La magnitud del desastre en Venezuela tras los terremotos deja en estado de shock a la población. «La Guaira está destruida, y con ella mi casa» La magnitud del desastre en Venezuela tras los terremotos deja en estado de shock a la población. «La Guaira está destruida, y con ella mi casa»
Beatriz Lugo no ha salido todavía del shock y mucho se teme que tardará en hacerlo. Refugiada en su casa del área metropolitana de Caracas, … trata de apagar los ecos que se suceden en su cabeza de la tierra temblando, sus vecinos bajando despavoridos por las escaleras, las sirenas inundándolo todo con su ulular, el caos adueñándose de las calles… y ella atrapada en un ascensor; sin luz, con las puertas bloqueadas, la sensación de que todo se desmoronaba a su alrededor y el temor a quedar sepultada en vida. «Jamás había pasado tanto miedo. El elevador está un poco alejado de los espacios comunes y temía que nadie oyese mis gritos. Era como vivir una pesadilla y hacerlo desde dentro, terriblemente angustiada».
Encerrada en aquel hueco claustrofóbico, Beatriz se desgañitaba tratando de que alguien reparase en ella. Finalmente, sus vecinos rompieron a golpes la puerta y lograron extraerla de la cabina. Pero el peligro no había pasado, las réplicas se sucedían y desaconsejaban volver a los hogares, incluso en Los Naranjos, su barrio de Hatillo, donde Beatriz ha residido desde hace años, la mayoría con su marido Domingo, un gallego de Quiroga a quien el cáncer se llevó hace apenas trece meses. La suya es -o lo era hasta ayer- una zona residencial tranquila, hasta donde todas las tardes se acercan en busca de comida bandadas de guacamayos que anidan en el cercano Parque Nacional El Ávila; un distrito alejado de los ‘cerritos’, las áreas chabolistas donde la delincuencia campa a sus anchas y el chavismo ha tenido siempre sus principales semilleros.
«Eran las diez de la noche, estábamos todos en la calle y nadie se atrevía a subir a sus casas. A mí me dio el tiempo justo de cambiarme de ropa por si la cosa empeoraba y a llenar una maletita con mis medicinas». Allí, el terremoto no había hecho colapsar edificios, pero en el interior de las viviendas, el suelo está alfombrado de gavetas, estanterías y cristales rotos. «Los frisos cuarteados, las paredes agrietadas, las cornisas rotas… y muchas, muchas puertas desencajadas». A Beatriz le llegan noticias del resto del país: de Naguanagua, de Morón, de Puerto Cabello, de Maracay… y, por supuesto, de La Guaira, donde tiene una casa que ya da por perdida ante la magnitud de la tragedia. «Al menos, la familia y los amigos están bien, hasta dónde yo sé ahora». Su desasosiego encuentra el campo abonado, después de años de chavismo e impunidad en las calles -su marido fue secuestrado y liberado a cambio de un rescate-: «¿Qué hemos hecho para que nos toque sufrir este calvario? Nos habíamos librado de Maduro y ahora esto. Sólo queda rezar a Dios para que nos ayude a salir del paso», implora.
Mientras, la destrucción se extendía como un reguero de pólvora por barrios de la capital como San Bernardino, Altamira, Palos Grandes… el casco antiguo, donde residen muchos españoles descendientes de exiliados y, en general, personas mayores; los rascacielos colapsando como castillos de naipes y las calles reducidas a avenidas de escombros.
600 atrapados en El Ávila
Al amanecer el dramático cómputo de las autoridades hablaba de 123 edificios destruidos, 130 con daños estructurales, 159 parcialmente afectados… A Camila Montenegro, cuyos padres emigraron a España hace ya años, el terremoto la sorprendió de vacaciones con su padre en el cerro El Ávila, que se yergue como un centinela entre las playas de La Guaira y la capital. Allí pasó toda la noche debido al cierre por seguridad del teleférico (los fuertes vientos que se desataron tras el seísmo y la necesidad de revisar el mecanismo desaconsejaban su uso), todavía aterida de frío y rodeada de «unas 600 personas» atrapadas como ella.
«Eran las seis de la tarde cuando nos llegó una alerta por el móvil y cuatro segundos después se fue la luz y empezó todo a temblar. Estábamos comiendo en la zona de Galipán, que tuvimos que desalojar, y a escasos metros de allí, a la vista de todos, se desplomó otro restaurante». Llegaron las réplicas y el nerviosismo hizo presa en la concurrencia. Lo primero era llamar a las familias para tranquilizarlas, pero muchos de los que estábamos allí habían perdido a algún familiar o les habían dado por desaparecidos entre los cascotes. «Tardamos dos horas en volver andando al punto de partido y esta vez buscamos refugio en el Hotel Humboldt, donde había varios heridos. La gente pensaba que no iba a aguantar la estructura y estábamos todos aterrados. Yo conté 25 réplicas».
«Nadie puede controlar a la naturaleza», desliza resignado Carlos, el padre de Camila. Tras una noche en blanco, los atrapados decidieron bajar andando a la capital -«una caminata de 3 horas», calculaban- con mucho temor e incertidumbre por lo que les esperaba en el llano. Desde la cumbre habían visto signos de la destrucción, tanto del lado de La Guaira como del de Caracas, entre columnas de humo que se elevaban al cielo y edificios que habían perdido la vertical o desaparecido directamente.
Entre los españoles a los que la tragedia ha sorprendido en Venezuela estaba también la futbolista y Balón de Oro Alexia Putellas, que ayer lanzaba un mensaje por redes sociales para tranquilizar a su parroquia. «Estamos a salvo». O el concejal vitoriano del PP Aitor González, que cuando la tierra empezó a temblar se encontraba en Naiguatá, un pueblo de costa a cuarenta minutos de Caracas famoso por su fiesta de los tambores.
«Las calles estaban abarrotadas y fue terrible sentir cómo esa vibración te recorría el cuerpo, los postes eléctricos moviéndose de un lado a otro, las cornisas desprendiéndose de las fachadas y las madres buscando a sus niños entre el tumulto». Gonzalo recuerda que en ese momento se fue la luz y perdieron la señal de internet. «Sólo pensábamos en salir del pueblo, pero las salidas estaban colapsadas, las carreteras cortadas por desprendimientos… los únicos vehículos que veías eran motos para sortear las rocas que lo cubrían todo».
Al igual que sucedía en el resto del país, las réplicas fueron una constante toda la noche. «Estamos a expensas de que vuelva la energía, de que abra alguna tienda y podamos comprar algo de comer… La gente está tranquila porque al menos de momento tiene la despensa llena, pero quieren comunicarse con sus seres queridos y cuando no lo consiguen, sucumben a la ansiedad». Pero en este escenario donde uno descubre que la solidaridad es un valor al alza. «Unos pescadores nos han regalado un bidón de gasolina, un producto fundamental para mantener en marcha los generadores».
El rescatista de México D.F.
A Carlos Pineda, el mundo se le vino literalmente encima cuando acompañaba a un amigo para hacer una gestiones en el banco. La violencia de las sacudidas devolvió a su memoria escenas que pensaba no iba a volver a vivir jamás. «Con 24 años me fui de rescatista a México cuando sobrevino el terremoto que redujo a escombros amplias zonas del D.F.», relata. Ahora, casi cuatro décadas después, ha removido sensaciones que creía olvidadas, «primero una sacudida de adelante a atrás, seguida de otro movimiento extraño, como si cabalgaras una ola y sientes que la espuma sube y sube». Treinta y nueve segundos mediaron entre ambos seísmos, un lapso en apariencia minúsculo pero que se ha cobrado un tributo en vidas cuyo alcance real aún se desconoce.
Pineda es consultor y reside en Valencia, una ciudad del norte de Venezuela situada más cerca de Yacuray, epicentro del movimiento telúrico, que Caracas, pero donde paradójicamente la intensidad de las sacudidas fue menor, «aunque varias torres se han venido abajo y edificios como el Colegio Universitario de Administración y Mercadeo, CUAM, han quedado asimismo destruidos. También el hotel Hesperia sufrió daños, con parte de las baldosas de la fachada precipitándose a la calle», asegura.
Dicen que la experiencia es un grado, así que Carlos se anima a especular con lo que está por venir, ahora que países como República Dominicana, Colombia, Estados Unidos o la propia España han transmitido ya su compromiso de enviar ayuda humanitaria. «Las primeras 24 horas van a ser vitales. Primero hay que buscar a los desaparecidos, rescatar a las personas con vida; y después, asegurar los espacios para que los rescatistas y quienes les ayudan puedan hacer su trabajo sin que peligre su vida. También hay que trasladar a los heridos y a los cadáveres». Y lo más importante, conseguir que las ciudades recuperen su pulso lo antes posible, «devolviendo el abastecimiento a muchos sitios donde se han quedado sin servicios básicos como agua y luz, y restablecer el transporte allí donde está comprometido», dice en referencia al cierre del metro o la cancelación de vuelos en el aeropuerto internacional de Maiquetía. El desafío que se abre por delante es descomunal.
Entretanto, María Torres, periodista de sandyaveledo.net, trata de capear el temporal sin dejar ningún flanco descuidado. Habla de equipos de rescate, de estados de emergencia, de suspensión de clases, de centros de acogida para hacer frente al primer embate de la crisis humanitaria… A ella el seísmo la pilló en su casa de Naguanagua, en Carabobo, y a la estupefacción inicial le siguió una sinfonía de ruidos, carreras por la escalera, comunicaciones interrumpidas. «Me conecté a las redes y no podía creer lo que estaba viendo, la magnitud del desastre y los testimonios desgarradores. Fue muy conmovedor».
RSS de noticias de internacional
