Los dirigentes suelen olvidar la cara oscura de la luna. Ursula von der Leyen va de mayestática calificando el tratado comercial UE-India como “la madre de todos los acuerdos”. Porque será muy arduo de implementar.
Con este pacto comercial, la Unión Europea entra por la puerta grande en el subcontinente asiático y afianza sus lazos con el sur global
Los dirigentes suelen olvidar la cara oscura de la luna. Ursula von der Leyen va de mayestática calificando el tratado comercial UE-India como “la madre de todos los acuerdos”. Porque será muy arduo de implementar.
India es un país de tradición rabiosamente proteccionista. En aranceles, pero también mediante otros obstáculos, jurídicos, administrativos, de modelos empresariales. La diferencia cultural con la UE, incluida la cultura económica, es casi abismal: muy superior a la latinoamericana, aunque menos que la china. Será el tratado más difícil de implementar, en comparación con casi todos los demás acuerdos comerciales europeos (45) con otros países.
Pero el estímulo para ambos socios es tan considerable, que puede apostarse a que barrerá barreras, y a que se convertirá en el acuerdo más esperanzador. Con sus 1.481 millones de consumidores, India decuplica largamente la población de México y quintuplica la de Mercosur.
El comercio bilateral es para Europa residual en porcentaje (el 2,4% de sus intercambios totales, mientras que a la inversa es el 11%), pero ya superior en cifras absolutas (120.000 millones de euros) al que el viejo continente mantiene hoy con Mercosur (111.000) o México (82.000): el camino inexplorado por recorrer es extenso. Más aún si su crecimiento del PIB supera, como últimamente, el 6% o el 7% anual.
Además, se trata de un solo país, y no de cuatro como con Mercosur (con Bolivia, Panamá y Venezuela en el cancel), con lo cual los costes de transacción de diferendos y fricciones deberían disminuir. Y al periodizar con prudencia el descreste tarifario (que beneficiará a la UE en 4.000 millones de euros) y al excluirse del acuerdo los subsectores más sensibles y polémicos —sobre todo ganaderos y agrícolas— las protestas gremiales se prevén irrelevantes.
Pero hay un factor quizá más sustancioso que las tripas contables del tratado. Su previsible impacto global en el panorama geoeconómico y geopolítico mundial. Con esta operación, la UE entra por la puerta grande en el subcontinente asiático, que registra un crecimiento exponencial, y que resultaba muy lejano para ella en su conjunto.
También afianza sus lazos comerciales y penetración en el sur global. Concretamente en el grupo de los BRICS, en una relación iniciada mediante el acuerdo con Sudáfrica vigente desde 2004 y confirmada con el Brasil que encabeza Mercosur. Tres países de empaque, Sudáfrica, Brasil e India, el núcleo de los no alineados en ese grupo, con buenas relaciones pero no dependientes ni de Rusia ni de China. Y en el caso de India, Europa aprovecha la brecha que le brinda el estúpido despotismo arancelario (y del otro), aplicado contra ella por Donald Trump. Evita que se eche en brazos de China, con la que mantiene relaciones correctas pero siempre tensas, de rival poblacional, geográfico y político.
Estos pactos amplían y densifican la red de casi cincuenta países vinculados a la UE mediante tratados comerciales. Y reclaman a gritos la recuperación de un organismo regulador multilateral, como el que ha sido la Organización Mundial del Comercio. Es clave. Volveremos a la carga sobre ello.
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