Un día cualquiera en el hospital: no hay camas libres en Psiquiatría y cuatro personas esperan en Observación tras un intento de suicidio. Una chica de dieciséis años está tranquila y trae la explicación hecha: subió una foto suya en bañador y le llovieron burlas y comentarios crueles sobre su peso (siempre hay magníficas personas dispuestas a ello). Se limita a repetir tres palabras, “no puedo más”, y mira lacónicamente a la pared. Cuando por sorpresa le pregunto qué hace los sábados, tarda mucho más en contestar. Antes nadaba. Lo dejó en tercero de la ESO. Los domingos los pasa haciendo scroll en el móvil. No menciona un club, ni un grupo, ni una tarea, ni nadie que la esperara en ningún sitio a ninguna hora.
Un intento de quitarse la vida rara vez tiene una sola causa. Detrás del motivo que trae el paciente puede faltar algo más elemental: alguien que le espere, algo que hacer, alguna razón por la que merezca la pena que haya un mañana
Un día cualquiera en el hospital: no hay camas libres en Psiquiatría y cuatro personas esperan en Observación tras un intento de suicidio. Una chica de dieciséis años está tranquila y trae la explicación hecha: subió una foto suya en bañador y le llovieron burlas y comentarios crueles sobre su peso (siempre hay magníficas personas dispuestas a ello). Se limita a repetir tres palabras, “no puedo más”, y mira lacónicamente a la pared. Cuando por sorpresa le pregunto qué hace los sábados, tarda mucho más en contestar. Antes nadaba. Lo dejó en tercero de la ESO. Los domingos los pasa haciendo scroll en el móvil. No menciona un club, ni un grupo, ni una tarea, ni nadie que la esperara en ningún sitio a ninguna hora.
Vaya por delante algo: una tentativa de suicidio no tiene una sola causa. La explicación que trae el paciente —el acoso, la ruptura, el suspenso— suele ser el último eslabón de una cadena montada durante meses o años. Aquellos comentarios importaron, pero porque no había casi nada más. Y lo que faltaba no era una cosa, sino tres, que solemos meter en el mismo saco, aunque se pierdan por separado. El vínculo responde a quién me espera; el propósito, a qué tengo que hacer mañana; el sentido, a por qué merece la pena que haya un mañana.
El vínculo es el más obvio de los tres y el que puede salvar más vidas. Motto y Bostrom aleatorizaron, en San Francisco, a 843 pacientes que habían rechazado seguir en tratamiento tras un ingreso por depresión o riesgo suicida; a la mitad se le envió una carta breve, sin cita ni demanda de respuesta, al menos cuatro veces al año. Durante los dos primeros años murieron por suicidio menos personas en el grupo contactado. No hubo terapia, solo la prueba periódica de que alguien seguía ahí. Combatir la soledad y el aislamiento es una forma de prevención.
El propósito vital no hace referencia, necesariamente, a una vocación o una empresa colosal, sino a la sensación de que la propia existencia va en alguna dirección y de que hay algo, por pequeño que sea, que depende de uno. Es de las pocas cosas que se interponen entre afrontar una adversidad y llegar a la conclusión de que no hay salida. Una revisión sistemática sitúa la asociación entre sentido de la vida e ideación suicida en jóvenes en torno a —0,50 en países ricos e individualistas como el nuestro. Un metaanálisis con datos individuales de casi medio millón de personas asocia el propósito a un 30% menos de riesgo de morir, lo cual es bastante impresionante. Pero conviene no forzarlo demasiado: al reanalizar una de esas cohortes, dos investigadores encontraron que, con mejores medidas de la salud de partida y excluyendo a quienes ya estaban graves, la ventaja se encoge hasta casi desaparecer. El deterioro físico apaga el propósito tanto como el propósito protege del deterioro, o sea que la flecha va en los dos sentidos.
El eslabón que une todas estas pérdidas se llama desesperanza. Beck siguió durante años a casi dos mil pacientes ambulatorios y quienes puntuaban alto en su escala tenían once veces más riesgo de morir por suicidio. No predecía la tristeza ni la intensidad del sufrimiento, sino la opinión del paciente sobre su tiempo futuro. La desesperanza es una creencia sobre el porvenir, que sin vínculo ni propósito se queda vacío y a oscuras.
Quienes parecen sobrellevar bien las temporadas malas rara vez tienen un propósito grandioso: tienen varios pequeños y repartidos. El perro que hay que sacar aunque llueva, el entrenamiento de los martes, el nieto, el coro, la tertulia, el turno de los jueves en el banco de alimentos. Quien lo concentra todo en una sola cosa parece quedar expuesto a que desaparezca. Aquella chica lánguida lo tenía en un único sitio —encontrar su hueco en un triste grupo de pares virtuales—, y ese sitio era el que la estaba juzgando con saña. Es una cartera de razones para vivir: conviene que no cotice entera en el mismo mercado.
Hay una película tan vista que casi no la vemos: ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra. Se despacha cada diciembre como cuento navideño, pero a George Bailey no lo salva ninguna gran misión. Lo salva comprobar, casa por casa, que mucha gente contaba con él para cosas menores: un préstamo, una farmacia, un tejado que no se cae. No se trataba de un gran propósito, sino de muchos, pequeños, y había dejado de verlos.
Hay todavía un tercer piso, al que uno solo sube cuando ya no queda nada que hacer, y la literatura lo ha descrito maravillosamente. En La muerte de Iván Ilich, Tolstói deja al moribundo entre una familia que finge todo el rato y unos médicos que discuten absurdamente sobre un riñón flotante; el único que lo alivia es Guerásim, el criado que le sostiene las piernas y no le miente. Allí ya no cabe ningún propósito: no hay nada que Iván tenga que hacer mañana. Pero queda Guerásim, que no le ofrece consuelo ni explicación, solo unas piernas sostenidas y la verdad. Esa presencia, que no arregla nada, permite que morir signifique algo distinto de un absurdo (lección para los profesionales sanitarios).
Lo que protege es disponer de un marco en el que el sufrimiento no sea puro absurdo y la propia vida no se agote en uno mismo. El sentido puede ser religioso o no: una causa, un oficio entendido como servicio, una lealtad. En un ensayo con 253 pacientes con cáncer avanzado, ocho sesiones de psicoterapia grupal centrada en el sentido —una intervención que William Breitbart diseñó a partir de Viktor Frankl— redujeron la desesperanza más que la psicoterapia de apoyo. Tiene un revés, porque el sentido impuesto desde fuera es dañino: decirle a una madre que todo pasa por algún motivo es de las frases más crueles que he escuchado en un tanatorio. La trascendencia no se receta (un psiquiatra intentándolo sería un espectáculo lamentable); a lo sumo se pregunta por ella —cosa que casi nunca hacemos―.
Con aquella chica no hicimos nada brillante. Tratamos lo que había que tratar, trabajamos con la familia y la convencimos, sin épica, de volver al agua dos días por semana. Sigue sin querer hablar de lo que pasó. Pero ahora tiene que estar en un sitio a una hora, y hay gente que nota si falta.
Al final de Middlemarch, George Eliot escribe que el bien del mundo depende en parte de actos que no entran en la historia, obra de quienes vivieron “una vida oculta” y descansan en tumbas que nadie visita. Lo leí como literatura, pero lo entiendo mejor ahora: casi todo lo que mantiene a una persona en pie es casi invisible, está escrito en minúsculas y a nadie se le ocurre contarlo, hasta que falta.
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