No siempre se tiene la oportunidad de jugar al lado de una leyenda, así que Carlos Alcaraz, de nuevo en acción, lo saborea, se divierte y aprende. Al alegrón por su reaparición y una vez abandonada la penumbra a la que obliga un contratiempo de larga duración, se añade esta última experiencia y la foto a guardar: así es, yo jugué con ella. Es un simple bolo, puro entretenimiento, pero su compañera se lo toma muy en serio. Así que él obedece, se aplica y toma nota; ahora bien, predomina la contención, o así lo expresa su servicio: ninguno supera los 185 km/h. Por tanto, difícil extraer cualquier conclusión; si acaso, la respuesta favorable de la muñeca lastimada. La noche se resuelve con una remontada frente a Lloyd Glasspool y Erin Routliffe (5-3 y 4-1, en 58 minutos), y la derrota posterior contra Flavio Cobolli y Belinda Bencic (5-4(7) y 4-1, en 55 minutos).
Y DE PROPINA, LA MAGIA DE FEDERER
Por si Alcaraz y Serena no fueran alicientes suficientes, la jornada contó también con la intervención de Roger Federer. El genio suizo, de 45 años y retirado desde hace cuatro, con 20 grandes y un sello sin igual, participó en una doble exhibición tras haber asistido en julio a Wimbledon.
Primero rindió a Andy Roddick —el último campeón local en el terreno masculino— y posteriormente disfrutó de la compañía de John McEnroe, con el propio Roddick y Andre Agassi al otro lado de la red. Este último se refiere a Alcaraz en el documental de Novak Djokovic (El Lobo en Invierno).
“Djokovic, Federer y Nadal jugaron este deporte de maneras muy diferentes y todos fueron geniales a su manera. Y ahora hay jugadores, en concreto Alcaraz, que juega como Djokovic, Federer y Nadal cuando quiere… El tenis sigue mejorando”, desliza el norteamericano.
Federer, por su parte, asegura que no se plantea ni por asomo un hipotético regreso al circuito (“mi cuerpo ya no da para más”) y también elogia al murciano, con el que nunca se midió: “Me gustaría jugar contra él, es emocionante verle y nunca pude hacerlo. Por suerte, ya no tengo que preocuparme por ello…”.
El español reaparece tras cuatro meses y medio de ausencia, en la central de Nueva York y junto a la legendaria Serena. Una victoria y una derrota con forma de rodaje
No siempre se tiene la oportunidad de jugar al lado de una leyenda, así que Carlos Alcaraz, de nuevo en acción, lo saborea, se divierte y aprende. Al alegrón por su reaparición y una vez abandonada la penumbra a la que obliga un contratiempo de larga duración, se añade esta última experiencia y la foto a guardar: así es, yo jugué con ella. Es un simple bolo, puro entretenimiento, pero su compañera se lo toma muy en serio. Así que él obedece, se aplica y toma nota. La noche se resuelve con una remontada frente a Lloyd Glasspool y Erin Routliffe (5-3 y 4-1, en 58 minutos), y la derrota posterior contra Flavio Cobolli y Belinda Bencic (5-4(7) y 4-1, en 55 minutos).
—Estoy jugando al lado de la única e inigualable Serena Williams, ¿qué más puedo hacer? Solo disfrutar e intentar hacer todo lo que ella me dice.
— ¿Le haces caso a Serena?
— Obviamente, ¡al cien por cien!
— ¿Te hace caso, Serena?
— Sí, me hace caso [risas…].
Hay complicidad. Hay show. Es una fiesta.
Vuelve Alcaraz a las pistas y el tenis sonríe. Ahora que el periodo estival insinúa su último tramo, ese en el que un agradable frescor asoma, termina el largo invierno en el que ha vivido el deporte de la raqueta desde el pasado 14 de abril, cuando la muñeca derecha del tenista español dijo basta en Barcelona y le obligó a parar de forma abrupta; era eso, o tal vez un desastre. De entonces aquí, un panorama más bien descafeinado porque la ausencia del murciano generó un gran vacío, tan solo compensado con otra de esas majestuosas aceleraciones de Jannik Sinner. A excepción de Roland Garros, victorias y más victorias para el italiano, ahora de baja debido a una lesión de rodilla.
El tenis de hoy hace estragos —curso regado de contratiempos— y al poco de comenzar la gira de tierra se cobró a Alcaraz. Al final serán cuatro meses y medio de ausencia, puesto que el de El Palmar confiaba en regresar en Cincinnati (a mediados de este mes) y ante la duda prefirió postergar la vuelta un par de semanas más. El US Open comenzará el domingo y será el marco de un retorno esperado e incluso suplicado, en tanto que sin la aportación del español, el tenis se había quedado cojo y el guion ha transcurrido de forma previsible, más o menos plana: mucho petardazo, aspirantes frustrados y ningún jugador de la planta noble que haya dado un paso de verdad.
A falta de fiabilidad, de figuras consistentes y verdaderamente sugerentes, se ha producido la portentosa ascensión de Rafa Jódar —152 puestos, actualmente 13º— y ahora la vuelta del gran deseado. Acontece en Nueva York, un escenario de muy grato recuerdo para Alcaraz, coronado por primera vez en 2022 y también hace un año, cuando completó su recorrido más esplendoroso en un grande. Queda por comprobar ahora en qué estado reaparece, si lo hace con más o menos ritmo y hasta dónde llega su tanque de combustible; sobre todo, verificar cómo responde la muñeca a las exigencias de la competición, teniendo en cuenta que los ensayos son una cosa y los torneos, otra bien diferente.
A lo largo del último mes, Alcaraz ha ido intensificando la preparación y, aunque bien pudo haber vuelto en Cincinnati —“entonces estaba al 90%, casi convencido”, transmite una persona de su entorno—, lo hace ahora en Flushing Meadows y en el contexto amable (pachanguero, a las claras) del dobles mixto; una suerte de experimento que se implantó la temporada anterior y cuyo objetivo no es otro que exprimir al máximo el producto: más días, mayor venta de entadas, ingresos superiores. En cualquier caso, esta edición ha servido para alinear de la mano al murciano y la legendaria Williams, quien a sus 44 años —21 más que su compañero, nacido en 2003— ha querido brindarse una rentrée a lo grande: primero Wimbledon, ahora un desfile en casa.
La pirotécnica combinación devuelve al primer plano al joven español, que seguirá rodándose durante los próximos días y pronto sustituirá las simulaciones en Murcia —a cubierto primero, al aire libre después— por el fuego real de Nueva York. Cuando él nació, Serena era la número uno del mundo y ya había conquistado cinco de sus 23 majors; siete posee Alcaraz, envuelto en camiseta morada y sin mangas, con una melena de moda, una malla compresora en el brazo derecho y que comenzó el compromiso contra el británico Glasspool y la neozelandesa Routliffe —dos contrastados doblistas— con una doble falta y sin el acierto que le caracteriza; lógicamente, falto de chispa. Mal menor. “Estaba muy nervioso…”.
Se contagió rápido del liderazgo eléctrico de la estadounidense y remontaron con una ráfaga de siete juegos sucesivos, después de haber sorteado dos bolas de set. Bajo presión, el instinto de Williams —retirada desde 2022— resultó determinante, aunque en la segunda cita —disputada a continuación, sin margen para coger aire— menguó físicamente y la frescura de Cobolli y Bencic prevaleció en el turno de cuartos. En todo caso, el resultado era intrascendente en un episodio festivo y con aires de celebración: cuatro años después, Serena volvía al lugar exacto en el que lo dejó y Alcaraz, a sus órdenes, puso de nuevo el pie en la competición.
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