El 28 de septiembre de 1966, Dardo Manuel Cabo subió a bordo del AR-648 de Aerolíneas Argentinas, que despegó de Buenos Aires con destino a Río Gallegos en la Patagonia. En un momento del vuelo, se levantó de su asiento, sacó de la valija un revólver y se dirigió a la cabina. Allí, informó al comandante de que debía desviarse y poner rumbo a las Islas Malvinas inmediatamente.
El fútbol es un lugar donde el despreciado puede someter y el todopoderoso arrastrarse
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El fútbol es un lugar donde el despreciado puede someter y el todopoderoso arrastrarse

Esteban Granero
El 28 de septiembre de 1966, Dardo Manuel Cabo subió a bordo del AR-648 de Aerolíneas Argentinas, que despegó de Buenos Aires con destino a Río Gallegos en la Patagonia. En un momento del vuelo, se levantó de su asiento, sacó de la valija un revólver y se dirigió a la cabina. Allí, informó al comandante de que debía desviarse y poner rumbo a las Islas Malvinas inmediatamente.
A bordo del avión, un Douglas DC-4, acompañaban a Dardo Cabo otros diecisiete veinteañeros armados, estudiantes en su mayoría, en esta locura que vino a denominarse “Operativo Cóndor”. Su objetivo era simple: tomar la casa del gobernador inglés, someter a la población civil y recuperar definitivamente las Islas para Argentina. Las Malvinas habían sido reclamadas por Argentina con mayor o menor romanticismo desde que Inglaterra tomara posesión de ellas hace hoy casi doscientos años. Por entonces, los pueblos argentinos, recién independizados de la debilitada corona española, poco podían hacer contra los ingleses, dueños del mar desde lo de Trafalgar. El avión secuestrado consiguió aterrizar a duras penas en la pista del hipódromo de Port Stanley. Los rebeldes extendieron sus banderas albicelestes en el exterior y se atrincheraron en el fuselaje. El jefe de Policía local y el de la Marina Real se acercaron curiosos y fueron tomados como rehenes. A continuación, se informó por radio del éxito de la misión a la espera de que los ingleses reconocieran las Islas como territorio argentino. Pero la realidad es que la aventura fue breve. Treinta y seis horas más tarde, Dardo Cabo y el resto fueron enviados de vuelta a casa una vez desprovistos de todas sus pertenencias. Solo sobrevivieron las banderas argentinas, que fueron bien amarradas al pecho de cada uno, por debajo de la ropa, de forma que para los ingleses quitárselas fuera más trabajoso que dejarles ir con ellas. En abril de 1982, dieciséis años después del Operativo Cóndor, la Junta Militar Argentina envió al ejército a tomar las Islas por la fuerza, pero los ingleses volvieron a imponer su puño de hierro en una batalla humillante con mil muertos.
El 22 de junio de 1986, solo cuatro años después del desastre, Diego Armando Maradona saltó al escenario del estadio Azteca de Ciudad de México, encabezando a un grupo de veinteañeros armados hasta los dientes con talento y rabia. Los argentinos, hijos de la generación Cóndor, amigos y hermanos de los humillados en la guerra, mascullaron el himno y se prepararon para enfrentarse al imponente equipo inglés, dueños del deporte, en los cuartos de final de la Copa del Mundo.
La historia la conocemos todos: durante las siguientes dos horas, los ingleses, asfixiados por el césped del Azteca, fueron sometidos por el resentimiento argentino, por la pierna -y la mano- izquierda del mayor genio del fútbol mundial. La venganza de los largamente oprimidos ante la mirada del mundo. Millones detrás del televisor, más de cien mil abarrotando el gigantesco estadio, vieron cómo el grupo que lideraba Diego Maradona escribía un nuevo capítulo de la historia de ambas naciones, más allá del fútbol.
Lo mejor de los Mundiales es que ejercen de teatro del mundo, propiciando enfrentamientos entre representantes nacionales que pueden rendir cuentas alrededor de la pelota. Como ocurrió en el 86, el fútbol es un lugar donde el despreciado puede someter y el todopoderoso arrastrarse. Los resultados no cambiarán las fronteras, pero el peso de las victorias y las derrotas pueden tener una huella incluso mayor en las naciones y sus pueblos. Me gusta imaginar que ningún argentino cambiaría la carrera de Maradona tumbando ingleses hasta meterse dentro de la portería, ni la mano de Dios, ni el éxtasis, ni el orgullo, ni el poder contarlo a los hijos y nietos, por las Malvinas.
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