Viaje a la noche de Ceuta

La noche en Ceuta tiene varias caras y todas son tristes. Es difícil encontrar algo parecido al ambiente de una ciudad costera a finales de agosto. A un lado de la ciudad, en el centro, hay bares vacíos, gente que apura el paso, porteros de discoteca que pasan aburridos las horas y camareros que aguardan mano sobre mano a que llegue la hora de cerrar. En el centro de una ciudad que vive en la calle —y que repite una y otra vez que este año se quedó sin Feria, con el dolor de quien le han extirpado la alegría— el silencio y las miradas desconfiadas marcan el ambiente.

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 Cuando cae el sol llega el momento de mayor tensión en una ciudad que ha cambiado por completo desde hace un mes  

La noche en Ceuta tiene varias caras y todas son tristes. Es difícil encontrar algo parecido al ambiente de una ciudad costera a finales de agosto. A un lado de la ciudad, en el centro, hay bares vacíos, gente que apura el paso, porteros de discoteca que pasan aburridos las horas y camareros que aguardan mano sobre mano a que llegue la hora de cerrar. En el centro de una ciudad que vive en la calle —y que repite una y otra vez que este año se quedó sin Feria, con el dolor de quien le han extirpado la alegría— el silencio y las miradas desconfiadas marcan el ambiente.

En el otro extremo de una ciudad del tamaño de la Casa de Campo de Madrid, en los barrios de Rosales, Loma Colmenar, El Zurrón, Juan Carlos I o El Príncipe, los vecinos vigilan con palos y en las playas de El Trampolín o las naves del polígono de El Tarajal solo hay silencio, miedo, hogueras y migrantes que duermen con un ojo abierto. Nada que se parezca al último fin de semana de agosto en una ciudad que parece diseñada para veranear. En Ceuta, el verano pasó de largo dejando mal ambiente, tensión y enfrentamientos durante el día y que tampoco duerme durante la noche.

Un viernes a las dos de la mañana, frente al karaoke Mambo suele haber decenas de jóvenes esperando junto a la puerta y el portero se limita a ordenar la fila de clientes. Este viernes, sin embargo, las luces y el neón iluminan una pista vacía donde no hay un alma. Ni en la calle ni en el local. Dos migrantes en chanclas y bañador intentan entrar cuando les impiden el paso y terminan amenazando a la dueña que acaba de llamar al 091. En el pub La Catedral hay un poco más de bullicio, pero un local que debería estar desbordado apenas tiene en la barra a un grupo de amigos “que salen por primera vez después de muchos días”, dice Javier. En El Poblado Marinero, una de las zonas de marcha de Ceuta, solo dos de los ocho locales están abiertos. Medio centenar de camareros, porteros y limpiadores hoy no han ido a trabajar.

“El mal ambiente cada vez es mayor. Porque ahora los migrantes no tienen dinero, tienen más hambre y llevan un mes durmiendo en la calle. Cada vez están más tensos y los episodios son cada vez más violentos”, resume el portero de Mambo. El encargado reconoce que los vecinos de la ciudad están muy movilizados en WhatsApp y que le han propuesto formar parte de cuatro grupos distintos para “espantar” a los migrantes, pero que no quiere saber nada de esto. “Aunque estoy tan cabreado como todos, me conozco y esto solo puede traerme líos. Ya sé cómo puede terminar y no quiero problemas”, admite este exmilitar del tamaño de un armario.

A solo 10 minutos en coche del centro, en Loma Colmenar, de mayoría musulmana, entre una sucesión de modestos edificios de cuatro alturas que recuerdan a cualquier barrio obrero de España construido en los años 70, hay un parking convertido en albergue temporal donde duermen cientos de personas. Sin embargo, las plazas son limitadas y, a lo largo de decenas de manzanas, miles de desarrapados que llevan un mes durmiendo a la intemperie se hacinan en el suelo unos detrás de otros durante cientos de metros.

Hay adolescentes en las aceras, en los bancos, en los parques, en los portales, en los matorrales, en las alcantarillas, en los callejones, bajo los coches o en el canal de aguas negras. Pasan la noche cubiertos por mantas, plásticos, sábana y cualquier cosa que permita taparse unas horas. ¿Y por qué no se va? “Allí no tengo nada, prefiero morir aquí intentándolo que volver fracasado a Marruecos”, dice Karim desde el suelo, envuelto en una sábana.

Desde una ladera del barrio de Sidi Embarek solo se ven matorrales y arbustos cuando alguien se percata de la presencia de los periodistas y da la voz de alarma: “Bulis, bulis” (policía, policía), grita. Entonces, donde antes no había nadie comienzan a aparecer decenas de chicos que se lanzan a correr loma abajo con el pánico en la cara.

El Príncipe es el ‘barrio bravo’ de Ceuta. Una colmena de 10.000 habitantes donde se compra y se vende cualquier cosa legal o ilegal. A las tres de la mañana, un grupo de migrantes huye del barrio arrastrando maltrechos las chanclas con una bolsa en una mano y una manta en la otra. Acaban de recibir una paliza de un grupo de vecinos que apareció de repente con palos. “También nos han quitado los móviles y el dinero”, dice el más alto.

En el recorrido, tres patrullas del Ejército con soldados de boina roja del destacamento de Regulares. Su presencia durante el día es testimonial. Hasta ahora, el peso del orden público recae sobre los 1.000 policías nacionales y 700 guardias civiles que lo mismo protegen a los trabajadores de la Cruz Roja que impiden que los manifestantes alcancen la zona donde duermen los migrantes. Todo el día jugando al gato y al ratón con protestas que los vecinos siempre terminan dando las gracias a la policía. Por la noche, el Ejército es el que custodia montes y cerros en grupos de tres y cuatro soldados, de los que solo uno de ellos va armado.

Precisamente, la madrugada del jueves fue atacada una patrulla a la que le rompieron los cristales y los soldados quedaron heridos. 12 personas fueron detenidas y diez de ellas expulsadas. Esta noche también hay movimiento en el hospital general de Ceuta. Se ven sirenas, ambulancias y movimiento de gente. Un militar ha requerido varios puntos de sutura después de ser apedreado por un grupo de migrantes. Cuatro de ellos han sido detenidos y expulsados. Según el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, unas 100 personas han sido expulsadas de Ceuta en el último mes por cometer delitos.

Cerca de las cuatro de la mañana, la playa del Tarajal es un enorme campo de refugiados lleno de tiendas de campaña improvisadas. Hay silencio y algunas hogueras. La luna llena ilumina los plásticos bajo los que hay más de 3.000 personas. A un costado, una decena de muchachos revolotea en torno a una farola como luciérnagas junto a la bombilla. Alguien ha logrado sacar los cables de una farola y ha hecho un empalme del que sale un enchufe donde se cargan varios móviles.

De vuelta al centro, hay más luces, más limpieza y más escaparates, pero la misma tensión. A la mañana siguiente, las playas empiezan a recuperar su normalidad y los ceutíes disfrutan de la arena desde muy temprano. Ahora los días comienzan antes desde que la noche es más larga de lo habitual.

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