“¡Dale de una vez!”, le gritó un Bielsa malhumorado al cámara de FIFA que trataba de encuadrarlo correctamente para la entrevista rápida de final de partido, sin duda, una de las grandes paradojas de este Mundial: el entrenador que poco después se reconocería frustrado por el desinterés de sus propios futbolistas perdiendo los nervios con un trabajador que solo intentaba honrar su oficio. Y otra muesca para esa culata edición de coleccionistas a la que suelen agarrarse sus críticos cuando quieren demostrar que lo de El Loco es mucho más que un apodo, casi una incapacitación, siempre prestos a exagerar sus defectos en los momentos más espinosos de su carrera.
Quizás el entrenador tenga parte de razón y parte de culpa. Suya es la decisión de explicar el fútbol como si el mundo conservara la paciencia que tenía hace décadas
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Quizás el entrenador tenga parte de razón y parte de culpa. Suya es la decisión de explicar el fútbol como si el mundo conservara la paciencia que tenía hace décadas


“¡Dale de una vez!”, le gritó un Bielsa malhumorado al cámara de FIFA que trataba de encuadrarlo correctamente para la entrevista rápida de final de partido, sin duda, una de las grandes paradojas de este Mundial: el entrenador que poco después se reconocería frustrado por el desinterés de sus propios futbolistas perdiendo los nervios con un trabajador que solo intentaba honrar su oficio. Y otra muesca para esa culata edición de coleccionistas a la que suelen agarrarse sus críticos cuando quieren demostrar que lo de El Loco es mucho más que un apodo, casi una incapacitación, siempre prestos a exagerar sus defectos en los momentos más espinosos de su carrera.
La escena duró lo que duró: poco. Bielsa se disculpó con el cámara y compareció ante los periodistas en la rueda de prensa para dejar una de las reflexiones más interesantes del campeonato, puede que de la última década. “A nadie le interesaba lo que transmitía”, dijo tras asumir buena parte de la responsabilidad por la eliminación de su selección. A veces dice uno aquello de “la culpa es mía” y lo que piensa, en realidad, es “quémelos a todos menos a mí, carajo”, pero en el caso concreto de Bielsa sonó a confesión. La noticia, por tanto, no estaba en el enfado, sino en la tristeza que se filtraba en sus palabras. ¡Cómo no estarlo cuando has sido uno de los tipos que más horas de vida haya dedicado a explicar este bendito deporte! Todos sus excesos procedían de la misma obsesión: entender las tripas del fútbol es la mejor manera de jugarlo.
Sus palabras nos regalaron titulares de prensa con peso y reforzaron en sus creencias a quienes creen, por defecto o por despecho, que Fede Valverde es lo peor. Pero la suya también podría ser la confesión del maestro de provincias que un día descubre que ya nadie levanta la vista del pupitre salvo que se caiga internet o suene el timbre del recreo. Bielsa pertenece a esa generación que entendía el conocimiento como una tarjeta por acumulación. Los movimientos se repiten hasta que salen solos, los detalles importan y se analizan, los pases se estudian como quien observa Las Meninas hasta descubrir las pulgas al perro. Aprender lleva su tiempo y exige cierto grado de aburrimiento, por eso son tan pocos los eruditos y los balones de oro.

Hoy todo parece funcionar justo al revés. A los futbolistas hay que explicarles las cosas mientras reciben notificaciones en el teléfono, motivo por el cual empiezan a optar algunos entrenadores por el resumen de 20 segundos y la recompensa final. Explicar demasiado se ha vuelto un defecto, casi una descortesía hacia el niño talentoso que mantiene a su familia y anuncia desodorantes en spots sin mucho argumento. Si una idea necesita cinco minutos para desarrollarse mejor, convertirla en un vídeo con imágenes de Gladiator, música de Rosalía y una flecha roja señalando lo importante para que nadie tenga que descubrirlo por sí mismo o, aún peor, preguntarle al compañero.
Quizás Bielsa tenga parte de razón y parte de culpa. Suya es la decisión de explicar el fútbol como si el mundo conservara la paciencia que tenía hace 30 años. Siempre pensamos que el argentino libraba una guerra contra los dirigentes, los árbitros, los representantes, los calendarios, las nuevas reglas y todas las modas que le multiplican como hongos al fútbol moderno. Pero nos equivocamos. Su pelea no es contra el fútbol moderno, sino contra el mundo moderno. Y esa es una batalla que ni siquiera un loco puede ganar.
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