Casi la mitad de los alemanes menores de 16 años tiene origen migratorio, Suiza vota en referéndum limitar a diez millones su población y España recibe en un año más migrantes que los que residen en toda China. Casi la mitad de los alemanes menores de 16 años tiene origen migratorio, Suiza vota en referéndum limitar a diez millones su población y España recibe en un año más migrantes que los que residen en toda China.
«Europa será irreconocible en 20 años o menos». Es la conclusión a la que llega el documento que perfila la Estrategia de Seguridad Nacional … de Estados Unidos, en el que se afirma que el Viejo Continente se enfrenta a «la desaparición de su civilización» por efecto del gran flujo migratorio. De esta manera, el informe da una pátina de oficialidad a la idea del ‘gran reemplazo’, una teoría de la conspiración que abandera la ultraderecha y que sostiene que la población blanca -sobre todo la de religión cristiana- está siendo sustituida por ciudadanos de otras razas -sobre todo musulmanes- como resultado de una estrategia de la izquierda ‘woke’ que alienta la inmigración masiva y una baja tasa de natalidad.
Que esas dos transformaciones demográficas se están produciendo es innegable. De hecho, en Estados Unidos la población caucásica cayó por primera vez entre 2010 y 2020 de 223,6 millones a 204,3 millones. En la misma década, el peso de otras razas creció hasta el 4,4% de los asiáticos, razón por la que los analistas del Censo prevén que para 2044 el conjunto de las minorías supere a los blancos en peso demográfico. Se convertirán entonces en lo que ya se conoce como ‘la minoría mayoritaria’. En Europa, solo el Reino Unido puede vivir una situación similar este siglo, hacia 2060. En el resto, si las tendencias actuales continúan, el ‘sorpasso’ se producirá a partir del 2100.
46,7
millones de residentes en la UE
han nacido en el extranjero. Suponen el 10,4% del total.
Pero, como señala Umberto Pellecchia, antropólogo y asesor principal de investigación del Centro Operacional de Médicos Sin Fronteras en Bruselas, «no existe evidencia histórica, demográfica ni sociológica que respalde la idea de que haya un esfuerzo organizado para reemplazar a las poblaciones nativas». La mayoría de los demógrafos sostiene que, si nuestra sociedad se está transformando es por causas naturales: los flujos migratorios crecen como efecto de un modelo socioeconómico global que provoca profundas desigualdades a nivel mundial y la natalidad entre las poblaciones más desarrolladas cae debido al acceso de la mujer al mercado laboral y los nuevos estándares de vida.
«Como toda buena teoría conspirativa, la del ‘gran reemplazo’ une hechos aislados para ofrecer respuestas fáciles a problemas complejos. Alimenta la ansiedad pública y proporciona a los políticos un chivo expiatorio: los inmigrantes», sostiene Pellechia. «La inmigración se autorregula en gran medida, porque va allí donde puede prosperar y donde se la necesita», analiza José Pablo Martínez, investigador en Dinámicas Sociales y Económicas del Real Instituto Elcano.
Un modelo insostenible
Eso sí, que Europa será irreconocible en dos décadas es un hecho estadístico. Según el último informe del Centro para la Investigación y el Análisis de la Migración de Rockwool Foundation Berlin, el número de inmigrantes residentes en la Unión Europea alcanzó el año pasado una cifra récord de 64,2 millones, lo que supone un salto de 24,2 millones en solo 15 años. Las estadísticas oficiales de la Unión corroboran el crecimiento y señalan que 46,7 millones de habitantes nacieron fuera de la UE, un 10,4% del total. En Liechtenstein y Luxemburgo ya son mayoría, y representan el 70,2% y el 51,5% respectivamente.

Los ucranianos son el grupo de ciudadanos extracomunitarios con residencia en la UE más numeroso: 2,9 millones. Les siguen turcos y marroquíes.
Nadie duda de que esos porcentajes continuarán creciendo con medidas como la regularización masiva de inmigrantes puesta en marcha en España, que solo en un mes ha registrado casi 550.000 solicitudes. Para María Miyar, doctora en Sociología y coautora del informe ‘Los límites de la inmigración para el ajuste demográfico en España’ -publicado por Funcas-, tanto esta medida como la elevada regularización por arraigo es la prueba de que «la política migratoria española es simplemente dejar hacer, sin una planificación de los flujos que están llegando, ni de sus orígenes, ni de su nivel de cualificación o de a qué sectores se dirigen».
El Instituto Nacional de Estadística destaca que el 24,4% de los casi 9,5 millones de residentes en España nacidos en el extranjero llegó a nuestro país entre entre 2023 y 2024. Y ese último año nuestro país fue el que más inmigrantes recibió de la UE: 1,21 millones. En contexto, es una cifra superior a la de todos los extranjeros que había antes de 2001 y más que toda la población foránea de la segunda potencia mundial, China. Lo peor, como señala Miyar a este diario, es que la polarización ideológica impide un debate sosegado sobre este asunto. «Hay mucho miedo a que te tilden de racista, y los partidos políticos evitan un debate con datos, fundamentado y racional sobre cuál es el modelo migratorio que queremos para este país».
No obstante, cada vez más políticos consideran que esta transformación es insostenible desde un punto de vista social. En Francia, el ministro de justicia y posible candidato a la presidencia en las elecciones del año que viene, Gérald Darmanin, considera que el flujo es «inasumible, porque Francia ha alcanzado el límite de su capacidad para absorberlo e integrarlo», y ha propuesto imponer una moratoria de tres años a la inmigración, incluida la legal. En Suiza, el próximo domingo se vota en referéndum una propuesta para limitar a diez millones la población del país, que crece exclusivamente por la llegada de extranjeros. Y Europa ha avalado esta semana el establecimiento de centros de detención para migrantes en terceros países, como Reino Unido trató de hacer en Ruanda e Italia en Albania.
(Reuters)
Raymond Torres, Director de Coyuntura Económica de Funcas, señala que sobre el impacto económico de la inmigración se puede debatir de forma más o menos sosegada, pero recalca que luego «hay una parte que es identitaria, que tiene que ver con valores, con percepciones sociales y culturales». Esa dimensión, que alienta la polarización, «es más compleja y más visceral».
Curiosamente, uno de los que más han advertido en los últimos días sobre ese impacto sociocultural menos cuantificable ha sido, coincidiendo con los disturbios en la capital francesa tras la final de la Champions League, el hijo del Sha de Persia y teóricamente príncipe heredero de Irán, Reza Pahlavi, que ya había advertido sobre los peligros del islamismo radical en el continente. «Hoy están tratando de imponer la ‘sharia’ -la ley islámica- no en Damasco o Teherán, sino en las calles de Bélgica, de París o de Londres. ¿Cuánto más vais a permitir que esta radicalización exista? Es una amenaza directa a la estabilidad y la demografía de Europa», comentó durante un diálogo público.
El concepto de ‘minoría mayoritaria’
El fenómeno migratorio pasaría más desapercibido si no fuese porque se produce en conjunción con otro cambio determinante a nivel demográfico: la caída de la natalidad entre la población autóctona. Al inicio de la democracia, la tasa de fertilidad de las mujeres españolas era de 2,7 hijos. Actualmente, roza 1,2, muy lejos de la tasa de reemplazo poblacional de 2,1 hijos, inferior a la media europea de 1,4 y una cifra comparable a las de los países en los que menos bebés nacen, como Corea del Sur.
332.500
inmigrantes
recibieron la nacionalidad alemana el año pasado, marcando el quinto récord consecutivo. Uno de cada cinco es sirio.
Sin ningún elemento que lo corrija, esta coyuntura lleva inexorablemente a una pérdida de población como la que ya está experimentando China. Sumado a una ciudadanía cada vez más envejecida, esto supone un reto sin precedentes para el Estado del Bienestar. La población migrante, sin embargo, cuenta con una tasa de fertilidad superior, razón por la que el aumento de la diversidad social resulta mucho más evidente en las aulas de primaria y de secundaria.
Es especialmente llamativo el caso de Alemania, un país en el que este fenómeno tiene más recorrido. Según los datos oficiales que proporciona Destatis, en torno al 43% de la población menor de 16 años ya tiene un origen migrante -posee nacionalidad extranjera, ha nacido fuera del país o tiene al menos un progenitor que lo hizo-. Y cada vez en más localidades supera ya a la autóctona: en Frankfurt o Ausburgo supera el 70%.

Alemania es el país que más extranjeros expulsa: unas 36.000 personas al año. Polonia rechazó la entrada de casi 29.000 personas.
«Aquí vamos hacia una situación similar», comenta una profesora de primaria de un colegio público ubicado en un barrio popular de Bilbao y que prefiere mantenerse en el anonimato «para evitar problemas con un tema especialmente espinoso». A punto de jubilarse, ella ha asistido en primera línea al «profundo y rápido cambio» que se ha producido. «Hace solo quince años, era raro tener alumnos de origen migrante en clase. Ahora ya son más que la población local», señala, subrayando que «su integración supone un reto educativo para el que no estamos preparados, porque la diversidad de orígenes hace que cada alumno tenga peculiaridades muy marcadas y un nivel muy diferente».
Apesadumbrada, añade que «por la falta de medios, las dificultades para mantener un nivel educativo equiparable al de otros centros impulsa a la población local a llevar a sus hijos a escuelas concertadas, incrementando la sensación de gueto y diluyendo la capacidad de integración». Ese es uno de los principales riesgos en un país en el que un tercio de los recién nacidos -y subiendo- tiene madre extranjera. En España, casi un 40% de los menores de 5 años ya tiene origen extranjero.
Un parche temporal
Martínez incide en el reto que supone un ascensor social averiado para los inmmigrantes de la generación 1,5 -llegados de niños- o de la segunda generación -nacida ya aquí-: «Hay datos preocupantes de su integración sociolaboral, empezando por su rendimiento académico y luego por su integración laboral en algunos casos, en algunos orígenes, se ve que tienen una integración laboral peor que la de sus progenitores, algo que parece contraintuitivo». La excepción, señala, es la de las mujeres africanas, que parten de una inserción laboral muy baja y mejoran considerablemente en una generación.

(EP)
Miyar también refuta algunas de las máximas esgrimidas por quienes consideran la llegada de extranjeros una panacea para resolver los problemas demográficos del país. En su informe afirma que «el cortoplacismo que domina el debate público sobre los beneficios de la inmigración no ha permitido el análisis de las consecuencias a largo plazo», y señala que «la inmigración no está corrigiendo la caída de la fecundidad en España». El fenómeno solo tiene un impacto temporal porque no altera la trayectoria demográfica.
1,27
hijos
es la tasa de fecundidad de las mujeres migrantes en España. Ha caído un 31,7% desde 2002, reduciendo en un 70% la diferencia con la fecundidad autóctona.
O sea, que es un parche que solo retrasa lo inevitable: la natalidad continuará cayendo y el envejecimiento seguirá agudizándose. Por un lado, porque el perfil del inmigrante que llega es cada vez de mayor edad -entre 2021 y 2025, el número de mayores de 55 años creció un 42% frente al 25% del grupo de 20 a 54 años-; y, por el otro, «los patrones reproductivos de autóctonos e inmigrantes convergen en una sola generación».
De esta manera, España en unos años será mucho más diversa, más mestiza, pero no habrá dado respuesta a cuestiones como la sostenibilidad de las pensiones. «Mantener este modelo supondría importar adultos jóvenes de forma indefinida, ininterrumpida y creciente. Es un modelo que se parece a un esquema Ponzi y no va a suceder», destaca Miyar.
Propuestas de futuro
Además, en el terreno económico, algunos dogmas resultan discutibles. El gobierno señala que la inmigración es crucial para el crecimiento. Torres afirma que así ha sido durante los últimos tres años. «Nosotros hemos estimado que casi la mitad del crecimiento en ese período se puede atribuir a la incorporación de fuerza laboral extranjera, porque hay sectores muy pujantes que no habrían podido expandirse sin esa aportación, desde la construcción hasta todo lo que tiene que ver con el turismo, cuidados a la persona o la agricultura», comenta.
Martínez añade que «el modelo económico español es el que determina la llegada de importantes flujos de inmigrantes, no al revés». Y apunta una de las principales características de quienes buscan un futuro mejor: «La inmensa mayoría quiere prosperar, no subsistir a base de ayudas, por lo que busca empleo de manera activa, e incluso cuando considera que aquí han tocado techo se van otros países europeos con mejores salarios. Asimismo, también son significativos los inmigrantes que consideran haber ahorrado lo suficiente y se vuelven a su país de origen para emprender».
Por todo ello, el analista del Instituto Elcano considera que «en la medida en que se siga avanzando en la diversificación del modelo productivo español, hacia un mayor valor añadido, es esperable que la llegada de inmigrantes se vaya reduciendo al no ser tan necesarios». Torres coincide al señalar que el modelo migratorio actual puede que no se mantenga en el futuro.

(AFP)
«Ahora mismo tenemos un modelo productivo y un modelo migratorio que se refuerzan el uno al otro en los sectores de baja productividad y deberíamos romper ese círculo vicioso, pero no atacando solo la política migratoria, sino preguntándonos qué país queremos», añade Miyar, recalcando que también es lógico que un país al que cada año llega medio millón de personas crezca por su mero peso demográfico. Martínez no cree que con la inmigración se esté produciendo una burbuja como la inmobiliaria, pero señala que «a largo plazo tenemos que cambiar el chip de que podamos recurrir a la inmigración para sostener nuestro modelo productivo y poder compensar el envejecimiento poblacional».

Polonia, como buen exponente de lo que sucede en Europa del este, es el país con menos población nacida fuera: solo el 2,9%.
«En algunos países nórdicos, donde se ha evaluado cuál es la aportación neta a lo largo del ciclo de vida de inmigrantes de distintos orígenes, han visto que en la mayor parte de orígenes inmigrantes reciben más de lo que aportan. En el caso de los procedentes de países ricos, como países europeos, es al revés», sentencia la socióloga. Y, por eso, Miyar, Torres y Martínez coinciden en una aseveración que verbaliza él: «Es el momento de plantear una política de inmigración más ordenada en base a las necesidades del futuro».
El investigador del Instituto Elcano propone «aplicar una política migratoria que filtre a los inmigrantes en origen, en función de su cualificación académica» y facilitar la homologación de títulos. Además, cree que se debe «fomentar la implantación de los inmigrantes en poblaciones pequeñas y medias para relanzar su actividad económica y aliviar el problema inmobiliario de las grandes ciudades». No obstante, reconoce que esa repoblación de la España vaciada con inmigrantes «es complicado porque los inmigrantes, al igual que los autóctonos, quieren vivir donde se concentra la actividad económica, social y cultural que son las grandes ciudades».
El cualquier caso, Martínez subraya que el modelo europeo no es el único existente para afrontar los retos demográficos del mundo desarrollado y señala a Japón como ejemplo. «También tiene una tasa de fertilidad muy baja, pero a diferencia de España, es un país muy reactivo a la inmigración y ha puesto el foco en el aumento de la productividad, en base a la robotización y la inteligencia artificial». Esas también son profundas transformaciones que están a la vuelta de la esquina y que pueden cambiar por completo el paradigma actual.
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