De forma inconsciente, Mario Rielo adoptaba ciertas posturas para que no se notara su malformación pectoral. En la playa, en la piscina, cuando se quitaba la camiseta, levantaba un brazo y se tocaba la nuca. El gesto estiraba el pecho, igualaba un poco la silueta, disimulaba la hendidura que tenía en un lado del tórax desde niño. “Me di cuenta con los años. No lo hacía pensando: no quiero que se me note esto. Directamente lo hacía”, cuenta ahora, cuatro meses después de la cirugía de reconstrucción que le hicieron en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, con una prótesis a medida hecha en su laboratorio 3D.
El hospital Gregorio Marañón adapta un implante a medida a un joven de 20 años con síndrome de Poland, una malformación visible en el tórax
De forma inconsciente, Mario Rielo adoptaba ciertas posturas para que no se notara su malformación pectoral. En la playa, en la piscina, cuando se quitaba la camiseta, levantaba un brazo y se tocaba la nuca. El gesto estiraba el pecho, igualaba un poco la silueta, disimulaba la hendidura que tenía en un lado del tórax desde niño. “Me di cuenta con los años. No lo hacía pensando: no quiero que se me note esto. Directamente lo hacía”, cuenta ahora, cuatro meses después de la cirugía de reconstrucción que le hicieron en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, con una prótesis a medida hecha en su laboratorio 3D.
Mario tiene 20 años, estudia Telecomunicaciones y nació con síndrome de Poland, una rara afección que afecta al desarrollo de los tejidos en la zona pectoral: al músculo, a la areola, al pezón o a la glándula mamaria, según los casos. En el suyo, la alteración principal era la ausencia parcial del pectoral mayor. Funcionalmente estaba bien. Podía hacer vida normal, pero en el pecho tenía una depresión que le acompañaba siempre. “Con ropa era difícil de ver desde fuera. En alguna foto se podía ver el relieve, como que la sudadera hacía un pequeño hueco hacia dentro. La gente no lo notaba, había que fijarse. Pero yo sí me lo veía”, dice.

El equipo de cirugía plástica del hospital Gregorio Marañón se ha ayudado de la unidad de impresión 3D del centro para reconstruir con precisión el defecto anatómico por primera vez: tomar como referencia el pectoral sano, generar su imagen especular y compararla con el lado afectado para saber qué volumen faltaba y qué forma debía tener la corrección.
“La unidad 3D nos ha permitido sacar un molde perfecto y exacto del defecto muscular. Y con este, hemos adaptado una prótesis comercial para que quede perfectamente ajustada”, dice Juan Cámara, cirujano principal en la operación.
El síndrome de Poland afecta a uno de cada 30.000 niños. Es lo suficientemente frecuente para que en el Gregorio Marañón tengan algún caso casi cada año. “De niño a veces no se nota. Se pone más de manifiesto con el desarrollo, cuando los músculos van cogiendo su forma definitiva”, explica José María Lasso, jefe de servicio de Cirugía Plástica en el hospital.
Mario recuerda haber sabido desde pequeño que tenía algo distinto. No lo vivió como un trauma, ni sufrió una experiencia concreta que le marcara, pero desde la adolescencia empezó a preguntarse si se podía corregir. “A partir de los 15 o 16, cuando empieza a preocuparte más la imagen física, pensé si lo podía arreglar de alguna manera”, cuenta. Primero le dijeron que había que esperar, que era mejor no intervenir hasta que el desarrollo estuviera más avanzado. Después llegaron las consultas, las opciones y la decisión.
Había tres caminos posibles. Uno era rellenar la depresión con su propia grasa. En Mario no era una buena solución: es delgado y no había suficiente tejido disponible. Otro camino era movilizar tejido dorsal para cubrir el defecto. Desde el punto de vista reconstructivo podía ofrecer un buen resultado, pero a Mario no le convencía: “Mi problema era meramente estético. Tener que quitar tejido de otra parte podía hacer que esa zona fuera más disfuncional. No era un problema que me importase tanto como para querer pasar un problema a otro lado”.
La tercera opción era el implante. Y ahí apareció el límite habitual de la cirugía: el cuerpo de cada paciente es único, pero las prótesis disponibles en el mercado suelen ser estandarizadas. La planificación 3D permitió reducir esa distancia.
El equipo médico subraya que esa es la clave. La prótesis ofrecía una solución menos agresiva, siempre que se pudiera ajustar bien. El molde 3D sirvió para elegir y adaptar la pieza con más precisión.
El hospital tiene licencia para usar los moldes que utilizan para hacer pruebas en los quirófanos, pero no para dejarlas implantadas en los pacientes. Por eso todavía se valen de las comerciales. El siguiente paso que quieren dar es que les den el sello CE para poder hacer sus propias prótesis, lo que ahorraría mucho dinero y permitiría artefactos más personalizados.

“La industria se va a resistir a esto, sobre todo en mama, que tiene mucho peso”, explica Lasso, que especifica que esta tecnología puede tener muchas aplicaciones más allá de las mamas.
Menciona reconstrucciones mandibulares, defectos de órbita, plastias craneales en pacientes que han sufrido accidentes o tumores, y malformaciones como el pectus excavatum, en la que el esternón aparece hundido. En algunos de esos procedimientos, la impresión 3D permite fabricar modelos, guías o piezas a medida que reducen la incertidumbre quirúrgica. Donde antes había que improvisar más, ahora se puede planificar con una geometría casi milimétrica.
El siguiente paso, a más largo plazo, sería crear prótesis biológicas con células madre. Esto es algo que el jefe de Cirugía Plástica considera que puede ser realidad en una década.
El caso de Mario representa un paso intermedio: no es aún la bioimpresión soñada, con estructuras fabricadas y quizá algún día pobladas con células del propio paciente, pero tampoco es la cirugía reconstructiva de siempre. Es una forma de transición entre dos mundos: el de la prótesis estándar y el de la reconstrucción verdaderamente personalizada.
Su cirugía se hizo en diciembre. La recuperación fue mejor de lo que esperaba. Tras unas primeras molestias, las propias de sentir un cuerpo extraño dentro, cuenta que la evolución fue muy buena.
“No resultó nada doloroso”, asegura. La movilidad volvió poco a poco con estiramientos. El resultado estético, que era el objetivo principal, le parece “genial”. “Ya de por sí es un gran avance pasar de la nada a que haya algo”, asegura. Sabe que al levantar los dos brazos se sigue notando que un lado no se comporta igual que el otro. Un músculo se contrae, se estira, se mueve; una prótesis, no. Pero la diferencia actual le parece mínima comparada con la anterior. Antes se advertía “en cualquier posición”.
De momento ya nota cambios pequeños: le cuesta menos quitarse la parte de arriba, lleva más camisetas de tirantes, aunque se sigue viendo una pequeña cicatriz que le importa bastante poco.
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