Nuevo homenaje al balón suelto, el balón muerto en el área, el balón sin dueño que ha decidido tantos partidos, a menudo títulos. El balón que se queda solo un segundo, a la vista de todos pero sin control de nadie. Sobre ese balón, un balón tontísimo cerca de la portería, construí mi escandalosa carrera futbolística en las categorías inferiores del Portonovo, concretamente en el Juvenil B. Por eso, cuando Espí marcó en Cornellà-El Prat el gol del triunfo del Madrid, recordé el que marqué yo mismo contra el Vilalonga en un derbi de alto voltaje, y que celebré tanto que acabé con flato y pidiendo el cambio antes del descanso.
El Madrid de Mou es un Madrid del que nunca se escribe una frase sabiendo qué frase viene después
Nuevo homenaje al balón suelto, el balón muerto en el área, el balón sin dueño que ha decidido tantos partidos, a menudo títulos. El balón que se queda solo un segundo, a la vista de todos pero sin control de nadie. Sobre ese balón, un balón tontísimo cerca de la portería, construí mi escandalosa carrera futbolística en las categorías inferiores del Portonovo, concretamente en el Juvenil B. Por eso, cuando Espí marcó en Cornellà-El Prat el gol del triunfo del Madrid, recordé el que marqué yo mismo contra el Vilalonga en un derbi de alto voltaje, y que celebré tanto que acabé con flato y pidiendo el cambio antes del descanso.
Eso sí. El sentido de la oportunidad, el instinto asesino, el sucio bregar en el área que permitió a Carlos Espí, delantero del Madrid, marcar un gol en el último minuto y llevarse las portadas y los elogios paternales de Mourinho, era, en mí, la chiripa y el carroñeo de delantero palomero, y los compañeros me miraban con compasión, como diciendo “pobriño”; a cada gol mío provocado por un rechace, me animaban, me decían que tranquilo, que ya llegaría “el gol de verdad”, y me daban todos el pésame revolviéndome el pelo. Pero había un paralelismo: el elogio de Mou era también el elogio de Veiga, mi entrenador; los entrenadores aman los cazagoles, aquellos jugadores que siempre pasan por ahí.
Como yo sólo era especialista en balones muertos, y el fútbol consiste en mantenerlo vivo, mi carrera duró dos años. Volví al tenis. Me gusta pensar en aquello como la pausa de Michael Jordan en la NBA para jugar dos años al béisbol, con la diferencia —la única— de que él volvió para ganar un anillo y yo perdí en dieciséisavos de final del torneo del Club Santo Domingo en Ourense, al que me presenté con espinilleras para recordar sutilmente mi inactividad, “perdón, la costumbre”.
El balón suelto tiene una función particularmente filosófica: recuerda que en un juego que consiste en el control, es el descontrol el que puede desnivelarlo todo, y en ese descontrol brilla el azar. Un azar explicable en jugadores con estrella (baraka fue una palabra que se puso de moda con Zapatero y que hoy languidece un poco), tipos que siempre están olfateando antes en los lugares en los que van a pasar las cosas. Como esos constructores que tienen un sexto sentido para saber cuál va a ser la playa de moda, y corren a estropearla. Los entrenadores aman las virtudes de sus delanteros, pero sobre todo valoran aquellas que no pueden explicar muy bien, que no saben explicar con palabras precisas: por ejemplo, que el balón suelto lo atrape siempre el mismo tipo.
Yo no sé muy bien aún cómo juega Espí, pero si una de sus virtudes es cazar goles en los minutos de la histeria, está en el club correcto. En el Madrid se valora y ensalza lo inasible, esas partículas que están por el aire y nadie sabe describir muy bien a una cierta hora de la noche, sobre todo entre semana. Por eso escribir del Madrid, sea bien o mal, siempre conduce a una suerte de fracaso; un fracaso limpio y bien iluminado que se sostiene más por momentos que por una coherencia, una lógica. Escribir lógicamente, por lo demás, puede ser muy aburrido. Como los borrachos que conducen tan prudentemente que terminan delatándose como borrachos, hay que escribir también de vez en cuando sin releer. El Madrid de Mou, puedo asegurarlo porque ya lo hice, es un Madrid del que nunca se escribe una frase sabiendo qué frase viene después.
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