El pésimo legado del ‘Maestro’ Greenspan

Los juicios de la Historia suelen ser fulminantes, pero a veces se demoran unos años. Alan Greenspan, apodado Maestro en una hagiografía sonrojante por uno de los periodistas de investigación que descubrió el Watergate, lideró la Reserva Federal, el todopoderoso banco central estadounidense, entre 1987 y 2006, con cuatro presidentes: Reagan, Clinton y los dos Bush. Se hizo célebre cabalgando por encima de varias burbujas especulativas con un estilo marcado por sus enrevesadas, casi enigmáticas declaraciones públicas: el mercado asumía que esa forma de comunicar (“si cree que ha entendido lo que he dicho, probablemente me haya expresado mal”) escondía una enorme sabiduría. Durante su juventud había sido seguidor de Ayn Rand, una emigrante rusa que fundó y lideró un culto por el individualismo extremo y la hostilidad hacia el Estado. Al final de su mandato Greenspan era una especie de ídolo para el establishment: eran aquellos años en los que premios Nobel de Economía como Bob Lucas aseguraban que el problema central de la economía estaba resuelto.

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Análisis

Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

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Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, durante una rueda de prensa en julio de 1991, junto al entonces presidente de EE UU, George H. W. Bush.Rick Wilking (REUTERS)
Claudi Pérez

Los juicios de la Historia suelen ser fulminantes, pero a veces se demoran unos años. Alan Greenspan, apodado Maestro en una hagiografía sonrojante por uno de los periodistas de investigación que descubrió el Watergate, lideró la Reserva Federal, el todopoderoso banco central estadounidense, entre 1986 y 2007, con cuatro presidentes: Reagan, Clinton y los dos Bush. Se hizo célebre cabalgando por encima de varias burbujas especulativas con un estilo marcado por sus enrevesadas, casi enigmáticas declaraciones públicas: el mercado asumía que esa forma de comunicar (“si cree que ha entendido lo que he dicho, probablemente me haya expresado mal”) escondía una enorme sabiduría. Durante su juventud había sido seguidor de Ayn Rand, una emigrante rusa que fundó y lideró un culto por el individualismo extremo y la hostilidad hacia el Estado. Al final de su mandato Greenspan era una especie de ídolo para el establishment: eran aquellos años en los que premios Nobel de Economía como Bob Lucas aseguraban que el problema central de la economía estaba resuelto.

En su última aparición en Jackson Hole, el aquelarre en el que los banqueros centrales se reúnen todos los veranos, Allan Meltzer, el historiador más reputado sobre la Fed, aseguró sin reservas que Greenspan era “el número uno”. Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, se lamentó de que la salida de Greenspan “nos priva de una fuente de sabiduría, inspiración y liderazgo”. Alan Blinder, de Princeton, lo señaló como “el mejor banquero central de la historia”. La revista Time había puesto en su portada a Greenspan, Larry Summers y Bob Rubin (dos altos cargos de Clinton que han ido claramente a menos) bajo el título “Comité para Salvar el Mundo”. Le dieron la Legión de Honor; Isabel II lo nombró caballero en su finca de Balmoral: “Es un día muy inusual para un economista”, dijo. Pero justo entonces apareció la dichosa Historia. En el otoño de 2008 quebró Lehman Brothers y se desató la Gran Recesión.

Y no, el veredicto no fue favorable a Alan Greenspan.

En pleno trimestre del diablo, con centenares de bancos quebrando, la economía mundial yéndose por el desagüe y los Gobiernos salvando al sistema financiero de la quema, Greenspan compareció ante el Congreso de EE UU. Aquella mañana del 23 de octubre de aquel 2008 apareció en Capitol Hill un anciano demacrado y gris que no era ni la sombra de aquel gigante al que adoraban Summers, Blinder, King, Meltzer, Isabel II e tutti quanti. Aparentaba hasta el último de sus 82 años. “Cometí un error. Encontré un fallo en el modelo que creía que explicaba el mundo”, afirmó. Uno de los congresistas, el demócrata Henry Waxman, le recordó sus declaraciones altisonantes sobre las bondades de las expectativas racionales y los mercados autorregulados, sobre la hipótesis de los mercados eficientes y su desprecio por la regulación bancaria, y sus alabanzas a las innovaciones financieras (“los derivados de crédito”, principales culpables de la Gran Crisis, “contribuyen a la estabilidad del sistema bancario y permiten al sistema financiero medir y gestionar sus riesgos de crédito de forma eficaz”; “los mercados libres son un sistema para organizar la economía que no conoce rival”). Asustadizo, Greenspan miraba a través de sus gruesas gafas. Por primera vez en décadas estaba a la defensiva. “Sí, encontré un defecto en mi ideología”, balbuceó. “Cometí un error”, repitió. ¿Su ideología no funcionaba?, le preguntaron. “Exacto, respondió Greenspan, ”por eso me siento conmocionado. Porque he vivido durante más de 40 años con pruebas de que consideraba excepcionalmente bien”.

En sus años jóvenes, Greenspan tocaba el saxofón en una banda de swing en Times Square. Por aquel entonces Ayn Rand, la novelista y presunta filósofa libertaria, lo llamaba El Enterrador. Greenspan ha fallecido esta semana en Washington, pero la ideología que siempre defendió sigue viva y coleando. A pesar de ese defecto, de ese error que reconoció en pleno veredicto de la Historia, no hay quien le ponga el cascabel al gato a la regulación de los mercados; Trump, desde luego, no va a hacerlo. El pequeño crash de 2008, que de alguna manera sigue con nosotros casi 20 años después, fue un recordatorio de que el capitalismo sin regular es su peor enemigo: tarde o temprano cae víctima de sus propios excesos y acaba recurriendo de nuevo al Estado para ser rescatado. Y entonces aparece un señor mayor con unas gruesas gafas en el Congreso, lamenta el desaguisado y pide disculpas. Y así hasta la próxima crisis. Que llegará puntual, como siempre.

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