
El sueño siempre estuvo ahí. Estudios con algas unicelulares y bacterias emparentadas con las primeras formas de vida han encontrado genes que, en los animales actuales, intervienen y regulan el dormir. Una revisión de científicos del sueño muestra cómo esta necesidad es universal en el árbol de la vida. Pero también recuerda la enorme diversidad, tanto entre las distintas especies como entre las comunidades humanas. Solo con la llegada de la industrialización y la luz artificial se impuso la idea de las ocho horas. El trabajo, publicado en Brain Medicine, termina relacionando la aparición de los trastornos del sueño con las aristas del estilo de vida moderno.
Una revisión científica muestra cómo las comunidades tradicionales no duermen más pero sí se acuestan antes
El sueño siempre estuvo ahí. Estudios con algas unicelulares y bacterias emparentadas con las primeras formas de vida han encontrado genes que, en los animales actuales, intervienen y regulan el dormir. Una revisión de científicos del sueño muestra cómo esta necesidad es universal en el árbol de la vida. Pero también recuerda la enorme diversidad, tanto entre las distintas especies como entre las comunidades humanas. Solo con la llegada de la industrialización y la luz artificial se impuso la idea de las ocho horas. El trabajo, publicado en Brain Medicine, termina relacionando la aparición de los trastornos del sueño con las aristas del estilo de vida moderno.
La Sulfurimonas paralvinella es una bacteria muy investigada en los laboratorios. Para muchos que lo hacen, es un fósil viviente de cuando apareció la vida en la Tierra hace más de 3.500 millones de años. Aunque la S. paralvinella no existía entonces, sí su linaje. Ni sus lejanos parientes ni la bacteria actual duermen en sentido estricto, pero alternan periodos de actividad y reposo. Y en esa alternancia intervienen genes (como ortólogos) y rutas metabólicas que se repiten en la práctica totalidad de los seres vivos. Sin embargo, esa permanencia a lo largo de la evolución se manifiesta en un sinfín de formas.
Para los autores de esta revisión científica, la gran diversidad de formas de dormir muestra que, sobre la base genética, actúan una serie de presiones selectivas que dan forma al sueño. Los estudios que han revisado les llevan a concluir que “las presiones ecológicas, las necesidades metabólicas y el riesgo de depredación son algunos de los principales factores responsables de las diferencias entre especies en sus estrategias de sueño”. Eso explica que las especies presa, como los ungulados de la sabana africana, apenas duerman unas pocas horas y nunca seguidas, sino en breves siestas de unos minutos y de pie. Mientras, los leones, el principal depredador, pueden dormir hasta 20 horas al día. Algunas especies, como muchas aves y los cetáceos, han desarrollado estrategias que les permiten alternar los estados de vigilia y sueño en los dos hemisferios del cerebro.
El entorno también ha moldeado cómo duermen los humanos. Desde un punto de vista etnográfico, la oscuridad siempre ha sido una fuerza poderosa. Como la mayoría de los animales, las distintas especies humanas buscaban refugio en cuevas, escondites o puntos elevados al caer la noche. En la era preindustrial, la inmensa mayoría de la humanidad que no podía permitirse la suficiente iluminación se iba a dormir con el ocaso y se levantaba al amanecer. Las sucesivas innovaciones del siglo XIX que culminaron con la bombilla de Thomas Alva Edison universalizaron la iluminación artificial, acabando con aquel ritmo natural.
Los autores del estudio comparan lo que se sabe de los patrones de sueño de tres comunidades preindustriales de cazadores-recolectores actuales con los de los humanos de las sociedades modernas. Las tres poblaciones de la comparación son los hadza de Tanzania, los san de Namibia y los tsimane de Bolivia, que están entre las comunidades más estudiadas por los etnógrafos. Su forma de dormir sigue de cerca el ciclo local de luz y oscuridad, y duermen de una sola vez: no se han encontrado evidencias de patrones segmentados o bifásicos en estos grupos.
La ausencia del sueño por partes o bifásico en las comunidades tradicionales más estudiadas es relevante. Muchos estudiosos del sueño, empezando por el historiador estadounidense Arthur Roger Ekirch, han defendido que los humanos del pasado no dormían toda la noche de una vez. A comienzos de siglo, Ekirch publicó su libro At Day’s Close: Night in Times Past (algo así como Al final del día. La noche en el pasado). Tuvo un enorme impacto; acudió a muchas fuentes históricas para sostener que, al menos en la Europa medieval y moderna, muchos de los que se iban a dormir al caer la noche, volvían a la vigilia en torno a la medianoche y durante una o dos horas, que dedicaban al rezo, comer, limpiar o al sexo, antes de retomar el sueño al amanecer. Incluso en El Quijote se habla de los dos sueños que practica el caballero Alonso Quijano, en contraposición al de Sancho, que duerme desde el anochecer al amanecer.
“La literatura científica sigue preguntándose si dormimos menos que nuestros antepasados, y creemos que esa es la pregunta equivocada”, dice Seithikurippu Pandi-Perumal, primer autor de la revisión e investigador de la Universidad de Chandigarh (India). “Si comparamos los datos de campo con los registros históricos y con la genómica, lo que diferencia el sueño industrial del sueño preindustrial es cuándo se produce y con qué regularidad se repite, no cuántas horas ocupa”. De hecho, los tsimane, los hadza o los san duermen entre 6,4 y 7,1 horas al día.
Los cambios que produjeron primero el aceite de ballena y después Edison y sus bombillas, los cambios azuzados por la acelerada urbanización e industrialización, se resumen en cuatro aspectos que destacan los autores en sus conclusiones: El inicio del sueño se ha retrasado, desacoplándolo del ciclo sol-luna. La rutina diaria se perdió de diferentes formas, con la diferenciación del día en tres partes de ocho horas o la de la semana y el fin de semana, y la adaptación a la luz natural ha acabado por debilitarse. El cuarto aspecto está muy relacionado con los tres anteriores: los trastornos del sueño diagnosticables se han vuelto muy comunes. Sin embargo, aseguran, el número total de horas de sueño, el único indicador que predomina en el debate público y en los formularios de admisión clínica, es el que menos ha cambiado.
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