
En su último libro, Despedidas, Julian Barnes mira con lástima al pobre Jimmy, su viejo perro titubeante, que no sólo ignora qué raza de perro es, sino que ni siquiera sabe que es un perro. “Nosotros al menos sabemos que somos seres humanos. ¿O no?”, comenta Barnes también titubeante, sin perder su humor inglés. ¿Pero es inglés su humor? En 1986, cuando publicó El loro de Flaubert, sus admiradores dimos por hecho que era “el más francés de los escritores ingleses de su generación”.
Después de años de tibio e incomprensible olvido, ayer regresé a ‘El loro de Flaubert’. ¿Cómo pude casi olvidar tan “memorable” libro? No te inquietes, diría el propio Barnes, se trata de una ley de la naturaleza que nos lleva a olvidar cosas
En su último libro, Despedidas, Julian Barnes mira con lástima al pobre Jimmy, su viejo perro titubeante, que no sólo ignora qué raza de perro es, sino que ni siquiera sabe que es un perro. “Nosotros al menos sabemos que somos seres humanos. ¿O no?”, comenta Barnes también titubeante, sin perder su humor inglés. ¿Pero es inglés su humor? En 1986, cuando publicó El loro de Flaubert, sus admiradores dimos por hecho que era “el más francés de los escritores ingleses de su generación”.
¿Ha cambiado o en realidad fue siempre muy inglés? Después de años de tibio e incomprensible olvido, ayer regresé a El loro de Flaubert, que fue para mí un libro decisivo. Lo compré en febrero del 86, no sólo ignorando qué clase de novela era, sino desconociendo que de novela tenía poco. ¿Y qué era entonces? Una audaz conjunción de memorias, ficción y ensayo, con un insólito y nada académico soporte libresco que me deslumbró por el desparpajo con el que trataba a la literatura.
¿Cómo pude casi olvidar tan “memorable” libro? No te inquietes, diría el propio Barnes, se trata de una ley de la naturaleza que nos lleva a olvidar cosas, nombres; a olvidar, por ejemplo, el apellido de aquel crítico, de aquel cabrón que nos perdonó la vida en una reseña y que la semana pasada nos pareció ver en una fiesta y no llegamos ni tan siquiera a saber si en efecto era él, lo que para nuestra sorpresa nos dejó relajados, y hasta indiferentes. ¿Pero cómo no íbamos a quedarnos relajados si ni tan siquiera podíamos confirmar que aquel pájaro era el que un día tanto detestamos?
¿Y no es cierto que la experiencia de los olvidos a veces nos lleva a preguntarnos por qué nos hace esto el cerebro y, además, por qué es tan indiscriminado que borra nombres, tanto de amigos como de enemigos?
“Es solo el universo haciendo lo suyo”, respondería aquí el Julian Barnes de Despedidas (Anagrama). Y también su frase podría relajarnos. ¿O tiene sentido seguir buscando un propósito humano, o un castigo divino a lo que, al fin y al cabo, es solo el funcionamiento ciego e impersonal de la naturaleza?
¡El Universo haciendo lo suyo! Y la memoria también, claro, la memoria que va a su aire, cultivando ese método caprichoso que impide que, a lo largo de los años, lleguemos a hacernos con una identidad fija, fiable y terminemos preguntándonos si no habrá más “verdad” en la visión que sobre nosotros van construyendo impunemente los otros que en nuestros recuerdos personales.
¡Los otros! Son el infierno, ya es sabido, y los que nos llevan a preguntarnos por qué andamos teorizando tanto en las novelas sobre narradores nada fiables, o fiables a medias, si no acabamos de saber nosotros nunca quienes somos. ¿No era esto lo que insinuaba o, mejor dicho, gritaba a voz en cuello aquel solitario al que, una noche, vi en Barcelona en lo alto de la calle Verdi, gritando con una naturalidad que aturdía: ¡No soy nadie, nadie! ¿A quién quería impresionar? ¿Al universo que seguía haciendo lo suyo?
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