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Los acuerdos entre Trump y los ayatolás iraníes incluyen un desagradable elemento de imperialismo colonialista: los jefazos lo deciden todo, mientras que sus aliados o … vasallos no tienen ni voz ni voto. Pero estos tienen sus propias agendas, y por eso no es tan extraño que Líbano siga sufriendo la destrucción y la violencia del conflicto entre Israel y Hezbolá.
Las motivaciones de Israel son transparentes: al margen del conflicto con Irán, los actuales gobernantes hebreos quieren apoderarse de amplias zonas del sur de Líbano hasta el río Litani o incluso más al Norte, hasta Sidón. Las poblaciones locales serán eliminadas o desplazadas, para reemplazarlas por colonos como parte del ‘Gran Israel’. Todo esto puede parecer un disparate, pero es materialmente factible dado el actual desequilibrio militar a favor de Tel Aviv. Los israelíes que no comparten estos impulsos imperialistas pueden ser persuadidos de que la hostilidad de Hezbolá acorrala a su país y no le deja otra opción. La solución de mantener las fronteras actuales a cambio de la paz no se contempla en absoluto.
Hace décadas, Líbano estaba desgarrado por las tensiones entre los cristianos maroníes y los musulmanes suníes, que provocó una larga guerra civil. Mientras tanto nadie se acordaba de los chiíes septimanos del Sur, una comunidad rural pobre y marginada, pero fueron ellos los ganadores de ese conflicto. Su brazo armado era la milicia fanática de Hezbolá. Ahora bien, Hezbolá logró imponerse en parte por la gran ayuda que recibieron de Siria e Irán. Y ahora Siria ha caído en manos de un grupo yihadista que contempla a los chiíes de cualquier tipo como poco menos que excrementos. Por lo tanto su único aliado exterior es Teherán.
Por desgracia para los chiíes libaneses, Hezbolá ha enfocado su victoria de una forma pretoriana, dominando Líbano de una manera puramente coactiva. Bloquean a voluntad las acciones del gobierno electo y se comportan como un ejército de ocupación que domina al resto de la población, pero no se mezclan con ellos. Nunca han intentado institucionalizar su hegemonía, integrando de alguna manera a los restantes grupos étnicos de Líbano.
Es necesario resaltar que, aunque cada bando emplea los ataques del adversario para justificar los suyos, tanto Hezbolá como Benjamín Netanyahu persistirían en sus políticas agresivas aunque los contrarios se mostrasen pacíficos. Un eventual acuerdo de paz definitivo entre Donald Trump y los ayatolás no va a resolver el problema. En Israel, parece muy probable que el actual primer ministro pierda el poder en pocos meses, pero Hezbolá es una milicia de fanáticos que dominan con puño de hierro a sus propios paisanos chiíes, sin elecciones que valgan.
La paz no es imposible, pero requeriría de un nuevo gobierno en Israel y un consenso de las grandes potencias para desarmar por la fuerza a Hezbolá a cambio de la neutralidad de Líbano, elecciones libres sin las bayonetas de la milicia y garantías sobre su integridad territorial, pero también para los chiíes septimanos, porque si les decimos que se librarían de la tiranía de Hezbolá pero que volverían a ser campesinos pobres y marginados, despreciados y sin poder político, a lo mejor no les interesa y prefieren aferrarse a Hezbolá y perpetuar la guerra.
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