El Utspann, una vieja oficina de correos de cuando las cartas se despachaban a caballo y la oficina era un establo, es hoy el clásico bar. Madera, jarras, humo. Alguna silla de montar. También un robusto tirador Astra, la cerveza con el corazón y el ancla que se bebe en Hamburgo. Y en este barrio. Sven, dueño, camarero, psicólogo. Algunas madrugadas no cierra, y los clientes entran y salen como en la misa del Gallo. No duerme. Y si lo hace, solo tiene que subir al piso de arriba, señala con el dedo sonriendo. Nada se detiene alrededor de Reeperbahn, la arteria que atraviesa St. Pauli con sus clubes de striptease, antros de chupitos baratos y sexo callejero. El bar de Sven es un refugio frente la sordidez exterior. Pero esta noche nadie está para monsergas.
El Sankt Pauli, punta de lanza de una ola que recorre el mundo con el fútbol de barrio opuesto al negocio global, volvió a segunda división hace una semana
El Utspann, una vieja oficina de correos de cuando las cartas se despachaban a caballo y la oficina era un establo, es hoy el clásico bar. Madera, jarras, humo. Alguna silla de montar. También un robusto tirador Astra, la cerveza con el corazón y el ancla que se bebe en Hamburgo. Y en este barrio. Sven, dueño, camarero, psicólogo. Algunas madrugadas no cierra, y los clientes entran y salen como en la misa del Gallo. No duerme. Y si lo hace, solo tiene que subir al piso de arriba, señala con el dedo sonriendo. Nada se detiene alrededor de Reeperbahn, la arteria que atraviesa St. Pauli con sus clubes de striptease, antros de chupitos baratos y sexo callejero. El bar de Sven es un refugio frente la sordidez exterior. Pero esta noche nadie está para monsergas.
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