes de la crítica, “habría sido mejor como sencillo”? No a todo. Según un reciente artículo de la revista Rolling Stone, nos encontramos ante el mejor álbum del prodigioso año 1976, lo que equivale a bendecirlo como uno de los más inmarcesibles de todos los tiempos. La obra cumbre de un genio precoz al que le fue revelado el título con el que pasará a la posteridad (“Canciones en la clave de la vida”) durante un sueño y que desde ese momento se propuso “escribir sobre tantos asuntos distintos como fuera capaz”. Un reto abrumador que se tradujo en 21 canciones, esbozos de otro centenar largo y hasta la reacción entre cómica y resignada de su nutrido equipo de grabación, que terminó imprimiéndose unas camisetas con el lema “Are We finished yet?” (“¿Hemos terminado ya?”).

Stevland Hardaway Morris es hoy un viejito algo torpe y encorvado de 76 primaveras, pero, por lo que comprobamos este jueves en el 3Arena de Estocolmo, conserva casi intacto su inmenso talento vocal y es capaz de entusiasmar durante tres horas, con un pequeño descanso de 15 minutos, a un pabellón abarrotado con 16.000 almas que contravenían todos los tópicos: el público sueco sabe ser fervoroso cuando la ocasión lo requiere (y esta, por la profusión de lágrimas, bien lo merecía) y un señor septuagenario y sin disco nuevo desde 2005 bien puede entusiasmar a una audiencia, asómbrense, mayoritariamente joven.

Wonder ha decidido embarcarse en una gira europea y estadounidense para conmemorar el medio siglo de Songs in the key… La singladura no contempla, ¡ay!, ninguna escala española, pero refrenda con un despliegue casi histórico la inmortalidad de aquel cancionero imborrable. El prodigioso multiinstrumentista y compositor de Míchigan convoca a docena y media de sus músicos de confianza —entre ellos, seis coristas y otros tantos integrantes de la sección de metales—, y agrega una orquesta de pequeño formato y la codirección musical del bajista Nathan Watts y el teclista Greg Phillinganes, que cinco décadas atrás ya estuvieron involucrados en la gestación de su obra magna.

Nadie sobra, porque aquella panoplia sonora lo abarca todo: desde la abrumadora solemnidad del góspel (As) a la apoteosis del orgullo negro y barrial (Black Man), la herencia africana (Ngiculela), los sintetizadores cósmicos (Have a Talk with God, Saturn), la balada ardorosa (Knocks Me Off My Feet: nada que ver con los chorretones de melaza que dispararía ocho años más tarde I’ve Just Called to Say I Love You), el delirio de jazz-fusión del instrumental Contusion, el fabuloso despliegue de metales en el homenaje a Duke Ellington (Sir Duke) o la avalancha sonora de I Wish, un virulento seísmo de funk al que no volveríamos a asistir durante el siglo pasado hasta el advenimiento del añorado Prince. Y todo ello por no hablar de los prodigios más clásicos: sección de cuerdas y voz para Village Ghetto Land y solo de voz y arpa clásica para If It’s Magic, uno de los momentos más extraordinariamente conmovedores de la noche.

Stevie ejerce como líder bonachón y sonriente, presume de padre enumerando uno por uno a sus retoños (¡nueve!) y enrolando a dos de ellos entre sus coristas (Mandla y Aisha; esta, la destinataria medio siglo atrás de Isn’t She Lovely, que inmortalizaba sus balbuceos en la bañera). Recorre Songs in the Key of Life de principio a fin, sin renunciar a sus rarezas (el instrumental para armónica Easy Goin’ Evening, el jugueteo del swing a la antigua usanza en Ebony Eyes) y haciendo bueno el raro milagro de aquellos álbumes que, como le sucediera a Carole King con su Tapestry (1971), son mejores que cualquier grandes éxitos de sus firmantes. Regala el trepidante Superstition como bacanal de despedida y a veces desliza alguna sorpresa fuera de guion, que en la capital sueca fue una lectura cándida, improvisada y muy espiritual de Imagine.

El clasicazo de John Lennon le sirvió a Wonder para proclamar, entre vítores: “Yo no creo en las armas. Yo no creo en la destrucción”. El sumo sacerdote de la música negra no se prodiga en parlamentos, pero en la alocución inaugural apaga por completo las luces para sumergirnos en su invidencia y enseñarnos “a mirar con los ojos cerrados la belleza de la esperanza, del desconsuelo y la pena, porque los sonidos del dolor también son hermosos y nos invitan a decir: querido Dios, déjanos cantar eternamente”.

Más incisivo se mostró al comienzo de la segunda parte del concierto, cuando nos animó a ahondar “en la bondad humana” y “apartarnos de toda esa mierda”. Fue una sola palabra (“bullshit”) pronunciada con tanto énfasis que a todo el pabellón le pareció tácitamente dedicada al inquilino de la Casa Blanca.

Espiritualidad. Orgullo racial. Conciencia social. Amor carnal y paternofilial. La herencia de los predecesores artísticos y del continente negro. Hace ahora medio siglo, un Stevie Wonder que ya había encadenado con Innervisions (1973) y Fulfillingness’ first finale (1974) sendos Grammys al mejor trabajo del año, se propuso rubricar el contrato discográfico más lucrativo de la historia. Berry Gordy, el mandamás de la Motown, tuvo que colocar un adelanto de 13 millones de dólares sobre la mesa para asegurarse que no habría fuga de cerebros. A cambio, Stevland Morris le entregó (y nos regaló) uno de los artefactos sonoros más pantagruélicos de la historia, un diccionario enciclopédico del soul y otros géneros derivados que, 50 años después, sigue siendo su pasaporte a la gloria eterna.

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