El hasta ahora primer ministro comenzó su carrera política en la lucha anticomunista, fundó el liberal Fidesz y acabó atrapado por el populismo El hasta ahora primer ministro comenzó su carrera política en la lucha anticomunista, fundó el liberal Fidesz y acabó atrapado por el populismo
Su gran olfato para los cambios políticos y su capacidad de adaptación le habían permitido a Viktor Orbán -hasta ayer- sobrevivir incluso en los peores … momentos. Comenzó a ganar perfil como miembro de la disidencia liberal anticomunista a finales de los años ochenta. Nacido en Székesfehérvár en 1963 y criado en un entorno rural de clase trabajadora, con el que nunca ha perdido la conexión, presume de que en su casa no había ni agua corriente. Fue uno de los pocos del pueblo que llegó a la universidad. Estudió Derecho en Budapest.
Allí, en la capital, se integró en círculos opositores al régimen comunista, y saltó a la escena pública el 16 de junio de 1989, con sólo 26 años, durante el funeral simbólico de Imre Nagy, líder de la revolución húngara de 1956. Decenas de miles de alemanes de la RDA huían ese verano a través de Hungría y estaba a punto de caer el Muro de Berlín. Orbán supo leer el devenir político y, ante cientos de miles de personas, pronunció un discurso que exigía elecciones libres y la retirada de las tropas soviéticas.
Fidesz (Alianza de Jóvenes Demócratas), el partido en cuya fundación participó, fue inicialmente liberal, secular y prooccidental. En los noventa representaba la modernidad política frente a los restos del antiguo régimen. En 1989 disfrutó de una beca de la Fundación George Soros para estudiar en Oxford y fue como cachorro del liberalismo occidental como aprendió a hacer política y llegó al poder. Pero, tras su primera etapa en el gobierno (1998-2002), lideró una metamorfosis de su formación hacia la derecha nacional-conservadora, que absorbió a siglas menores en torno a una estructura altamente centralizada.
Supo ver una Hungría que se sentía arrollada por los cambios y deseaba retroceder, de manera que reorientó sus principios hacia la protección de la identidad cultural y la soberanía frente a influencias externas, ya fueran económicas, políticas o migratorias. Fue ese cambio radical el que le permitió volver al poder en 2010. Entonces comenzó a encargarse de no ser desalojado nunca más de la jefatura de gobierno a través de una profunda reconfiguración del Estado: reformó la Constitución, reorganizó el sistema judicial, reforzó el control sobre los medios públicos y favoreció la creación de conglomerados mediáticos afines.
Discurso antiinmigración
Durante la crisis migratoria, se convirtió en uno de los principales opositores a las cuotas de refugiados. Su gabinete construyó vallas fronterizas y adoptó un discurso que vinculaba migración, seguridad y preservación cultural. En un discurso de 2014 definió su proyecto como una «democracia iliberal», inspirándose en Turquía o Rusia. Orbán ha centralizado poderes significativos en sus propias manos que, cuando su política estaba ya acabada, le han permitido ganar una vez más las elecciones. Salvo las últimas, con buena parte de su sistema devorado por la corrupción, su retórica soberanista agotada para una nueva generación mayoritariamente proeuropea, la economía estancada y una clara debilidad interna.
Desde el exterior, sin embargo, logró mantener hasta su derrota el apoyo tanto de Moscú y Pekín como de Washington, que le han proporcionado acuerdos energéticos y de inversión alternativos, cuando no abiertamente contrarios, a la política de alianzas estratégicas de la UE. Orbán se convirtió en referente para círculos conservadores en toda Europa, que veían en su modelo una alternativa al liberalismo occidental y una justificación a su propio estilo autoritario de hacer política. Muchas veces ha contado que su padre lo educó con dureza y que así desarrolló una regla vital que aplicado desde la oposición hasta el poder: «Si me golpean una vez, yo golpeo dos».
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